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AGONÍA QUE NOS HACE ORAR INTENSAMENTE

AGONÍA QUE NOS HACE ORAR INTENSAMENTE

¡Que bienaventurados fuéramos si el Señor nos revelara el secreto de por qué la iglesia contemporánea está amenazada de perder el fervor por la oración, por el ayuno, por la intercesión! En la búsqueda de esta verdad, sabremos que Satanás no es el único culpable de ello. Por eso, te invito a considerar también algunos aspectos más cercanos a nosotros mismos, que pudieran intentar desafilar el arma más poderosa que Dios nos ha entregado, la oración.

Cuando Jesús oraba en Getsemaní, la noche de su apresamiento, en un momento “… oraba más intensamente” (Lc. 22:44). ¡Cuánta intensidad habría en esa oración, si se trataba de Jesús, el más ferviente intercesor que haya conocido la humanidad! Él es el que pasaba noches enteras en el Monte orando, el que otras veces, siendo aun oscuro, se levantaba a orar, a lugares desiertos (Lc. 5:16). Es él quien nos enseñó sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar (Lc. 18:1ss). Allá, en su última noche antes de ir a la cruz, llegó a ser tan intensa su oración, que su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta el suelo (Lc. 22:44). Igualmente, por casi dos mil años de historia cristiana, hay registros de muchos que también mantuvieron encendido el fuego de esa oración intensa. Pablo podía testificar de sí: “… sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día” (2 Ti. 1:3). De Epafras se dice en relación a los Colosenses: “siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones” (Col. 4:12). En la historia de la iglesia tenemos a Jerónimo Savonarola (1452 – 1498), en Florencia, Italia, a John Bunyan (1628 – 1688), en Bedford, Inglaterra, a Carlos Finney (1792 – 1875), en Estados Unidos, y la historia, gracias a Dios se sigue escribiendo hasta hoy.

Entre la indiferencia a la oración, y el reclamo divino a perseverar en ella (Col. 4:2), hay algo que se llama “agonía”. Fue ella la que dio lugar a que Jesús orara de la manera citada. Pero, ¿de dónde venía esa agonía? El asunto que se trababa allí, es del mismo tipo del que hasta hoy nos sucede a nosotros. A Jesús le causaba una agonía tal, que le hacía orar con más intensidad. Pero a muchos cristianos, les pasa inadvertido el mismo conflicto, y por eso, aflojan la oración, le buscan una excusa “justificada” para descuidarla. ¿Cuál era el conflicto allá? Era una lucha entre Dios y el mismo Satanás. El programa divino de salvar la humanidad del fuego eterno del infierno, tenía a Cristo como Cordero expiatorio. Él debía ir a la cruz a morir para pagar el precio de nuestra salvación. Por otro lado, el diablo, quien odia a Dios y a sus criaturas humanas, tenía el proyecto de engañar a los hombres a través de los placeres de este mundo, y mantenerlos dormidos acerca de la realidad de la condenación. En medio, estaba Jesús de Nazaret, el Mesías sufriente. A tal manera fue la lucha agónica de Cristo entre la voluntad salvífica de Dios para con la raza humana y la tentación en su carne para evitar cargar sobre sí el duro precio del rescate, que la primera parte de su oración fue: “Padre, si quieres, pasa de mi esta copa… ”. Finalmente, luego que la oración se intensificó, el Hijo aceptó hacer la voluntad del Padre, y el Señor obtuvo fuerzas para ir al Calvario a morir como Redentor. Resucitó al tercer día, ascendió al cielo, y hoy su vida de oración sigue siendo intensa a favor nuestro: “viviendo siempre para interceder por ellos” (He. 7:25).

¿Es la iglesia de hoy consciente de que esa lucha permanece? ¿Somos conscientes de que Satanás se quiere llevar al infierno nuestras propias almas, nuestros hijos, nuestra familia, nuestra generación? ¿Estamos claros de que si no oramos intensamente contra esa fuerza descomunal, el Enemigo podría más fácilmente arrebatar nuestros seres queridos al engaño y al tormento por toda una eternidad? El mismo Pablo no ignoraba las maquinaciones del Adversario (Ver 2 Co. 2:11). En muchos círculos, la iglesia duerme, mientras que el Enemigo como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar (1 P. 5:8).
Si la iglesia estuviera verdaderamente despierta, los servicios de oración estarían repletos de gente en agonía, orando más intensamente en contra de Satanás. Si la iglesia estuviera verdaderamente despierta, veríamos a los cristianos uniendo esfuerzos para que el Espíritu Santo se manifestase en respuesta al clamor de los santos, convenciendo al pecador. Si la iglesia estuviera verdaderamente despierta, en los hogares la familia hiciera “altares de oración” en la agonía que debe producir el saber que si uno de los nuestros se pierde, esa pérdida es para siempre. ¡Que horror sería, estar unidos en la tierra, pero separados en la eternidad! Ahora le cedo la oración al profeta Isaías, quien en un tiempo de indiferencia espiritual por parte de Israel, dijo a Dios: “Nadie hay que invoque tu Nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades” (Isa. 64:7). “DESPIERTA IGLESIA”. ¡Cristo viene ya!

¡Que la carga que debe producir esta realidad, nos haga orar como Jesús, quien estando en agonía, oraba más intensamente! Tengo la total seguridad, de que si oramos con esa creciente intensidad, vamos a ver a nuestra generación rendida a los pies de Jesucristo. Si sentimos que hemos perdido la pasión por la oración, es hora de decirle al Señor: “Oh Dios, restáuranos; has resplandecer tu rostro y seremos salvos” (Sal. 80:3). De seguro, él lo hará.

Soy vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez
Iglesia Evang. Monte de Sion
Miami, Fl. USA.

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