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COMPARADA CON EL FUEGO

COMPARADA CON EL FUEGO

Algunas de las preguntas que hace Dios, y que se registran en la Biblia, ya contienen en sí mismas, las respuestas obvias. Esta es una de ellas: “¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?” (Jer. 23:29). El sí a esta interrogante, es lo que les invito a analizar aquí:
 
Primero, la pregunta del Señor está hecha en un contexto donde Dios está reprendiendo a los falsos profetas, quienes engañaban al pueblo, prometiendo el bien de Dios, sin reclamar justicia al pueblo (Ver Jer 23:9-48). Pero Dios muestra, que para oír su consejo, y hacer oír al pueblo sus palabras, hay que estar en su secreto. De esta forma, la Palabra, pudiera hacer volver al pueblo de la maldad de sus obras (v. 18, 22). Por tanto, la Palabra aquí, comparada con el fuego, está relacionada con su efecto corrector. La Biblia nos da una lista preciosa de los beneficios de la Palabra para los que la reciben y la guardan (Ver Sal. 19:7-11). Pero hoy, vamos a enfocarnos en la necesidad que tenemos del favor ardiente de la Palabra divina. Parte de la utilidad de la Escritura, es precisamente “…redargüir… corregir…  instruir en justicia…” (2 Ti. 3:16). 
 
Miremos:
 
La Palabra como fuego, estuvo en el ministerio de Juan el Bautista
 
Cristo se refirió a Juan el Bautista como “… antorcha que ardía y alumbraba” (Ver Jn. 5:35). Su mensaje era corrector: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas” (Mt. 3:3). Sus palabras eran quemantes a la apatía espiritual que reinaba. Así que habló de la ira venidera, y catalogó a aquella como “generación de víboras”. Por tanto, cual llameante mensajero, predicaba la necesidad urgente de arrepentimiento, y ese era el nombre del bautismo que administró, bautismo de arrepentimiento (Ver Mt. 3:5-11). Anunciando la llegada del Mesías, predicaba: Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (v. 12). 
 
La Palabra como fuego estuvo en el ministerio de Cristo
 
Dos discípulos iban a la aldea de Emaús, aquel domingo en que Cristo había resucitado. Mientras hablaban entre sí, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos. El centro de atención principal en este suceso, es el momento cuando Cristo, comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían. El testimonio final de los dos discípulos, cuando Cristo les es revelado, es que el corazón les ardía, mientras Jesús les hablaba y les abría las Escrituras. Ahora, ese ardor, no era el efecto bendecidor que causa la Palabra en sabios y diligentes creyentes. Por el contrario, a estos, al principio, Jesús los tildó de “insensatos y tardos de corazón para creer…”. Por tanto, el ardor que sentían, era el fuego corrector de la Palabra de Dios, quemando la insensatez y la incredulidad de sus corazones (Ver Lc. 24:13-32). Por el efecto purificador de aquella Palabra, los dos, urgentemente se convirtieron en creyentes prudentes, urgidos a testificar del Señor (ver. vv. 33-35). 
 
La Palabra como fuego estuvo en los ministros del Nuevo Testamento
 
Cuando el Espíritu Santo vino sobre los discípulos en Pentecostés, les aparecieron lenguas repartidas como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos (Hch. 2:1-3). ¿Cuál era la necesidad? Cristo les había dicho que ellos le serían testigos en Jerusalén, en Samaria, en Judea y hasta lo último de la tierra (Ver Hch. 1:8). La asignación era seria, pues la palabra testigo aquí, tiene la connotación de mártir. La tarea era predicar el Evangelio a un mundo diversamente hostil a esa fe. La religión previamente había dado una muestra de cruel hostilidad al rechazar a Cristo como Mesías y enviarle a morir en la cruz (Ver Mr. 15:14; Jn. 19:6). Ahora les advierte que ellos irían al mismo contexto religioso que se oponía a la salvación por la fe. Pero también lo harían dentro del cruel imperio romano, que fue el que políticamente dirigió la crucifixión de Cristo (Ver Mt. 27:1-2; 11-27). Por eso les había advertido antes: “… aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles” (Mt. 10:18). Pero aquí viene la promesa de una palabra de fuego en sus bocas: “… yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan” (Ver Lc. 21:15). 
 
Hay testimonios contundentes de esta promesa cumplida:
 
Uno de ellos fue Esteban. Cuando se levantaron contra él unos de la sinagoga llamada de los libertos, una palabra como fuego se hizo tan clara en su boca, que sus enemigos “… no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba” (Ver Hch. 6:9-10). Cuando les testificó de haber visto los cielos abiertos, y la majestad ardiente del Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios, sus enemigos se taparon sus oídos. El fuego en su discurso narrativo de las Escrituras, les estaba quemando, y no deseaban sufrir el calor intenso de aquella verdad que les intentaba mostrar su condición y corregirles para vida (Ver Hch. 7:55-57).  
 
Así también, como fuego ardiente, fue la Palabra que le dijo Pedro a Simón, en Samaria, cuando éste quiso comprar el don de Dios con dinero: “Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero” (Hch. 8:20). 
 
Fue también lleno del fuego del Espíritu, que Pablo pronunció una palabra de juicio sobre Elimas, cuando este quería apartar de la fe al procónsul Sergio Paulo. Entonces, le dijo: “Ahora, pues, he aquí la mano del Señor está contra ti, y serás ciego, y no verás el sol por algún tiempo. E inmediatamente cayeron sobre él oscuridad y tinieblas; y andando alrededor, buscaba quien le condujese de la mano” (Hch. 13:10-11). 
 
La Palabra como fuego, es una necesidad de nuestros tiempos
 
En este tiempo, debido a la horrible apostasía, en algunos círculos “cristianos” se tiende a endulzar el mensaje de Dios, evitando aún hablar contra el pecado. Se escucha un enfoque netamente humanista del Evangelio, donde la cruz de Cristo parece estar intencionalmente ausente en boca de muchos pseudo predicadores. Mas, oh amados, todavía Dios es el mismo que llamó a Moisés desde la llama de fuego de una zarza (Ver Ex. 3:1-6). Todavía el rostro de los ungidos debe irradiar en forma indeleble, la gloria del Señor (Comp. Ex. 34:29; 2 Co. 3:18). Todavía Dios ha de usar a aquellos que espiritualmente, le permitan a él tocar su boca con un tizón tomado del altar (Ver Isa. 6:6-7). Con esa pureza es que se le puede decir a Dios: “Heme aquí, envíame a mí” (v. 8 b).  Dios quiere usar hombres y mujeres identificados con la Palabra de la cruz; esa palabra es poder de Dios (Cf. 1 Co. 1:18). Si con ella los primeros voceros de Cristo trastornaron benignamente el mundo entero (Ver Hch. 17:6), nosotros también lo podemos hacer. Esta es la base de la recomendación de Pablo a Tito: “Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie” (Tit. 2:15). 
 
Oremos que se levante una generación de voceros ardientes, de gente encendida en la pasión que entraña sobrenaturalmente el llamamiento celestial, a quien le sea recordado frecuentemente: “¿No es mi Palabra como fuego?”.
 
 
Soy vuestro servidor en Cristo,
 
Pst. Eliseo Rodríguez
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