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A TRAVÉS DE SU SANGRE

A TRAVÉS DE SU SANGRE

El capítulo 10 de Hebreos nos entrega la formula, la única que hay para que el hombre pueda acceder a Dios. Así que, nos conviene mirarla y en oración humilde pedir que nos sea revelado el inmenso privilegio que se nos ha otorgado por la gracia de Cristo. Miremos esta verdad, a partir del versículo 19.

Primero, el contexto revela las bendiciones del Nuevo Pacto y, sobre esa base, el Espíritu Santo muestra la gloriosa verdad,  que los hermanos de la fe tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo celestial. Por tanto, dicho privilegio está relacionado con nuestra identidad. En el Nuevo Pacto los hijos de Dios somos llamados real sacerdocio(1 P 2:9). Y en Apocalipsis somos hechos por Cristo sacerdotes para Dios el Padre (Ap 1:6). Esta es una de las maneras cómo la Palabra presenta la superioridad del Nuevo Pacto con respecto al antiguo. En el pacto del Sinaí, el único que tenía permiso para entrar al lugar santísimo terrenal era el sumo sacerdote, y esto, una vez al año en el día de la expiacion (He 9:7). Pero en el evangelio se nos permite entrar al mismo Lugar Santísimo celestial del cual el primero era sólo figura (He 9:24). Nuestra entrada al santuario verdadero es por la fe y en forma espiritual. Esta es una realidad sólida y bienaventurada, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas (2 Co 4:18).

En segundo lugar, el privilegio de entrar a ese Lugar celestial es a traves de la sangre de Jesucristo. Al saberlo, recordamos que la sangre de Jesucristo no fue derramada por los justos, sino por los injustos. Ella tiene la propiedad de limpiarnos de todo pecado (1 Jn 1:7). Ahora, porque Adán pecó, todos pecaron y, por ello, todos también están destituidos de la gloria de Dios (Ro 3:23). Así que, cuando leemos que la entrada al Lugar Santísimo es por la sangre de Jesucristo, debemos cancelar todo intento de entrar allí por algún tipo de virtud humana, o por una consideración ingenua de que no somos tan pecadores como otros. Esa falsa justicia propia fue la que le impidió a un fariseo regresar a su casa  justificado cuando coincidió en el templo con un publicano un día que ambos subieron a orar. Aunque había subido a orar, Dios no había recibido nada de la oracion del fariseo, porque el contenido de dicha plegaria era solamente un concepto de justicia propia que suponía era mejor que la del publicano. El publicano, al contrario, no tenía méritos que pudiera presentar a Dios a su favor. Por tanto, determinó presentarse humillado, como un pecador que sólo podía depender de la propiciacion divina para alcanzar perdón. Cristo dijo que éste descendió a su casa justificado. La condición del hombre es tan profundamente desventajosa por causa de su pecado congénito, que el Evangelio ofrece solo una fórmula de acercamiento a Dios, eso es, la sangre de Jesucristo. Esto no sólo es aplicable para el momento cuando recibimos a Cristo como nuestro Salvador y le solicitamos el perdón para nuestros pecados pasados. Este es el mismo método que necesitamos usar cada vez que vayamos a invocar el nombre del Señor. Debemos confesar nuestra inservilidad propia, nuestra contaminación innata y pedir al Señor que aquel líquido precioso del Cordero de Dios, pueda ser aplicado para, entonces, acceder a la comunión con el Dios que es tres veces santo (Isaías 6:3).

