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ALFA Y OMEGA

ALFA Y OMEGA

La identidad de Cristo como el Alfa y la Omega, es parte vital del tema bíblico sobre su divinidad.  Cuando Cristo dice, Yo soy, se identifica a sí mismo con el Dios Todopoderoso (Ex 3:6,14). En esta ocasión, el Señor aparece con ese título en la introducción del libro de Apocalipsis. En 1:8 él dice: Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso. El versículo parece comenzar a explicarnos el significado de Alfa y Omega: es algo que está al principio y al final respectivamente. Con esto, Cristo marca una enorme diferencia entre su identidad divina y la debilidad de la naturaleza humana caída. Él es superior a nosotros en un grado que no podemos comprender ahora a plenitud. En realidad, él es inefable.

La historia que nos da la Biblia acerca del linaje humano tiene algunos comunes denominadores que denotan la calamidad causada por el pecado en este mundo. Después del pecado de Adán, se estableció para los hombres que mueran una sola vez y, después de esto, el juicio (He 9:27). Por eso, Adán, quien encabezó la lista de los hombres vivientes, no pudo prevalecer ante la irreversible consecuencia del pecado, y murió (Gn 5:5). Él fue el primero de los hombres, pero no pudo sobrevivir para llegar a ser el último de ellos. Los primeros descendientes de la pareja caída en Edén, tuvieron períodos más largos de vida humana. Como Matusalén y otros, casi llegaron al milenio de vida, pero definitivamente, sucumbieron ante el aguijón de la muerte (5:27). Luego, en el tiempo de Noé, y a causa de la degradación moral de la raza humana, Dios limitó la existencia del hombre en la tierra hasta ciento veinte años (Gn 6:3). Más tarde, en el tiempo de Moisés, se acortó el plazo de los redimidos que caminaban hacia Canaán, y los días del hombre se marcaron en setenta años y, en los más robustos, ochenta (Sal 90:10). Así hoy, posiblemente, no existe nadie entre los más de seis billones que pueblan el planeta, que hubiese nacido ciento cuarenta años atrás.

Al oír a Cristo decir que él es el primero y el último, podemos estar seguros que todas las cosas por él fueron hechas y, sin él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho (Jn 1:3). Todo fue creado por medio de él y para él. Él es antes de todas las cosas y todas las cosas en él subsisten (Col 1:16,17). Lo que no existía vino a ser por causa suya. Igualmente, porque él es el último, sabemos que venció a la muerte, porque la suya fue muerte expiatoria, redentora, vicaria, sustitutoria (He 1:3; 2:17). Se trató de la muerte del que dijo tener poder para dar su vida, y para volverla a tomar (Jn 10:18). Con autoridad asombrosa sobre la muerte, dijo: al tercer día resucitaré (Mt 27:63). Estas son las palabras de Jesús a quien Apocalipsis 1:8 identifica como el Todopoderoso. Aun la muerte no le pudo resistir. Por tanto, su resurrección cambió la historia; con ella quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad para el evangelio (2 Ti 1:10). Los creyentes en él, absolutamente seguros del poder de su resurrección, podemos decir: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?… Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Co 15:55,57)Así que, Cristo, como Alfa y Omega, es el primero y el último, estaba primero que todo y quedará después que todo haya sido removido. En verdad, la aplicación de esto es tan gloriosa como su misma esencia: los que somos de Cristo tenemos vida eterna en él. Pablo hizo teología de esa verdad y anuncia, para consolación de los santos, que, a partir del arrebatamiento de la iglesia, estaremos para siempre con el Señor (1 Ts 4:17).

Otra implicación preciosa que tiene el que Cristo sea el Alfa y la Omega es la que aparece en Apocalipsis 1:11. La segunda vez que Juan escucha ese título del Señor, inmediatamente recibe la orden de escribir en un libro lo que veía y enviarlo a las siete iglesias que estaban en Asia. Las siete iglesias del Apocalipsis parecen representar los distintos períodos de la iglesia sobre la tierra, desde Pentecostés hasta el regreso del Señor. Así que, lo que Juan escribe, lo debía leer todo creyente a través de las generaciones. El Alfa y la Omega son la primera y la última letra del alfabeto griego, respectivamente. Sabemos que el Nuevo Testamento fue escrito mayoritariamente en griego. Ahora, cuando Cristo habla de su identidad en esta manera, entendemos que se refiere a la totalidad de las Escrituras, porque el Nuevo Testamento no está aislado del Antiguo, ni es independiente de él. Por tanto, en este lenguaje figurado de Cristo, hay una referencia preciosa a que él es la suma de toda la verdad contenida en las sagradas Escrituras. Él es, de principio a fin, el tema de la Palabra escrita de Dios. Por tanto, la meta suprema de nuestro escudriñar, es hallar a Cristo a través de las páginas del Libro de Dios. Juan escribió su quinto libro, el Apocalipsis, después de escuchar que Cristo es el Alfa y la Omega. No es extraño, entonces, que cuando escribe, comienza su obra llamándola, la revelación de Jesucristo (Ap 1:1)Moisés escribió cinco libros, Juan también. Fue tanta la revelación que Juan recibió de Cristo, que su primer libro lo comienza con una frase idéntica al primero que escribió Moisés: En Génesis 1:1 leemos, En el principio creó Dios… En Juan 1:1 leemos, En el principio era el Verbo… Dios. La Biblia comienza con Cristo, y termina deseándonos que la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos nosotros, Amén (Ap 22:21). En verdad, él es el Alfa y la Omega.

El apóstol lo debe saber, porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo(1 Co 3:11). El profeta lo debe saber, porque es de parte de Cristo que edifica, exhorta y consuela a la iglesia(14:3). El evangelista lo debe saber porque su mensaje será siempre Jesucristo, y éste crucificado (2:2). El pastor lo debe saber, para dejar que Cristo, el Buen Pastor, sea conocido como el que da su vida por las ovejas (Jn 10:11). El Maestro lo debe saber, porque él debe enseñar conforme a la verdad que está en Jesús (Ef 4:21).

Hoy, cuando las doctrinas que la iglesia ha creído a través de dos milenios están a punto de palparse como realidades visibles, hoy cuando está más cerca de nosotros nuestra redención que cuando creímos (Ro 13:11), es muy importante que no perdamos la forma doctrinal que nos entregaron los testigos que recibieron de Cristo mismo la verdadera fe. Es tiempo de retener a Cristo en nuestros púlpitos, en nuestras predicaciones y enseñanzas, en nuestra liturgia, en nuestro adorar, pero, sobre todo, en nuestro testimonio personal.

Como vasos de barro, tenemos la encomienda de retener este tesoro del glorioso misterio, que es Cristo en nosotros, la esperanza de gloria (Col 1:27).

¡Que a él sea toda la gloria de principio a fin, pues él es el Alfa y la Omega!

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodriguez

www.iglesiamontedesion.org

www.christianzionuniversity.org

 

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