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CUAL SENTIDO DESENTRAÑA EL ENGAÑO

CUAL SENTIDO DESENTRAÑA EL ENGAÑO

Era el año 140 de la vida de Isaac. Para sus cálculos, estaba cerca el día de su muerte. La cronología sobre su vida, señala que vivió 40 años más, sin embargo, con sentido de urgencia y responsabilidad, llamó a su hijo mayor, Esaú, a fin de colocarlo en los pasos de obtener la bendición perteneciente al primogénito. Consistía en unos pronunciamientos impregnados de fe que el padre bendecidor hacía sobre tal hijo antes de morir. Dichas palabras, afectarían positivamente la vida posterior del receptor.

Génesis 27 muestra que en una trama muy audaz, Jacob el hijo menor de Isaac, tiempo atrás, había negociado ese derecho de primogenitura con su hermano. Esaú había despreciado tal bendición, y la había vendido a él por un potaje rojo de lentejas. Pero Jacob no fue transparente a la hora de hacerse acreedor de las bendiciones paternales, sino “vino… con engaño y tomó… la bendición”. Vestido a tal modo que hiciera creer a su padre que él era Esaú, y con acciones que dejaban mucho qué desear, Jacob le recalcó a su padre: “Yo soy Esaú tu primogénito” (Gn. 27:19).

En el relato se evidencian los cinco sentidos que Dios nos dio, y se hace claro y manifiesto, cuál de ellos carga el mayor peso en la responsabilidad de desentrañar el engaño que tanto amenaza a la verdad. Veamos:

El sentido de la vista, estaba absolutamente dañado en Isaac: “sus ojos se oscurecieron, quedando sin vista” (27:1). Ello hacía más difícil el discernir correctamente el cuadro que estaría frente a sí. Así que Isaac usa los otros cuatro, en el reconocimiento de la identidad real de su hijo presente ahora en la tienda.
Primero el longevo padre hace uso del sentido del tacto: “Acércate ahora, y te palparé, hijo mío… ” (v. 21). El sentido del tacto le dio la información equivocada a Isaac, por lo cual dijo: “las manos, las manos de Esaú” (v. 22). El versículo 23, dice: “Y no le conoció…
El sentido del paladar. Entonces el padre ordenó a su “Esaú” que le acercara la comida, para comer de la supuesta caza que le había traído. Jacob lo hizo, e Isaac comió (v. 25). El tipo de comida que el anciano estaba acostumbrado a comer de Esaú, era de cacería. Jacob le había traído a su padre del ganado de la propia casa. Pero el paladar le engañó. Así que por medio de él, Isaac no pudo conocer la verdad que buscaba.
El sentido del olfato. “Y le dijo Isaac su padre: acércate ahora, y bésame, hijo mío. Y Jacob se le acercó, y le besó; y olió Isaac el olor de sus vestidos, y le bendijo, diciendo: Mira, el olor de mi hijo, como el olor del campo que Jehová ha bendecido… ” (vv. 26 y 27). Ahora sabemos que el sentido del olfato no funcionó para desentrañar la falsedad en cuestión. Isaac estaba oliendo las vestiduras de Esaú, pero puestas en el cuerpo de Jacob.
El sentido del oído. Lo dejamos para el final, aunque aparece antes en el pasaje, con el objetivo de resaltar su importancia. En el versículo 22, donde mismo el sentido del tacto en Isaac es engañado por Jacob, el patriarca no se equivocó usando su fino oído a sus 140 años de edad: “la voz es la voz de Jacob” -dice. Allí, en el sentido del oído quedaban desentrañadas las mentiras del joven oportunista. Pero Isaac dio el valor a tres elementos sensoriales que le informaron equivocadamente, y no concedió el crédito al sentido del oído el cual podía haber puesto en evidencia la identidad de quien lo estaba engañando.

El Espíritu Santo, al darnos este relato, en el cual finalmente Jacob es bendecido, no estaba de ninguna manera dándonos licencia para obtener los favores del Señor a través de trampas. A la par nos revela, que el bendecido joven, tuvo que beber luego abundantemente del mismo cáliz de engaño a mano de muchos de sus más cercanos. Tampoco la inspiración de este pasaje estaría limitada a enseñarnos la importancia de ser buscadores fervientes de bendiciones. Dios quería también enseñarnos, la supremacía del sentido del oído ante los demás, en lo concerniente a las cosas del reino de Dios. “Por fe andamos, no por vista” (2 Co. 5:7), y “la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Ro. 10:17). Pablo dijo: “… Aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así” (2 Co. 5:16). No es viendo, ni palpando, ni probando, ni oliendo que podemos vivir perseverantemente en la verdad. Es oyendo que lo logramos. Así como la voz sale de dentro de nosotros, la verdadera identidad está dentro de las personas, y debemos oír cuando por las palabras exteriorizan su identidad, para conocer, para discernir, para desentrañar. Dios nos dice respecto a Su voz: “Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios… ninguna enfermedad… te enviaré a ti… ” (Ex. 15:26). “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro… ” (2 P. 1:9). Por eso Cristo reiteradamente nos amonesta: “El que tiene oídos para oír, que oiga” (Ver Ap. 2 y 3).

La verdad y el error, los dos, nos llegan a través de las palabras. ¿Cómo podemos discernir que es lo que pertenece a la verdad? Obedeciendo el consejo de Jesús: “Mirad bien cómo oís” (Lc. 8:18). Isaac conocía muy bien el timbre de voz de sus dos hijos al oírlos. Nosotros debemos conocer a tal manera “el timbre de voz de Dios” revelado en las Sagradas Escrituras, que podamos con destreza desentrañar el engaño que se genera cuando no es Dios quien está hablando. Es que el oído es

EL Sentido que desentraña el engaño

Seguro de que seremos ayudados para afinar nuestros oídos por la Palabra,

Soy, con vosotros, un oidor no olvidadizo,

Pst. Eliseo Rodríguez
Iglesia Monte de Sion, Miami. Fl.

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