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¡DEBÍAN SABER QUE RESUCITARÍA!

¡DEBÍAN SABER QUE RESUCITARÍA!

Se trata del Autor de la vida; no de un maestro más de la cátedra de Moisés (Mt 23:2; Hch 3:15). Es el del Creador del Universo, quien también participó en dar aliento de vida al primer hombre (Gn 2:7; He 1:2). Su ministerio terrenal estuvo marcado por muchos milagros de resurrección de muertos. Al impartir vida en cada caso, consoló a los sufridos y dio gloria al Padre en los cielos. Mas, el instrumento que usa para impartir vida, es el mismo con que echa fuera los demonios, calma las tempestades y sana a los enfermos, la Palabra. Al cuerpo inerte de una niña de doce años, le dijo, en arameo: Talita cumi, que traducido es, niña, a ti te digo, levántate. Entonces se levantó y andaba (Mr 5:41,42). Él tocó el féretro del hijo de la viuda de Naín, y le habló diciendo: Joven, a ti te digo, levántate. Y tras aquel imperativo, el joven se incorporó y comenzó a hablar (Lc 7:11-16). Al cuerpo muerto de un hombre en Betania, el cual ya tenía hedor, Jesús lo despertó para vida, al decirle: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió… (Jn 11:38-44)¡Qué razón tenía Pedro al decirle a Cristo: Señor…  tú tienes palabras de vida eterna! Estas evidencias del poder vivificante del Maestro debían hacerles saber a los discípulos que cuando él muriera en la cruz, resucitaría. Pero había más elementos de los cuales podían sujetar su fe para la expectación de la tumba vacía.
 
También debían haber hecho caso a las profecías escritas. Una de las personas más admiradas por los judíos, David, escribió así sobre la resurrección del Señor: Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre (Sal 16:10,11). Así también, Isaías, recoge la reacción gozosa de Cristo después de su dolor en la cruz: Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho (Isa 53:10,11 a). Los hijos de Israel debían recordar que ellos mismos eran el producto de un milagro vivificante de Dios, pues de uno (Abraham), y este ya casi muerto, salieron como las estrellas del cielo en multitud (He 11:12). 
 
Ahora, el más grande de todos los profetas, el Señor Jesús, había anunciado reiteradamente su muerte y resurrección. Lo hizo, a veces, citando los tipos del Antiguo Testamento: Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches(Mt 12:40). En otras ocasiones, lo hizo en forma literal:  Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. Esto les decía claramente (Mr 8:31,32)Pero, aunque había tanta verdad frente a los discípulos acerca de la resurrección del Señor, ellos no discernían la necesidad de la muerte del Señor. Sabían que él era el Hijo de Dios, pero lo habían seguido solamente como el Mesías libertador. No comprendieron que el Salvador venía como Cordero expiatorio a morir por los pecadores, para luego de su resurrección, presentarse ante el Padre como Sumo Sacerdote por el sacrificio de sí mismo, para quitar de en medio el pecado (Ver He 9:24-26). Ciertas acciones de los discípulos daban muestras de su desentendimiento inicial sobre la obra de Cristo en su primera venida. Por ejemplo, Pedro tomó aparte a Jesús para tratar de evitar que fuera a la muerte. Pero Cristo vio a Satanás en ese reconvenir, y lo reprendió de su camino (Mt 16:21-23). Así mismo, cuando Jesús fue apresado en Getsemaní, todos los discípulos, dejándole, huyeron (Mt 26:56). Pedro le seguía, pero de lejos (v 58). En su padecimiento de cruz, de los once discípulos, sólo Juan, el discípulo amado, estaba allí (Jn 19:26), y hasta algunas de sus más fieles seguidoras, al verlo morir, entendieron que debían ir a comprar especias aromáticas para ungir su cuerpo (Mr 16:1). 
 
Los aparentes obstáculos a la resurrección del Señor que fueron puestos en su sepultura, contrastan con la gloria del milagro que allí mismo se protagonizó: Una piedra muy grande fue rodada, para sellar su tumba (Mr 16:4). Una guardia de soldados romanos custodiaba el sepulcro, porque temían que sus discípulos vinieran de noche y robaran su cuerpo y dijeran que había resucitado (Ver Mt 27:64). Pero Cristo salió vivo de la tumba sin que la piedra fuese quitada y sin que los guardias se percataran que por un corto período de tiempo estaban cuidando una tumba sellada, pero vacía. Cristo no necesitó que le removieran la piedra del sepulcro para salir, pues su cuerpo de resurrección tiene el poder de traspasar las paredes cerradas y aparecer o desaparecer a voluntad (Ver Lc 24:31; Jn 20:19). Fue el ángel quien removió la piedra para entregar las evidencias de que ya Jesús no estaba allí, sino que había resucitado, y de miedo de él, los guardas temblaron y se quedaron como muertos (Mt 28:1-7). Nuestro Señor fue suelto de los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella (Hch 2:24). Este es el milagro supremo de la Biblia. Cristo luego apareció a sus discípulos y les mostró las causas de que no supieran a tiempo que él se levantaría de la muerte: Padecían de incredulidad y dureza de corazón (Mr 16:14). Habían sido insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho(Lc 24:25). Pero les dio pruebas indubitables de su poder frente a la muerte, y los comisionó para llenar el mundo con el anuncio de su evangelio eterno (Hch 1:3,8).
 
Amados, la resurrección del Señor revela que su sacrificio fue perfecto a nuestro favor. Él fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación (Ver Ro 4:25). La resurrección del Salvador es un hecho histórico, contundente, innegable, que ha sustentado la fe de los cristianos por casi dos mil años. Así es, de tal manera, que Pablo deseaba conocer aquella “asignatura”, llamada, el poder de su resurrección (Fil 3:10)Es que la resurrección presenta a Cristo como las primicias de los que durmieron (1 Co 15:20), el primogénito de entre los muertos (Col 1:18). Su resurrección es la realidad viviente de que los muertos en Cristo un día también resucitarán vestidos de inmortalidad, y cuando esto ocurra, se cumplirá la palabra que está escrita: sorbida es la muerte en victoria (1 Co 15:54). Dentro de los millones de redimidos que forman la familia de Dios, están los espíritus de los justos hechos perfectos, aquellos que se nos adelantaron por la muerte, y ahora constituyen una innumerable nube de testigos a nuestro derredor (He 12:1,23). El mismo Señor Jesucristo que resucitó, viene otra vez, y en el arrebatamiento de la iglesia, traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él (1 Ts 4:14). Eso dice la Palabra, por tanto, esa es nuestra fe, y nuestra esperanza viva. Como los discípulos debían saber que su Señor resucitaría, nosotros debemos saber que el haber recibido a Cristo, nos hace partícipes de un tipo de piedad que tiene promesas de esta vida y de la venidera (1 Ti 4:8). 
 
Con esa esa confianza de vida,
 
Vuestro servidor,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
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