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Dios Me Salvo De Mí

Dios me salvo de mí

Probablemente el lector pueda pensar que el título de este Eco Pastoral tiene un error. Alguno quisiera, tal vez, rectificarme, al creer que debería escribir, más bien, Dios me salvó a mí. Con esta idea, todos los salvados podríamos decir, a mí también me salvó. Realmente la salvación que Cristo nos ha dado debe ser testificada. A través de dos mil años de historia cristiana, millones de hombres y mujeres han podido decir con gozo: he sido salvo y ese milagro se lo debo a Dios.

Ahora, el título de este boletín no es que Dios me salvó a mí, sino, precisamente, que Dios me salvó de mí.

Primero, debemos recordar que la salvación es del Señor, como el expresó David en el Salmo 3:8. Fue la manifestación de la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor para con los hombres, lo que posibilitó que fuésemos salvos. Y esto, no por obras de justicia que nosotros hubiésemos hechos, sino por su misericordia… (Tit 3:4,5). Con razón Pablo dice a los Efesios: Por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe (Ef 2:8). Sabemos que hubo un costo muy caro para que pudiésemos ser salvos. Hubo una dádiva de parte de Dios, su propio Hijo, a quien no escatimó, sino que lo entregó por todos nosotros (Ro 6:23; 8:32). Al morir en la cruz, Cristo se constituyó en ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante (Ef 5:2). Cualquiera sea el ángulo de la salvación del que tratemos, nuestra mirada debe ser levantada al origen divino de dicha salvación. Por tanto, el corazón del salvado debe estar henchido de gratitud al Señor. El Cristo muerto en la cruz, resucitado y glorificado a la derecha del Padre, nos ha dado su Nombre. Y ahora los salvados por su gracia podemos decir: Gracias te damos, oh Dios, gracias te damos, pues cercano está tu nombre, los hombres cuentan tus maravillas (Sal 75:1).

Segundo, la lista de peligros de los cuales Dios nos ha librado es demasiado larga para colocarla en este corto espacio. Pero no debemos olvidar que hemos sido salvos del pecado, de la opresión del diablo, de la justa ira de Dios a causa del pecado heredado, de males incontables y del fuego eterno. Pero, además, cada salvado en Cristo puede decir, Dios me salvó de mí. Con esta declaración queremos indicar que el hombre en su estado caído está espiritualmente muerto, almáticamente enfermo, legalmente destituido de la gloria de Dios y judicialmente condenado al infierno de fuego. Domésticamente, el hombre sin Cristo es un esclavo, que no puede permanecer en la casa para siempre (Jn 8:34,35). ¡Cuán tétrica es, entonces, la identidad conque nos encontramos desde el nacimiento natural, hasta un instante antes de llegar a Cristo. Para entenderlo mejor, vasta colocar aquí esta lista de Romanos 1:29-31. Notemos cuán aberrados pueden ser los que no tienen en cuenta a Dios: 

atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; 30murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, 31necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia.

En correspondencia a ello, la Biblia nos avisa que,

en los postreros días habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, 3sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, 4traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, 5que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella (2 Ti 3:2-5).

¿En cuál de estas dos listas nos podemos encontrarnos? Debemos estar seguros que la Justicia divina dictó sentencia en contra nuestra cuando nos halló en tan deplorable condición moral. Pero sabemos que, en la Cruz, Cristo pagó el precio por nuestro rescate de tan hondo abismo espiritual. Él murió en lugar de nosotros y derramó su sangre para limpiarnos de toda iniquidad. Por la fe en Él, nuestros pecados son perdonados en forma absoluta. La Biblia dice que Dios nos dio vida juntamente con Cristo, perdonándonos todos los pecados (Col 2:13). El sacrificio de Cristo es la base de nuestra justificación. Así, justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Ro 5:1).

Finalmente, pecados perdonados, justicia acreditada divinamente, hechas las paces con Dios, ¿qué más nos faltaría? Un milagro más es trascendente en el inmenso ámbito beneficiador del sacrificio de Cristo. La salvación recibida del Señor no es solamente legal, cuando Dios nos justifica. No tan solo es jurídica cuando el Juez celestial nos declara perdonados. No solamente es doméstica debido a que Dios nos hace hijos suyos (1 Jn 3:1). También, la salvación tiene poder regenerador. El que cree en Cristo experimenta el Nuevo Nacimiento. La Biblia se refiere a ello así: De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es… (2 Co 5:17). Cristo le explicó a Nicodemo cómo es el hombre antes de nacer de nuevo, y, después le definió la identidad del hombre nuevo: Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es (Jn 3:6). Por la fe en Cristo, Dios ha echado de nosotros el cuerpo pecaminoso carnal (Col 2:11). La manera práctica de esta maravillosa experiencia es el cumplimiento mismo del Nuevo Pacto. Por su sangre derramada, Cristo se constituyó en el Mediador de este Nuevo Pacto (He 12:24). En este nuevo convenio, Dios nos da un corazón nuevo y pone un espíritu nuevo dentro de nosotros (Ez 11:19). Tenemos la mente de Cristo (1 Co 2:16). Entonces, las leyes divinas dejan de estar fuera de nosotros, y el mismo Señor las imprime en esa nueva mente y en ese nuevo corazón que nos da (He 8:10). Como elemento esencial de la nueva vida, el Espíritu de Dios viene a morar dentro de nosotros (1 Co 3:16).

 Ahora entendemos mejor por qué Cristo dijo que si el Hijo nos liberta, seremos verdaderamente libres (Jn 8:36). Es que, en la Cruz, Cristo no solo trató con el problema del pecado, sino también, con el pecador. Nuestros pecados los llevó en su cuerpo sobre sobre el madero (1 P 2:24). Y a los pecadores, los llevó a la cruz y los crucificó con él, para hacer un hombre nuevo, resucitado con Cristo. Por eso Pablo, en referencia clara al trato de Dios con el hombre viejo, cantó este himno de renovación: Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí…(Gl 2:20). Por eso también les dijo a los Colosenses: Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios… porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3:1-3).

Amados, antes de conocer a Cristo, éramos esclavos de nosotros mismos, pues la vieja naturaleza de Adán reclamaba el control que el pecado original le dio sobre nosotros. Pero Dios, a través de Cristo, rompió las coyundas del viejo hombre. El Señor nos salvó de nosotros mismos y vino a ocupar el señorío de nuestra vida. Todas estas grandes verdades del evangelio, se reciben una vez y se experimentan diariamente a través de la fe. Por tanto, cuando el viejo hombre quiera levantarse y reclamar su antiguo espacio, debemos recordarle que él fue crucificado. Entonces, ¡vistámonos del nuevo hombre, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad! (Ef 4:24).  

¡Que cada cristiano esta semana pueda también decir:

¡Dios me salvó de mí! 

Con amor sincero,

 Vuestro servidor,

 Pst. Eliseo Rodríguez

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