skip to Main Content
CONDICIONADA AÑADIDURA

CONDICIONADA AÑADIDURA

Era el año 1797 cuando una comunidad europea, originaria de Moravia, experimentó un gran avivamiento. Al relatar lo sucedido, un testigo presencial dijo lo siguiente:
 
Una gran hambre por la Palabra de Dios nos ha inundado a todos. Tanto es así, que necesitamos tener tres reuniones cada día. Una es a las 5:00 am, otra a las 7:30 am y otra a las 9:00 pm. El deseo de todos y cada uno es que sobre todas las cosas, el Espíritu Santo tome control. Han desaparecido el egoísmo, la necedad, así como la desobediencia de todas las personas. Ha habido un diluvio de gracia que nos ha sumergido en el amor de Dios”. Escribiendo sobre este avivamiento, alguien dijo: “Estaban tan llenos de su presencia, que se sintieron presionados a orar las veinticuatro horas del día, toda la semana, durante más de cien años, lo que impactó grandemente al mundo”. 
 
¿Cuál es el ministro e iglesia que no quisiera experimentar este tipo de avivamiento? Un suceso parecido se narra en el libro de Los Hechos: “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hch. 2:47). El retrato sagrado deja ver un ascenso diario en la membresía de la iglesia de la ciudad de Jerusalén. Aquel era un crecimiento genuino, por dos motivos principalmente: Primero, porque la añadidura de personas a la iglesia, era una operación directa del Señor: “… el Señor añadía…”. Segundo, porque los añadidos, eran los que habían de ser salvos. Primero, el Señor los salvaba; luego los añadía a la iglesia. Así que la iglesia crecía, por personas que genuinamente experimentaban el nuevo nacimiento. 
 
Podemos imaginar ¡cuán frecuentes habrían sido los bautismos en agua en aquella gran congregación! He aquí la fórmula que se seguía para contar que alguien había sido añadido: En relación al grupo que aceptó a Cristo a raíz del mensaje de Pedro el día de Pentecostés, leemos: “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hch. 2:41).  
 
Ya tenemos la añadidura; ahora miremos las condiciones:
 
Esta suma que hacía el Señor, tenía ciertos escenarios o contextos:
 
1.     Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.
2.     Y sobrevino temor a toda persona; 
3.     y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles.
4.     Todos los que habían creído estaban juntos, 
5.     y tenían en común todas las cosas;
6.     y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.
7.     Y perseverando unánimes cada día en el templo, 
8.     y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, 
9.     alabando a Dios, 
10.  y teniendo favor con todo el pueblo (Hch. 2:42-47). 
 
Todavía hoy la iglesia requiere estas condiciones para crecer en forma sana:
 
· Todavía necesitamos perseverar en la sana doctrina de Jesucristo. Hoy también se requiere que el mensaje de los que predican, y la enseñanza de los maestros, esté saturada de la cruz de Cristo. Así lo hacía el mismo Pedro que vio como a tres mil ser añadidos en Pentecostés: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hch. 2:32). “… a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hch. 2:36). “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo” (Hch. 4:11).
· Todavía necesitamos alimentar la comunión entre los hermanos, “… solícitos en guardar la unidad del Espíritu, en el vínculo de la paz” (Ef. 4:3). Fue el derramamiento del Espíritu de Dios, lo que trajo tanto crecimiento a la iglesia del principio.
· Aún es necesario la perseverancia en la oración unida de los santos. Hoy también hay que orar sin cesar, y entonces podremos testificar: “… la palabra del Señor crecía y se multiplicaba” (Hch. 12:24).
· En nuestros días sigue siendo imprescindible el temor del Señor en los corazones del pueblo. Cuando en Hechos 5:11 leemos: “Y vino un gran temor sobre toda la iglesia y sobre todos los que oyeron estas cosas”, luego vino el resultado, en el versículo 14: “Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres”.
· Hoy permanece la necesidad de que el poder de Dios se manifieste, haciendo milagros y maravillas. Cuando en Hch. 9:34, Eneas fue sanado de su parálisis, hubo crecimiento asombroso: “Y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor (v. 35). A causa de aquel milagro, dos regiones enteras se convirtieron masivamente a Cristo.
· Todavía la iglesia requiere preocuparse por las necesidades de los hermanos que estén atravesando momentos de prueba. Del crecimiento que el Señor trajo a su iglesia en Antioquía, leemos en Hch. 11:21: “Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor”. A esa crecida iglesia, la visitó también un espíritu de compasión a favor de los más desafortunados: “Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea” (v. 29).
·  En nuestros días también la iglesia debe procurar dar al Señor la honra debida a su nombre (Sal. 96:8). No debemos permitir distracciones, mientras el Nombre del Señor está siendo glorificado. Lo primero que hizo el cojo sanado en la Puerta La Hermosa, fue entrar al templo, “… andando y saltando y alabando a Dios. Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios” (Hch. 3:8-9). Aquel milagro que produjo tal alabanza, trajo a una gran multitud: “… todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón” (v. 11).
· No se puede desechar hoy cuán importante es que la iglesia tenga “favor con todo el pueblo”. Esta fue precisamente la expresión inmediatamente anterior a la que mide el resultado: “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.  
 
Sobre estas materias primas, el Señor trabajará en todo tiempo, en todo lugar, en todo contexto, para hacer reverdecer sus plantíos.
 
Por la Palabra sabemos, que aumentar el número de los congregados no es la misión primera en la lista de los deberes asignados por Cristo a su iglesia. Además, subir las cifras no tiene que ser necesariamente el resultado de echar a andar métodos humanos, ni de celebrar ciertas festividades, ni de mejorar el confort del edificio. Mas, cuando se hacen plenas las condiciones que tenía aquella iglesia del principio, el incremento paulatinamente se manifestará. Nuestra historia en tales condiciones, también se escribirá así: “El Señor añadía”. Y entonces podremos testificar con Pablo: “… el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Co. 3:6).   
 
Amados, los tiempos hoy son distintos. Posiblemente, los contextos también sean diferentes. Pero todavía hoy es la voluntad de Dios que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (Ver 2 P. 3:9). ¡Seamos pacientes, porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos! (Ver Gl. 6:9). ¡Sigamos en la fe de Jesucristo, haciendo todo a tal manera en él, que podamos ser testigos de este crecimiento, al que hemos llamado,
 
¡Condicionada añadidura!
 
Mirando con ustedes los campos, que ya están blancos para la siega,
 
Vuestro servidor,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
Back To Top