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¿DÓNDE IMPRIME DIOS SUS CARTAS?

¿DÓNDE IMPRIME DIOS SUS CARTAS?

Una de las características de los ídolos, tal como los presenta la Biblia, es su mudez. Ellos tienen boca, mas no hablan (Sal 115:5 a). Lo peor, sus adoradores llegan a ser como ellos (v. 8). Pero de nuestro Dios podemos testificar: Por la Palabra de Dios fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca (Sal 33:6). Sabemos que nuestro Salvador en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Todas las cosas por él fueron hechas y, sin él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho (Jn 1:1,3).

Cuando Dios formó la criatura humana, puso espíritu en el hombre, dándole la capacidad de sintonizar la voz de su Creador. La primera vez que el hombre oyó la voz divina este fue el contenido del mensaje: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra (Gn 1:28). El contexto muestra que aquellas eran palabras de bendición. Ello significa que el propósito divino era bendecir a la pareja con mucho fruto, multiplicación, ensanchamiento y autoridad. Tristemente, aquella bendición no logró imprimirse perdurablemente en Adán, pues desobedeció la voz del Soberano. Entonces vino la caída y, de inmediato, nuevamente se oyó la voz de Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día. El sentimiento confeso de Adán fue: Oí tu voz en el huerto y tuve miedo… y me escondí… (Gn 3:8-10). La justicia de Dios se expresó verbalmente y trajo maldición a la serpiente, grandes dolores a la mujer encinta y al dar a luz sus hijos. La voz divina anunció al hombre, que, por su causa, la tierra sería maldita y comería de ella con dolor. Ahora tendría que lidiar con espinos y cardos, sufrir para comer el pan y, finalmente, ser devuelto al polvo del que fue formado.

Bastaría este génesis para aprender que, cuando estamos en el terreno de la voluntad divina, Dios imprime en nosotros sus mejores bendiciones. Entonces, su Palabra viene con promesas de abundante fruto, multiplicación ilimitada, territorio ensanchado y ejercicio santo de la autoridad. Pero cuando desoímos sus preceptos, las cartas de Dios traen noticias de juicio y dolor.

Ahora, la Biblia deja claro que hay diversas formas en que Dios imprime su voz, intentando llamar la atención del hombre para que lo busque.

En primer lugar, la Creación es una carta abierta de Dios al hombre para que vea en ella su innegable existencia. Sabemos que las cosas invisibles de él, su eterno poder y Deidad se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas (Ro 1:20). De una sangre, Dios ha hecho todo el linaje de los hombres para que lo busquen, si en alguna manera, palpando puedan hallarle, aunque, ciertamente, no está lejos de cada uno de nosotros (Hch 17:26,27). Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría (Sal 19:1,2). Sin lenguaje articulado ni vocablos sonoros, por toda la tierra salió su voz y hasta el extremo del mundo sus palabras (vv. 3,4).

A través de esa carta del Universo creado, Dios revela también nuestra pequeñez. Así lo cantó David: Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? (Sal 8.3–4). ¡Seamos diligentes en asumir una actitud humilde ante la majestad de nuestro incomparable Dios!

En segundo lugar, la carta magna del amor de Dios al hombre es el envío de su Hijo Unigénito al mundo. Si alguien pudiera imaginar al Padre como un Amo airado, de rostro fruncido y ansioso por derramar su ira, le debemos presentar a Jesús. Él es la carta de amor de Dios para el mundo pecador. Acerca del divino Remitente, leemos: Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo Unigénito… (Jn 3:16 a). Las primeras líneas de esta misiva eterna, fueron cantadas angelicalmente a unos pastores en Belén: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres (Lc 2:14). Jesús es la imagen del Dios invisible, por tanto, su vida es una impresión con letras claras sobre cuánto nos ama Dios. Miles leyeron la bondad divina impresa en aquel Buen Pastor, mientras recorría Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo (Mt 4.23).

A pesar que el ministerio público de Jesús fue desbordante en gracia y verdad (Jn 1:14), sabemos que el desplegar mayor del pergamino de la gracia ocurrió en la cruz. Sobre el cuerpo del Hijo de Dios fueron colocados los pecados del mundo (Isa 53:6;1 P 2:24). Allí derramó su sangre y nos redimió eternamente. Muchos que pasaron frente al Calvario, no pudieron leer con claridad. Sus ojos borrosos por la embriaguez del pecado les impedían ver qué Dios estaba diciendo allí. Pero otros leyeron con visión clara, como aquel ladrón que, arrepentido, le pidió a Jesús recordarlo cuando viniera en su reino. Entonces Jesús prometió darle el paraíso (Lc 23:40-43).

Después de consumar la obra encomendada en la eternidad, el Hijo de Dios expiró. Pero todavía Dios estaba escribiendo y haciendo entendible su mensaje a los que rodeaban el doloroso escenario. El centurión que dirigió la crucifixión se detuvo a leer los acontecimientos. Mateo enlista así los eventos inmediatos a la consumación de Cristo: … el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos (Mt 27.51–53). Sin dudas, Dios estaba escribiendo evidencias para dar fe a los que debían creer. Entonces, el Centurión y los que estaban con él guardando a Jesús, leyeron en voz alta aquel impreso divino. Tal parece que, con una mirada al cuerpo pendiente de Jesús, confesaron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios (v. 54).

Toda la congregación celestial aguarda que muchos más digan lo mismo al leer el mensaje de la Cruz. Somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros. Por tanto, les debemos rogar a los perdidos, reconciliaos con Dios (2 Co 5:20).

Amados, ahora, cuando el mundo enfrenta otra pandemia de tal naturaleza, sabemos que ello no está ausente al conocimiento de Dios. Él está queriendo llamar la atención del hombre, deseoso de salvarlo, perdonarlo y darle el paraíso como refugio eterno. ¡Permita el Señor que la gestión de sus embajadores, pueda ayudar a muchos a leer el lenguaje que Dios imprime también en el pergamino del dolor! Por un lado, la iglesia debe interpretar bien el lenguaje de estos raros acontecimientos, y leer así: ¡Nuestra redención está cerca! (Lc 21:28). Por el otro, debemos aprovechar la premura para invitar a todos a leer en Cristo cuán aborrecible es el pecado ante la Justicia divina, y cuál precio amoroso se pagó para salvarnos.

En Cristo,

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez

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