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¿CUANTO TIENE LA CRUZ DE MI?

¿CUANTO TIENE LA CRUZ DE MI?

El pueblo cristiano celebra por estos días la Semana Mayor, un aniversario sagrado de aquellos hechos que no tienen paralelo en la historia, la pasión, muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo. Nunca podremos llenar con alguna acción de fe y gratitud, el mérito real que tiene aquel sacrificio hecho en la cruz del Calvario. Estamos limitados, a causa de la caída original del Edén, a tal modo que “vemos” por espejo oscuramente. Por eso, necesitamos la iluminación del Espíritu, para ser plenamente capaces de comprender con todos los santos, cual se la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento… (Ver Ef. 3:18-19).

Lo que sí está descrito en una forma tan sencilla, que hasta un niño lo puede comprender, es la historia de lo que sucedió literalmente en aquella cruz del Gólgota, en las afueras de la antigua Jerusalén. Desde la noche anterior, cuando una turba apresó a Jesús en el huerto de Getsemaní, hasta aproximadamente las 3 de la tarde de aquel día de pascua judía, el Señor había caído en manos de sus enemigos. Una multitud de sus mismos hermanos de nación, pidieron a gritos que él fuera crucificado (Mr. 15:13). Y sin que los hechos tuvieran retroceso, el Hijo del Hombre, estaba finalmente ajustado a través de rudos clavos a una cruz, desangrándose, hasta que expiró, aproximadamente seis horas después de haber sido crucificado.

Dentro de la parte no visible de aquel terrible escenario, se escondía el eterno propósito de Dios, de poner a su Hijo como propiciación por nuestros pecados, y por los de todo el mundo (1 Jn. 2:2). La petición de aquel humilde publicano, que oraba en el templo, pidiendo: “Dios, sé propicio a mí, pecador”, ahora era respondida plenamente, mas no solo para él, sino como una gracia brindada a todo aquel que cree (Ver Lc. 18:13; Hch. 13:39). A esta verdad trascendental, se le llama, El Evangelio, las Buenas Nuevas de Salvación.
Mas, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, obró su incomparable hazaña, desde un instrumento de muerte atroz, a lo cual Pablo llama: “muerte de cruz” (Fil. 2:8). Desde entonces, aquel incómodo madero, se convirtió en algo de lo cual gloriarnos: “… lejos esté de mi gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo… ”. Vino a ser, algo de lo cual no avergonzarnos: “… no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree… ” (Ro. 1:16).
Así que desde cierto punto de vista, la cruz obró en Cristo el papel asignado por el Padre, que en ella, él gustase la muerte por todos (He. 2:9). Sujeto a ella el Señor sufrió nuestros dolores, llevó nuestro castigo (Isa. 53:4). Fijo a ella dio por consumada la obra de redención y allí murió (Jn. 19:30). La manera como murió, y los milagros sucedidos sobre el Gólgota, hicieron confesar hasta al más fuerte verdugo: “Verdaderamente este era Hijo de Dios” (Mt. 27:54). Tres días después, solo con la marca en las manos y en el costado (Jn. 20:27), resucitó, emergió de entre los muertos, y con pruebas indubitables se presentó vivo a sus discípulos, con un cuerpo incorruptible, que podía viajar más rápido que la velocidad de la luz, y aparecer y desaparecer a voluntad. Cuarenta días después, ascendió a la diestra de la Majestad en las alturas (He. 1:3). Y hasta hoy, está glorificado allí, esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies (He. 10:13). Él viene otra vez (Ap. 22:20).
Pero necesito responderme todavía una pregunta: ¿Cuánto tiene la cruz de mí? No nos referimos ahora al madero mismo, sino al propio sistema que Dios ha determinado usar para glorificarnos un día con Cristo. La “cruz” nos queda de frente en el camino al cielo, es ineludible, no la podemos obviar si queremos una vida plena en Dios. La “cruz” es el mensaje central para el peregrino que va a la patria celestial. Pablo decía concerniente a este impopular mensaje: “Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Ro. 6:8). Es en “la cruz”, que “… el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo” (Gl. 6:14). Cuando vemos cristianos tan inclinados a las cosas mundanas, tenemos que entender que “la cruz” no los tiene por completo.
La meta de “la cruz” es llevarnos a un punto donde podemos decir: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí… ” (Gl. 2:20). Si esa fuera también nuestra experiencia, ya la cruz nos tuviese por completo. “La cruz” es el idioma con que Dios nos dice que nacemos tan deteriorados moral y espiritualmente, que necesitamos “morir con Cristo”. Por eso, Jesús le decía a quien le quería seguir: “… tome su cruz y sígame” (Mt. 16:24).
Ahora viene la victoria: Esa “cruz” que duele al ego, ese “madero” que cruje contra el orgullo innato, es el anticipo de nuestra gloria. Así como el Espíritu de Cristo, anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo y las glorias que vendrían tras ellos (1 P. 1:11), hoy se nos recuerda que mientras más “la cruz” tiene de nosotros, más gloria disfrutamos.
Amados, no rechacemos la cruz de nuestro Señor. Hagamos de “la cruz” un estilo de vida cotidiano, donde la humildad de Cristo es visible, para que el Nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en nosotros, y nosotros en él… (2 Ts. 1:12). Si la cruz nos logra tener del todo, entonces reinaremos plenamente con el Rey.

Queriendo menguar para que Él crezca,

Tu servidor
Pst. Eliseo Rodríguez
Iglesia E. Monte de Sion.

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