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DESDE MI CÁTEDRA DE PASTOR

DESDE MI CÁTEDRA DE PASTOR

Los verdaderos pastores son regalos de Dios a su pueblo. Lo sé porque Dios mismo dice a Israel: os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia (Jer 3:15). Lo puedo aseverar así porque Cristo mismo constituyó, dentro de otros ministerios, a los pastores, y lo hizo para la edificación de su cuerpo, que es la iglesia (Ef 4:11,12). Estoy seguro de ello porque sirvo en el pastorado activo desde Febrero de 1989 por obedecer el llamado del Señor a trabajar en este ministerio. Estoy convencido que cuando el pastorado se ejerce de acuerdo a Dios, uno siente que está ligado a la iglesia, que la responsabilidad de velar por el rebaño se ha insertado al diario vivir. Entonces, el peso de esa encomienda es inseparable de día y de noche y hace su efecto irreversible en lo tripartito del ser, en el espíritu, en el alma y en el cuerpo. Para definir la cala que hace el pastorado en el área psicológica del ministro, debemos dejar que el apóstol Pablo nos diga que además de sus otros embates ministeriales, había algo que se agolpaba sobre él, la preocupación por todas las iglesias (2 Co 11:28)Un verdadero pastor, siempre está preocupado ministerialmente, y ello es un peso que se siente en el alma y que tiene efecto desgastador en el cuerpo del obrero.
 
Por tanto, nadie podría ejercer el verdadero pastorado ni aun cuando haya dotes y privilegios prometidos, si no fuera por una gracia que Dios da para soportar el costo de una función tan sensible. Además de la tensión emocional constante del pastorado debido a la responsabilidad para con Dios, está la presión de un ministerio tan multifacético como es el de un verdadero pastor. De ello, miremos, aunque sea tres aspectos:
 
Primero, el pastor tiene la responsabilidad de interceder diariamente por el rebaño que el Señor le ha dado. La iglesia no es una mera sociedad humana, sino una institución divina de carácter espiritual. El cabeza de la iglesia es Cristo, quien está sentado a la derecha de Dios en el cielo (Ef 5:23; He 10:12). La lucha que enfrenta la iglesia es contra espíritus demoníacos en los lugares celestiales y su principal oponente es el príncipe de la potestad del aire, el diablo (Ef 2:2; 6:11,12). La primera vez que la palabra iglesia es mencionada en el Nuevo Testamento, de forma inmediata Jesús menciona las puertas del Hades y presenta esto para mostrar la batalla infernal que enfrenta la iglesia (Ver Mt 16:18). Por tanto, los pastores percibirán la fricción de una batalla que, aunque invisible, es densa y está dirigida a agotar al que Cristo ha puesto como ángel suyo en favor del rebaño. La zaranda de la cual le habló Jesús a Pedro al mostrarle el proyecto enemigo contra los discípulos, todavía existe. Satanás todavía nos pide para zarandearnos como a trigo. Pero el Señor Jesús dio el mejor ejemplo que alecciona al pastor sobre cuán determinante es la intercesión a favor de los santos, para que el Enemigo no los pueda derribar (Ver Lc 22:31,32). Por tanto, un pastor siempre estará ocupado en orar por cada uno de aquellos a quienes sirve en el Señor. Esa es una forma de contar el rebaño como Cristo enseñó que hacía el pastor de las cien ovejas (Lc 15:4).
 
