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CARÁCTER PLURAL DEL PECADO INDIVIDUAL

CARÁCTER PLURAL DEL PECADO INDIVIDUAL

¿Sabemos en verdad cuánto afectamos a otros con nuestro vivir cotidiano personal?

Miremos esta reflexión:

La victoria había sido aplastante. El muro que rodeaba la ciudad de Jericó se derrumbó sobrenaturalmente, e Israel conquistó la ciudad (Jos. 6:1-20). En días subsiguientes, el mismo ejército fue a la conquista de una pequeña ciudad llamada Hai, pero en esta ocasión, Israel huyó teniendo bajas entre sus huestes. Josué se postra sobre su rostro y pregunta a Dios, por qué ha sucedido este insólito retroceso. Entonces la voz divina le explica: “Israel ha pecado”. Este es el relato: “los hijos de Israel cometieron una prevaricación… porque Acán… tomó del anatema; y la ira de Jehová se encendió contra los hijos de Israel”. Era solo Acán, quien había hurtado tres valiosos tesoros del botín. Pero Dios se había airado contra los hijos de Israel, y le enseñó a Josué que el pecado había afectado a todo el pueblo, haciéndolo retroceder en la conquista (Ver Jos. 7).

Cuando María murmuró contra su hermano Moisés, ella fue echada del campamento, debido al juicio de lepra que Dios había puesto sobre ella. Aunque su pecado era individual, afectó a todos los peregrinos. Así se describe esta afectación general: “y el pueblo no pasó adelante hasta que se reunió María con ellos”. Fueron siete días más de atraso para todos, en su llegada a Canaán (Ver Nm. 12).

Cuando en Corinto, un hombre miembro de la comunidad cristiana, vivía en fornicación, la reprensión sagrada fue esta: “¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? (1 Co. 5:5). Por tanto, la recomendación urgente decía: “Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois… Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros” (vv. 7, 13).

¿Cuál es la sustancia de este dilema? Dios ve a los individuos salvados, como miembros de un cuerpo. La nación de Israel era un cuerpo; la iglesia es un cuerpo (1 Co. 12:27). “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo” (1 Co. 12:12). La sensibilidad que tiene el cuerpo ante el daño producido en un miembro, es tan evidente en nuestro cuerpo físico como en el cuerpo de Cristo: “… si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (v. 26).

Debemos cuidar nuestro propio andar en santidad, no solo porque cada uno dará a Dios cuenta de sí (Ro. 14:12), sino por la responsabilidad que tenemos debido al efecto plural de nuestros yerros. Nadie a nuestro lado será juzgado como culpable por nuestro pecado individual, pero las victorias prometidas al pueblo de Dios al que pertenecemos, son negativamente afectadas por nuestra falta personal de temor de Dios.

Cuando hayamos pecado, pidamos perdón a Dios personalmente, basado en la obra expiatoria de Cristo en la cruz. “… Él es la propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 2:2). Pero también digamos: “Perdona oh Jehová a tu pueblo, y no entregues al oprobio a tu heredad… ” (Joel 2:17).

Así, en tono plural fue la oración individual de un escriba llamado Esdras:
Desde los días de nuestros padres hasta este día hemos vivido en gran pecado; y por nuestras iniquidades nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes hemos sido entregados en manos de los reyes de las tierras, a espada, a cautiverio, a robo, y a vergüenza que cubre nuestro rostro, como hoy día (Esd. 9:7).

Así, en tono plural, oraba el piadoso Nehemías:
Te ruego, oh Jehová… esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti… por los hijos de Israel tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado. (Neh. 1:5-6).

El pecado personal daña mucho más a nuestro derredor de lo que imaginamos. Por tanto, desde ese caos, se debe orar de tal manera que veamos cumplida en todos nosotros la promesa divina: “… perdonaré su pecado y sanaré su tierra” (2 Cr. 7:14).

Solo después que Acán fue juzgado y pagó por su pecado, Israel volvió a ser fuerte y ganó las batallas de Dios (Jos. 7:19-26). Solo cuando María volvió redimida y sanada al campamento, el cuerpo de peregrinos pudo continuar su viaje rumbo a la tierra prometida (Nm. 12:15-16). Solo cuando ya el ofensor Corintio se había arrepentido y apartado del pecado, se indicó a la iglesia, que lo debía perdonar y consolar, confirmando así el amor de todos para con él. Ahora estaban limpios de la levadura del pecado (Ver 2 Co. 2:5-10).

Lo más importante no es qué tan lejos hayamos ido, sino poder orar como Jeremías en forma plural: “Vuélvenos, oh Jehová, a ti, y nos volveremos; renueva nuestros días como al principio” (Lam. 5:21). Debemos orar con carga unos por otros, rogando que cada uno seamos guardados en santidad. Si Dios lo permite en la individualidad de los creyentes, todos seremos bendecidos.

Plenamente convencido de la abundancia de la gracia de Dios para sanar y guardar individuos y pueblos,

Tu servidor y colaborador,

Pst. Eliseo Rodríguez
Ig. Evangélica Monte de Sion.

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