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DIOS DEL PROPICIATORIO

DIOS DEL PROPICIATORIO

El carácter propiciador de Dios, se muestra, dentro de otras muchas maneras en la Biblia, a través del tabernáculo de reunión, especialmente en el arca del testimonio. Aquel tabernáculo era “figura del verdadero” (He. 9:24 a).  Así que cuando Juan vio abierto el templo de Dios en el cielo, “el arca del pacto se veía en su templo” (Ap. 11:19). Por tanto, veamos qué lección aprendemos de este Dios propiciador, en aquel cofre santo:
El arca era el mueble sagrado que se habría de colocar dentro del Lugar Santísimo. Era de madera de acacia, cubierta de oro por dentro y por fuera, con una tapa de oro fino, llamada propiciatorio. Dentro, habría tres cosas sagradas: una urna de oro que contenía una porción del maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto. Sobre ella, los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio (Ver Ex. 25:10-22; He. 9:3-5). Cada una de estas piezas, eran por sí mismas un testimonio al poder, al amor y a la gracia de Dios para con su pueblo. Pero no debemos obviar el detalle, que las tres fueron dadas a Israel, respectivamente, en momentos cuando a causa de horribles pecados del pueblo, la ira de Dios podría haber caído sobre Israel.   Mirémoslo aquí:
En primer lugar, cuando el maná fue dado por primera vez, el contexto previo fue de pecado de murmuración:
… toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto; y les decían…: Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud.  Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no (Ex. 16:2-4).
Segundo, cuando la vara de Aarón reverdeció, el contexto fue también de pecado, en este caso, de Coré, de Datan, Abiram y On y de mucho pueblo de Israel, revelándose contra el sacerdocio que Dios había establecido. Fueron contra Moisés, y contra Aarón diciéndoles: “Basta ya de vosotros” (Ver Num. 16). Entonces Dios mandó así a Moisés:
Habla a los hijos de Israel, y toma de ellos una vara por cada casa de los padres, de todos los príncipes de ellos, doce varas conforme a las casas de sus padres; y escribirás el nombre de cada uno sobre su vara. Y escribirás el nombre de Aarón sobre la vara de Leví; porque cada jefe de familia de sus padres tendrá una vara. Y las pondrás en el tabernáculo de reunión delante del testimonio, donde yo me manifestaré a vosotros. Y florecerá la vara del varón que yo escoja. (Num. 17:2-5).
Moisés lo hizo así, y “… el día siguiente vino Moisés al tabernáculo del testimonio; y he aquí que la vara de Aarón de la casa de Leví había reverdecido, y echado flores, y arrojado renuevos, y producido almendras” (v. 8).
En tercer lugar, cuando las tablas del pacto fueron dadas a Israel, el contexto era de horrendo pecado de idolatría. Mientras Moisés estaba con Dios en la cumbre del Sinaí, Israel se había corrompido y había hecho un becerro de oro, y lo adoraban diciendo: “Israel, estos son tus dioses que te sacaron de la tierra de Egipto…”. Ardiendo en ira Moisés al descender, “… arrojó las tablas de sus manos, y las quebró al pie del Monte”. Aquellas tablas eran obra de Dios, escritas por Dios mismo.  La muerte se cernió sobre el campamento. Moisés subió nuevamente a la cumbre del monte, con dos tablas de piedra labradas ahora por sus manos, y en las cuales se escribirían otra vez los diez mandamientos que estaban en las primeras tablas. Estas segundas, fueron las que se colocaron dentro del arca del pacto (Ver Ex. 32-34).
Ahora, estas cosas dentro del arca, podrían mostrar continuamente la desobediencia y la rebeldía de aquel pueblo para con Dios. Si el arca hubiese sido puesta en el Lugar Santísimo sin la tapa o propiciatorio, la ira de Dios se podría encender sobre aquella generación, al mirar dentro y recordar sus murmuraciones, rebeldías e idolatrías. Por tanto, él mismo tomó la iniciativa de una cobertura propiciatoria: “Y harás un propiciatorio de oro fino, cuya longitud será de dos codos y medio, y su anchura de codo y medio… Y pondrás el propiciatorio encima del arca, y en el arca pondrás el testimonio que yo te daré” (Ex. 25:17; 21). Por eso también, el material con que estaba elaborado era de oro fino, para representar la pureza de la justicia de Dios. El Señor le prometió entonces a Moisés: “Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio” (v. 22).
Todo en el arca del pacto, alumbraba hacia “… la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre…” (Ro. 3:24, 25). Ahora Cristo “… es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn. 2:2). Es propiciación divina para con nuestro estado pecaminoso que traemos desde Adán. “No hay justo ni aun uno” (Ro. 3:10). “No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (v. 12). “Toda cabeza está enferma” (Isa. 1:5). Para con Dios, las obras de un hombre no redimido, son como trapos de inmundicia (Isa. 64:6). Así que Dios tiene el derecho legal de aplicar su castigo justo por el pecado, y de hecho, lo hizo en forma irreversible en la cruz de Cristo: “El castigo de nuestra paz fue sobre él…” (Isa. 53:5). Aquí está la propiciación: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).
Así lo vio el Salmista: “No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados” (Sal. 103:10). Así lo vio Jeremías: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias” (Lam. 3:22). Por tanto, la Biblia establece: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn. 3:36). El Padre nos dio a Cristo para que nos fuera hecho sabiduría, justificación, santificación y redención (Ver 1 Co. 1:30).  De hecho, el Nuevo Pacto contiene esta gracia: “Seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (He. 8:12).
Amados, así como debajo de las alas de los querubines y sobre el propiciatorio se manifestaba diariamente la gloria de Dios, hoy también su gloria satura el mensaje de la cruz, la exposición de este anuncio inmortal: “… que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8). Ahora podemos entender mejor el significado de las palabras del salmista, al decir: “… debajo de sus alas estarás seguro” (Sal. 91:4).
Cristo es el mediador (1 Ti. 2:5). “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (He. 13:15).
Ciertamente, él es el Dios del Propiciatorio.
Asido de él para vida eterna,
Vuestro servidor,
Pst. Eliseo Rodríguez.
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