Segundo, el pastor funge como administrador en la casa de Dios. Uno de sus deberes más sagrados es dar el alimento a tiempo (Mt 24:45).. Sabemos que toda la Palabra de Dios es pan espiritual (Ver Mt 4:4). Pero el verdadero pastor no predicará a su iglesia una porción de la Biblia que cree racionalmente, se ajuste a cierta circunstancia presente en el rebaño. Cristo habló de algo más delicado: si se es siervo fiel y prudente, se dará el alimento a tiempo. Así que, el verdadero pastor irá a Dios en oración y en el secreto de su presencia inquirirá hasta estar seguro que tiene el recado exacto que el Señor quiere entregar ese día a través suyo y por medio de la Palabra escrita. Nunca el ministro auténtico se debería permitir a sí mismo el desafuero de hablar el mensaje que más fácil le parece pronunciar, ni mucho menos aquel que cree no dañará el confort de las almas que le oyen. El mismo apóstol Pablo que decía a los corintios: Os alabo, hermanos, porque… retenéis las instrucciones tal como os las entregué (1 Co 11:2), también le decía a la misma iglesia, luego: Pero al anunciaros esto que sigue, no os alabo; porque no os congregáis para lo mejor, sino para lo peor (1 Co 11:17). Cuando el ministerio pastoral es auténtico, la oveja sentirá el tratamiento del cayado, pero también la corrección de la vara. El salmista que personificó a la oveja, le dijo al Pastor celestial: tu vara y tu cayado me infundirán aliento (Sal 23:4 c). Un verdadero pastor nunca será un consentidor de lo malo, pero tampoco dejará de reconocer el buen comportarse de los santos en la casa de Dios. Saber administrar al rebaño la comida a tiempo y manejar oportunamente la vara y el cayado, son habilidades que no deben faltar en el atuendo de un genuino pastor. Mas, desde mi cátedra reconozco que eso también es trabajo arduo en el cumplimiento de la labor pastoral encomendada.  
 
Por último, una de las tareas que acoplan con la genuinidad del pastorado es la de trabajar en favor de la unidad dentro del rebaño. Se debe ser celoso en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Ef 4:1-3). Desde el grupo íntimo de los doce discípulos de Jesús, la armonía entre ellos quedó amenazada cuando todos discutían sobre cuál de ellos sería el mayor (Mr 9:33,34). Cuando la madre de los hijos de Zebedeo pidió a Jesús que sus dos hijos se sentaran uno a su derecha y otro a su izquierda en su reino, Jesús reprobó esta petición porque estaba llena de orgullo y hambre de vana grandeza (Mt 20:20-28). Luego, cuando nació la iglesia en Jerusalén, hubo murmuración a causa de una desatención con las viudas gentiles (Hch 6:1). Pastoreo una iglesia en Los Estados Unidos compuesta por unas diecisiete nacionalidades. Y puedo testificar que el Espíritu Santo, quien es rector de la unidad de la iglesia, nos ha dado un ambiente tan familiar dentro de la congregación, que todos nos amamos como pertenecientes a una sola nación, porque buscamos una sola patria, la celestial (Ver Hebreos 11:14-16). Siempre la unidad del cuerpo de Cristo está bajo ataque. Pero el pastor tiene la responsabilidad de fomentar el amor, la misericordia y el perdón entre los hermanos de la fe. A medida que se obtiene crecimiento numérico en la congregación, el reto de este trabajo es más fuerte y acometerlo empeña más tesón.
Ruego a la iglesia en todo lugar, que le dé valor a la petición de Pablo a los romanos: Os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios (Ro 15:30). Amada iglesia, tu pastor necesita tu apoyo moral, espiritual y amoroso. Te ruego que ores por quienes te llevan a tiempo el verdadero pan de vida. Tu intercesión a favor del pastor, será una ayuda mucho más fuerte que el mejor abrazo, pero ambas cosas las necesita tu pastor. Ámalo a tal manera que su carga pesada se haga llevadera. Lo digo, porque el amor con que me ha amado la iglesia que pastoreo ahora por más de diez años, ha hecho menos pesado el duro agolpar de la preocupación y el desgaste acreditado al oficio pastoral. ¡Que Dios levante a muchos Aarón y Hur que pueden levantar las manos de los siervos de Cristo para que no desmayen antes de entregar al Señor el fruto multiplicado del talento recibido! (Ver Ex 17:12).
 
Estas palabras las he escrito en honor a aquellos que siembran con lágrimas, para que recuerden que han de segar con regocijo (Sal 126:5). Pero también, para agradecer a la iglesia que cuida a su pastor, porque Cristo dijo que habrá un rebaño y un pastor (Jn 10:16).
 
Esto fue escrito
desde mi cátedra de pastor.
 
En nombre del gran pastor de las ovejas,
 
Vuestro servidor,
 
Pst. Eliseo Rodríguez
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