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CUERDAS QUE MIDEN HERMOSURA

CUERDAS QUE MIDEN HERMOSURA

Dios no se responsabiliza por bendecir aquello que él no haya dado. Pero cada vez que es él quien concede, es también él, quien bendice lo que ha dado. El Salmo 47, parece haber sido escrito para celebrar la victoria del pueblo de Dios frente a sus enemigos. Allí esos triunfos son un trofeo a la grandeza de nuestro Dios. Respecto a él como “varón de guerra” a favor nuestro, la promesa nos sigue diciendo: “… peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos” (Ver Ex. 14:14; 15:3).
 
Una mirada a este vencedor eterno en el Salmo 47, nos entrega esta descripción: Él es Jehová el Altísimo. Es temible y rey grande sobre toda la tierra (v. 2). Él es quien somete a los pueblos y a las naciones debajo de nuestros pies (v. 3). Él es el que reinó sobre las naciones, el que se sentó sobre su santo trono (vv. 7, 8). Él es el dueño de los escudos de la tierra, él es muy exaltado (v. 10).
Pero hay un oficio divino descrito en el Salmo, que es trascendente al fin de una batalla. Después de la conquista de la tierra prometida, Dios mandó a repartir dicha tierra, por suertes (Ver Jos. 18:10). De las doce tribus de Israel, once tuvieron territorios asignados. Mas, una tribu no tuvo tierra entre sus hermanos, no les tocó una herencia terrenal cultivable. A ellos Dios los santificó para el ejercicio del santo ministerio. 
 
Ahora, el versículo 4 del Salmo 47 dice textualmente: “Él nos elegirá nuestras heredades; la hermosura de Jacob, al cual amó”. Si este Salmo lo hubiese escrito un judío de alguna de las otras once tribus, el canto fuera un testimonio de cuán justo haya sido el Señor en dar hermosas viñas, olivares, montes y valles, arroyos y vegas a los hijos de Israel. Pero en verdad, el Salmo es de la autoría de los hijos de Coré. Ellos pertenecían a la tribu de Leví. Fue a los de esa tribu, a los cuales Dios asignó una herencia distinta a sus hermanos. A Aarón, uno de los supremos representantes de la familia levítica, el Señor le aseguró: “De la tierra de ellos no tendrás heredad, ni entre ellos tendrás parte. Yo soy tu parte y tu heredad en medio de los hijos de Israel” (Nm. 18:20).
 
Por tanto, cuando los hijos de Coré testificaban de Dios, como quien les elige sus heredades, llaman a esas posesiones, la hermosura de Jacob. Es cierto que a la tierra de Israel se le conoce como la tierra gloriosa (Ver Dn. 8:9; 11:16, 41). Pero cuando estos mismos levitas  mencionaron específicamente al Monte de Sion, lo describieron como “hermosa provincia, el gozo de toda la tierra”  (Ver 48:2). El sentido de tanta hermosura allí no parece radicar en alguna superioridad topográfica del sitio, sino en que esa es “la ciudad de nuestro Dios”, “la ciudad del gran rey, su “monte Santo”. Es porque “… en sus palacios, Dios es conocido por refugio”. Es porque allí está “tu templo”, en medio del cual “nos acordamos de tu misericordia”. Por tanto, el Salmo que describe la hermosura de este monte, termina justificando así lo precioso de la heredad: “Porque este Dios es Dios nuestro, eternamente y para siempre; él nos guiará aun más allá de la muerte” (Ver. Sal. 48).
 
La hermosura de Jacob del Salmo 47:4, la heredad que Dios ha elegido a sus siervos, tiene una vinculación directa con una herencia no terrenal. Así también describió su herencia, el más grande salmista de todos los tiempos, el ungido profeta y rey, David: “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; tú sustentas mi suerte. Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado” (Sal. 16:5-6). Otro ministro del santuario, llamado Asaf, mencionó así su herencia: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal. 73:25). 
 
Vivimos en una época de la historia de la iglesia, cuando se hace mucho esfuerzo por demostrar los beneficios visibles que se reciben por ser hijos de Dios. No es escaso escuchar mensajes acentuados en cómo dar para recibir. Abundan las prédicas con desproporcionado énfasis en cómo obtener bendiciones. Se recalca en forma un tanto desbalanceada el galardón que se pueda recibir aquí, a cambio de alguna devoción. Ciertamente, en algunos países, el contexto económico es tan positivo, que pareciera favorecer este tipo de exposición teológica. Pero es desenfocar la verdad, el intentar hacer demasiado relevante a lo mismo que la Biblia llama cosas… añadidas. Todavía hay sobre el planeta, hermanos nuestros, que el despojo de sus bienes siguen sufriendo con gozo (Ver He. 10:34). Lo que enseñó Cristo, tocante a la vida, al comer, al beber, al vestir, fue esto: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas, os serán añadidas” (Mt. 6:33). Cristo le quita a esas cosas, el derecho de ser el centro principal de nuestra atención. Él no le concede a tales beneficios, la prerrogativa de ser fundamentales. Lo primero en la escala de valores desde el lente celestial, es el reino de Dios. Por eso, la oración modelo, no nos enseña a pedir primero el pan nuestro de cada día, sino a rogar con prioridad: “Venga tu reino, hágase tú voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Lc. 11:2). 
 
Amados, en el nuevo pacto en Cristo, también Dios ha medido nuestra heredad. Por Romanos 8:16, 17, sabemos que “somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo”. Nuestra herencia es Dios, es la herencia del Hijo mismo. Así que somos coherederos con él. Por tanto, al hablar con Dios en oración, le podemos decir con confianza: “Padre nuestro que estas en los cielos… ” (Mt. 6:9). Ninguno de los muchos beneficios que nos son concedidos, supera a este milagro amoroso de la adopción. Nada le gana a ello en hermosura. Así que:
 
Si después que todo lo visible haya terminado, nos queda Dios, 
si  después que las bendiciones de aquí abajo hayan pasado,  nos queda Dios, 
si después que todos los beneficios divinos para la vida terrenal ya no se puedan contar, nos queda Dios,
 
somos entonces de aquellos que pueden testificar con experiencia, que  
 
hay cuerdas divinas que miden hermosura.
 
Deseo que mirando por la fe al Invisible, puedas decir certeramente: “Es hermosa la heredad que me ha tocado”.
 
A vuestro servicio en Cristo,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
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