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¿DONDE COMIENZAN LAS CUMBRES?

¿DONDE COMIENZAN LAS CUMBRES?

Las cumbres son las metas de un atleta, el título del estudiante, el fruto para un agricultor. Son el fin de la guerra para un soldado, el pico más alto bajo los pies del alpinista. Las cumbres también son sinónimo de un hijo de Dios totalmente consagrado. Las cumbres cuestan, pero cuando se logran, ¡qué gozo inefable producen! Todo el mundo anhela vivir en las cumbres. 
 
Nunca olvidaré mi primera experiencia en una gran cumbre de la geografía bíblica, cuando, casi ya sin fuerzas, pude llegar a la parte más alta del monte Sinaí. Fue en el 2011. Mientras subíamos desde Santa Catalina, a la cima de esta inmensa elevación en el desierto, vimos a algunos que no pudieron llegar. Pero, ¡qué lindo, cuando después de más de tres horas de ruda caminata nocturna, se puede divisar el sol nacer desde la cumbre, y poder decir: Aquí, donde están mis cansados pies, estuvo un hombre, que tanto física como espiritualmente, conoció las cumbres, Moisés. 
 
La Biblia nos ofrece vías seguras para llegar a las cumbres:
 
El que camina en justicia y habla lo recto; el que aborrece la ganancia de violencias, el que sacude sus manos para no recibir cohecho, el que tapa sus oídos para no oír propuestas sanguinarias; el que cierra sus ojos para no ver cosa mala; éste habitará en las alturas; fortaleza de rocas será su lugar de refugio; se le dará su pan, y sus aguas serán seguras. Tus ojos verán al Rey en su hermosura; verán la tierra que está lejos. (Isa. 33:15-17). 
 
El pasaje citado aquí, revela seis condiciones para llegar a la cumbre. Éstas están relacionadas con nuestro caminar, con lo que nuestra boca habla, con lo que el corazón debe aborrecer, con lo que nuestras manos no deben aceptar, con el disciplinar del oído, con lo que nuestros ojos deben elegir ver. Todas estas actitudes parecen ser el proceder de alguien en el vallede la vida, mientras se vive entre la gente. La Biblia nos exhorta: “Mira tu proceder en el valle” (Jer. 2:23). Quiénes somos y cómo vivimos en el valle, determina nuestras fuerzas para llegar a las cumbres
 
José no llegó a la cumbre, coronado como el segundo en todo Egipto, sin antes sufrir profundas experiencias, por el único “delito” de tener revelaciones divinas, donde se vaticinaba que sus hermanos y su padre, vendrían un día a postrarse delante de él (Gn. 37:9). ¡Qué dolor sufrió mientras, sin saberlo, su ruta lo llevaba por la ladera rocosa hacia la cumbre! Experimentó la peor soledad, la que se padece en una cisterna (Gn. 37:19-24). Sufrió ser tratado en el valle, como una mercancía (Gn. 37:27-28). Mientras sin darse cuenta escalaba, fue considerado, injustamente, un violador (Ver Gn. 39:7-20). Padeció, por la infamia, el dolor de las cadenas, y supo qué era una celda desde adentro. Pero por todo el recorrido doloroso, del que no se percataba que era hacia la cumbre, no flexionó su integridad, no retrajo su justicia, no vendió la piedad. Por eso, es justificado verlo en la cumbre, vestido como quien vive en el Palacio (Ver Gn. 41:37-46), honrado como aquel a quien Dios alaba (Ver 2 Co. 10:18).
 
 “… La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento, hasta que el día es perfecto” (Prov. 4:18). Así que antes que la luz solar se perfeccione al mediodía, aparece primero en forma débil, como aurora. ¡Pero va escalando! Salomón aquí refiere dos conceptos concernientes a llegar a la cumbre: Primero, que la senda de los hijos de Dios, está trazada hacia arriba; y segundo, que la subirán, los justos; es de ellos esa senda; es para quienes caminan de tal manera en fe, que viven en integridad.
 
Finalmente, consideremos esta verdad: Dios siempre permite un periodo cuando se es pequeño, como la base necesaria para no enorgullecerse cuando ya se crece. Es el que se humilla, el que es enaltecido (Cf. Mt. 23:12). El logro del arquitecto no es ver cuán alto pudo hacer el edificio, sino cuán profundo caló los cimientos debajo, para soportar la altura que admiraría el espectador. Los simples solamente se impresionan ante la inmensa talla de un rascacielos; los que son más agudos en sus razonamientos, alaban también a los que trabajaron en la profunda cimentación. 
 
En la Biblia encontramos estas palabras: “Y aunque tu principio haya sido pequeño, tu postrer estado será muy grande” (Job 8:7). Asimismo, hay una etapa de la vida de aquellos a quienes Dios ha de usar, cuando se es pequeño ante los ojos de los observadores fríos. Las calificaciones en este principio son desanimantes: José las recibió así en sus comienzos. Hasta “… su padre le reprendió, y le dijo: ¿Qué sueño es este que soñaste? ¿Acaso vendremos yo y tu madre y tus hermanos a postrarnos en tierra ante ti?” (Gn. 37:10). Pero aquellos tratos lacerantes, y toda la sangrante caminata posterior, no lo llevaría solamente de Dotán a Egipto (Comp. Gn. 37:17, 28); tenían su fin en las cumbres. ¡Qué relación más íntima hay, entonces, entre el comienzo y el final, entre el valle y la cumbre, entre la túnica echa pedazos al principio, y el vestido de honor a manos del rey, después! 
 
Queridos hermanos, en cualquier etapa de nuestro ascendente caminar en que estemos ahora, recordemos, que todo es parte de un proceso; Dios nos está formando. El propósito de llegar a las cumbres, no es que estemos holgados allí. Es que las podamos usar como plataforma de mayor influencia para servir eficazmente a Dios, a su iglesia, y por supuesto, a este mundo, que tanto necesita a Jesucristo. 
 
¡Busquemos las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios!
 
Vuestro servidor,
 
Pst. Eliseo Rodriguez.
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