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¡DIGNIDAD! COMO PARA GUARDAR

¡DIGNIDAD! COMO PARA GUARDAR

“Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día” (Jud. 6).
 
Dentro de los grandes acontecimientos que menciona la Biblia, está este: “El juicio del gran día” (Jud. 6). Dios ha fechado ese evento donde la justicia divina ha de resplandecer, y el Señor hará justa retribución. Aun “… es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo para que cada uno reciba, según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (Ver 2 Co. 5:10). Cristo habló, incluso, del juicio de las naciones (Mt. 25:31-46). Todavía al final del Apocalipsis se nos habla de un juicio para los muertos impíos, que se llama “… el Juicio ante el gran Trono Blanco” (Ap. 20:11-15). 
 
Ahora, este juicio del gran día, está reservado para un tipo de ángeles, a quienes Dios ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas. A estos, se les ha privado del arrepentimiento, por tanto, no se les ha provisto posibilidad alguna de salvación. En el juicio, solamente se les declarará culpables, y serán lanzados al lugar que dice la Palabra, está “… preparado para el diablo y sus ángeles” (Ver Mt. 25:41). 
 
Esto exalta al Dios omnipotente, y al Señor Jesucristo, como aquel a quien están sujetos ángeles, autoridades y potestades (Ver Job 27:13; 1 P. 3:22). Pero además nos enseña que la causa por la cual este es el fatal desenlace de este grupo de ángeles, es porque, “… no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada”. ¿Qué dignidad y qué morada? Ah, ellos participaron desde su creación, en la corte angelical que por los siglos proclama la dignidad y la santidad de trino Dios (Ap. 5:2, 12; 7:11). No existe honor que supere al de haber sido creado para vivir en la presencia de Dios y pertenecer a las huestes de seres espirituales que ven siempre el rostro de nuestro Padre que está en el cielo (Ver Mt. 18:10). Sin embargo, ellos “no guardaron”, o sea, menospreciaron esta identidad singular. Además, el cielo de Dios, se les habría dado como heredad. Aquella era su propia morada. Pero, al despreciar su dignidad, se fueron con Lucifer, para trabajar en contra de Dios, y de todo lo que manifieste su imagen. Hay un tipo de demonios que están operando, según Efesios 6:12, en las regiones celestes. Pero a estos de los que tratamos aquí, Dios no le permitió operar igual, sino que los encerró en oscuridad eterna, hasta el juicio correspondiente. 
 
Aquí tenemos una lección especial para nosotros: La Escritura habla en forma diáfana sobre la dignidad y privilegios tan gloriosos que nos han sido otorgados en Cristo. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn. 3:1). “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: !!Abba, Padre! (Gl. 4:6). Es tan alta la dignidad otorgada a nosotros, que a los profetas de la antigüedad “… se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles” (1 P. 1:12). Así que ni los santos ángeles que están en el cielo, tienen una bendición de esta naturaleza, como se le ha dado a los hijos de Dios, a saber, el anuncio del bendito evangelio de Jesucristo a esta esfera terrenal. Es tanta la dignidad imputada a la iglesia, que hablando precisamente del juicio anunciado aquí, la Palabra nos dice: “¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?” (1 Co. 6:3). 
 
Amados, nuestros indescriptibles privilegios como hijos de Dios, nos deben causar temor santo y reverencia. Debemos preguntar asombrados: Señor, “… ¿qué es el hombre para que tengas de él memoria… ?” (Sal. 8:4). Es nuestra responsabilidad guardar como preciado tesoro la dignidad que se nos ha impartido. Sabiéndolo, podríamos tener mejor luz al leer palabras como estas: “Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (He. 2:2-3). Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, 27 sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios” (He. 10:26-27). ¡Qué peligrosa es la apostasía con conciencia, o sea, el alejarse voluntariamente de aquella salvación que ya hemos experimentado y disfrutado, e intentar negar al Señor que nos rescató! (Ver 1 P. 2:1).
Ante estas realidades, que aunque fuertes, necesitamos ser confrontadas por ellas, debemos orar con profundidad:
¡Señor, ayúdanos a ser agradecidos por lo mucho que sin merecer hemos recibido de ti. Danos entendimiento para saber lo que tú nos has concedido, y otórganos un corazón retenedor de las propiedades eternas de que nos has hecho participar por tu gracia!
 
Haciendo mía también esta humilde plegaria,
 
Vuestro en Cristo,
Pst. Eliseo Rodríguez. 
Ig. E. Monte de Sion.
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