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¡AY SEÑOR! ¿QUÉ DIRÉ…?

¡AY SEÑOR! ¿QUÉ DIRÉ…?

Lo cantaba cuando era niño. Con mi guitarra, acompañaba la melodía de aquel cantar que relataba la historia sagrada de un ocaso fatal, donde se preguntaba: ¿Qué diré si Israel vuelve atrás? Es que las mejores lecciones las aprendemos por diferencia, o sea, mirando el retrato del fracaso. Cuando la Biblia nos ofrece historias de quienes cayeron, es para exhortarnos a no repetir el error y llegar a ser vencedores.

En referencia a Dios, Moisés fue el primero que dijo ¡Ay, Señor! Lo usó en su intento por rehusar su llamado para ir a Egipto a liberar a los hijos de Israel (Ex 4:10,13). Pero el uso de esta misma frase como título de este Boletín identifica un grito de desesperación frente a un peligro inminente. Esta vez vino del corazón del líder que sustituyó a Moisés en la conducción del pueblo a la herencia prometida. Los grandes líderes parecen tener ciertos privilegios, pero a un costo de responsabilidad sumamente alto. Son ellos los que lloran las derrotas de aquellos a quienes dirigen. Son ellos los que claman a Dios cuando pierden la ruta hacia la victoria. Son ellos quienes entran en cierta confusión cuando desconocen la causa de un fracaso.

El contexto en que Josué dijo, ¡Ay, Señor! era horrible. Por un lado, la promesa de heredar Canaán estaba en pie. Por alcanzarla, el desierto había sido atravesado, el Jordán había sido cruzado y los pies de los hebreos habían pisado ya parte de la herencia. Entonces, estaba comenzado a ser un hecho lo que Dios había dicho: Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie será vuestro (Dt 11:24; Jos 1:3). La primera gran ciudad amurallada había sido totalmente conquistada por las huestes irresistibles de los soldados de Israel. Pero una presunción basada únicamente en el plano físico trajo un fracaso que avizoraba una vergüenza total para el pueblo de Dios. Después de haber abatido a Jericó, los expertos dijeron que para conquistar la pequeña ciudad de Hai no era necesario movilizar todo el ejército. La ignorancia sobre la grave situación espiritual en que había caído el pueblo les hizo suponer que unos tres mil soldados bastarían para hacerse sentir vencedores sobre la pequeña urbe. Pero cuando fueron a la batalla frontal, los soldados de Josué huyeron delante de los enemigos y unos treinta y seis hebreos fueron muertos.  Fue entonces que aquel caudillo, rasgados sus vestidos, se postró rostro en tierra ante el Señor de los Ejércitos inquiriendo una palabra de dirección. El suspiro expresó desesperación al decir, ¡Ay, Señor…! Inmediatamente, una pregunta: ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos? Las acciones de Josué en tal caso deben ser las mismas que debe seguir un verdadero líder cuando se manifiesta un fracaso en el pueblo santo. Lo primero es ir a Dios a buscar la causa del desastre.

Cuando Dios se expresó en respuesta al suspiro indagador de Josué, dijo: Israel ha pecado… Las victorias y la santidad son directamente proporcionales. Cuando hay pureza en la congregación, los enemigos no lograrán avanzar. La misma puerta que se abre al pecado desde adentro, es por la que entra el enemigo desde afuera. La santidad constituye una cerradura inquebrantable para la protección de los hijos de Dios. Por tanto, la pérdida de ella constituye un permiso legal al invasor para entrar y pisotear. Nadie en el pueblo de Israel sabía que uno de sus soldados había hecho caso omiso del mandamiento acerca de Jericó. Dios había dicho que la ciudad sería anatema y que no se debía tomar nada de ella (Jos 6:17). Pero los ojos de Dios habían visto cuando Acán tomó del botín un manto babilónico, doscientos siclos de plata y un lingote de oro y, todo ello, lo había escondido en su tienda. El diablo también lo sabía, pues él es quien tienta a los redimidos. Así que la brecha estaba abierta en desconocimiento del pueblo y del líder.

La historia en cuestión revela la responsabilidad que tenemos como miembros del cuerpo de creyentes, pues, a la luz de la Escritura, el pecado de uno es el pecado del pueblo. Cuando Dios dijo, Israel ha pecado, era Acán el transgresor, pero como él pertenecía al pueblo, todo Israel también había pecado. Aún oímos la exhortación de Pablo a la iglesia de Corinto en relación a su conformismo cuando uno de la congregación había adulterado: ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? (1 Co 5:6). Todavía hoy, el reclamo de santidad que desde el cielo se dirige a la iglesia, tiene tono individual:  el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía (Ap 22:11).

Dios había advertido a Josué que, si no destruían el anatema, Él mismo no estaría más con ellos y no podrían hacer frente a sus enemigos. Así que, el juicio se realizó delante de todo el pueblo. Sólo después que Acán recibió la justa retribución por su pecado, pues siempre la paga del pecado es muerte (Ro 6:23), el pueblo quedó curado de aquella herida y fortalecido para continuar la conquista total de su herencia. Fueron nuevamente contra Hai, y la ciudad cayó frente al ejército hebreo comandado por Josué (Ver Jos 7).

Amados, es muy recomendable no tomar el pecado a la ligera dentro de la casa de Dios. Si nos hiciera falta un argumento para defender esta advertencia, tenemos que ir a la cruz donde nuestro Señor fue crucificado y entender allí que, cuando el pecado estuvo sobre Jesús para hacer la expiación, el castigo de nuestra paz fue sobre él… (Isa 53:5). La forma como la ira de Dios se expresó en el Calvario sobre aquel Cordero inocente para poder obrar nuestra justificación, es una muestra del aborrecimiento de Dios por el pecado a una medida que la mente humana no la puede sondear a plenitud. Cuando la carga del pecado del mundo cayó sobre Jesús, Él también exclamó, Ay, Señor. Lo hizo en la expresión, Dios mío, Dios mío… E igualmente, unió a su suspiro una pregunta: ¿Por qué me has desamparado? (Mr 15:34). Pero, por la muerte expiatoria del Hijo del Hombre, nosotros hemos sido redimidos del pecado, y la fe en Él nos permite entrar a poseer nuestra herencia en gloria. Mas, debemos guardar con esmero el atributo de santidad que se nos ha conferido en Cristo, para que podamos ser fuertes contra el enemigo que ataca y para ganar todas las batallas que libramos mientras avanzamos a la Canaán eterna.

 

Si esto hacemos, no tendremos que repetir el desesperado sollozo de Josué,

¡Ay, Señor! ¿Qué diré…?

 

Con los ojos puestos en la Herencia reservada por Cristo a los santos,

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez

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