En tercer lugar, esa misma fórmula de la sangre de Jesucristo, constituye el camino nuevo y vivo que Cristo nos abrió a traves del velo, esto es, de su carne. Es nuevo porque, aunque procede del antiguo, lo sustituye. En el tabernáculo de reunión tenemos una buena representación del camino antiguo. Bajo los ritos diarios que se ofrecían en aquella tienda, el propósito era también que el hombre pudiera ser perdonado de sus pecados y lograr hallar el favor de Dios. Para ello, una víctima inocente debía morir cargando la culpa del hombre pecador. Pero en el intento por llegar hasta Dios, había un impedimento que calificaba a todos como indignos de llegar hasta el arca del testimonio donde estaba la manifestación de la presencia de Dios. Un velo separaba el Lugar Santo del Santísimo. Hasta el Lugar Santo todos los días podía entrar el sacerdote para los oficios comunes del culto a Dios, pero nadie del pueblo podía atravesar el velo para penetrar en el Lugar Santísimo. El velo era una cortina tejida sin puerta en el centro. Con esto, el Espíritu Santo daba a entender que aun no se había manifestado el Camino al Lugar Santísimo entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie (He 9:8). Ese era el camino antiguo de acceso a Dios bajo el pacto de la Ley.

Pero Cristo nos abrió un camino nuevo y vivo. Es nuevo porque es en Cristo que fue instituido. Cristo no vino de la tribu de Leví, de la cual eran elegidos los sacerdotes segun la Ley, sino que él vino de la tribu de Judá (He 7:14). Por tanto, es nuevo su sacerdocio con respecto al de la Ley. Además, su evangelio contiene una mejor esperanza por la cual nos acercamos a Dios (v. 19)  Y es también vivo, porque Cristo mismo es el Camino a Dios (Jn 14:6). En este pasaje de Hebreos el Señor nos enseña que el camino nuevo y vivo por el cual nos acercamos a Dios es a través del velo, pero ya no del velo del tabernáculo terrenal del desierto, sino del cuerpo de carne de Cristo. Mientras Él estuvo en esta tierra, todavía se ofrecían sacrificios según la Ley. Cristo nació bajo la ley (Gl 4:4) y aún comió con sus discípulos el cordero pascual tal como Dios lo había ordenado a su pueblo Israel (Mr 14:12-16). Cuando estaba entrando y saliendo en su ministerio público, el cuerpo del Señor era como el velo que impedía ver con nitidez la gloria divina que resplandecía en su espíritu. Pero cuando fue a la cruz para cargar en ese cuerpo de carne los pecados de todos nosotros, esa carne fue rasgada, y allí destelló maravillosamente su gloria. Fue allí en la cruz, cuando su carne se rasgó, que Satanás fue herido de muerte en la cabeza (Gn 3:15). Fue al ser herido, que brotó la sangre que limpia de todo pecado a cualquier pecador arrepentido. Fue allí que le brindó entrada al paraíso a un criminal arrepentido (Lc 23:43). Al expirar, para darnos el Señor una imagen del valor que su sacrificio obró en nuestro acceso al Lugar Santísimo, en la misma hora, el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo. Con ello Dios nos deja ver que la primera parte del tabernáculo no fue más necesaria, porque con una sola ofrenda Cristo hizo perfectos para siempre a los santificados (He 10:14). Por tanto, los que nos acercamos a Dios con la fe en la sangre de su Hijo, no hallamos ninguna limitante para llegar hasta el mismo trono de Dios y arrodillarnos en adoración ante el Rey de gloria.

Amados, este evangelio es mucho más precioso que lo que nosotros podemos describir. De hecho, de él, ahora vemos por espejo oscuramente, mas un día veremos cara a cara (1 co 13:12). Pero baste esta pequeña mirada a su grandeza para entender que todo lo que nos ha sucedido es una obra de gracia sin igual. El consejo para hoy es que no vayamos a tratar de mejorarel acceso a Dios a través de otras alternativas, porque el evangelio que predicamos no es nuestro; se llama el evangelio de Dios, es su diseño, y nuestro deber es creerlo como está escrito y predicarlo con vehemencia a los perdidos.

¡Que esta reflexión nos haya ayudado a comprender mejor que nuestro acceso al Lugar Santísimo celestial es por Cristo y

A través de su sangre!

En él,

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez.

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