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DOS MADRES DISTINTAS; DOS GENERACIONES DIFERENTES

DOS MADRES DISTINTAS; DOS GENERACIONES DIFERENTES

Adán y Eva habían delinquido contra el mandamiento de Dios, y como no se puede desconectar al pecado de la muerte, aquel primer matrimonio sufrió inmediatamente la rotura de la comunión con su Creador (Gn 2:17; Ro 6:23). ¡Qué desdicha sería para la primera mujer, llegar a ser madre y en ese mismo acontecimiento, que debiera ser digno de congratulación, saber que está dando a luz una criatura congénitamente pecadora, y espiritualmente muerta para con Dios! La sentencia del Legislador eterno fue tan severa, que el derecho de la maternidad incluiría dar a luz los hijos con dolor (Gn 3:16). Pero en el mismo escenario del Edén, donde la muerte se cernía implacablemente, ocurrió la primera mención bíblica de la palabra madre atribuida personalmente a alguien: Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes (Gn 3:20). El nombre Eva en Hebreo, se asemeja a la palabra que se usa para viviente. Mas, ¿Cómo podría Adán llamarle Viviente a su esposa, si el panorama era de una lúgubre mortalidad? ¡Ah! En medio del juicio, Dios había dado una promesa, que de la mujer saldría una simiente bendita que, aunque herida en el calcañar, tendría el poder de asestar una herida mortal en la cabeza a la simiente de la serpiente, a Satanás (v. 15). Fue después de Adán oír esa promesa, que le llamó Eva (Viviente) a su esposa.
 
Curiosamente, después que Adán pronunció vida sobre ella,Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió (Gn 3:21). Aquello parecía ser el primer sacrificio por el pecado, realizado por el mismo Dios. Dichas pieles, colocadas sobre los cuerpos de los primeros padres era un bendito vaticinio de que habría curación para el pecado a través de la sangre derramada por una víctima inocente. Faltarían varios milenios hasta que hubiese un remedio definitivo para la transgresión humana. Pero honra la fidelidad de Dios decir que, aunque la descendencia de la primera madre, Eva, nació en pecaminosidad, nació a la vez sujeta a la esperanza de un Redentor con el poder de quitar el pecado del mundo (Ver Jn 1:29).
 
El primer Adán fue portador del veneno del pecado a toda la humanidad. Pero Dios levantó un postrer Adán, a Jesucristo, el Hijo de Dios en cuanto a su divinidad, y a la vez, el Hijo de María en cuanto a su humanidad. Ninguna mujer jamás habría de tener un Hijo igual a Jesús de Nazaret. Sin embargo, el énfasis de la Biblia en este contexto no es la madre misma. En verdad, la mirada de la corte celestial, de los visitantes extranjeros, de los pastores y de los inspirados escritores, estaba fija en el Santo ser que había nacido de María, quien, a su vez, era antes de ella y con la prerrogativa de ser el Redentor aún de su propia madre. ¿Por qué el centro debía ser el Hijo y no la madre misma? Porque fue por la gracia de un Hombre, Jesucristo, que abundaron… para los muchos la gracia y el don de Dios (Ro 5:15).  Por uno solo, Jesucristo, reinarán en vida los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia (v. 17). Fue por la justicia del Hijo de María, que vino a todos los hombres la justificación de vida (v. 18). Por la obediencia del Hijo los muchos serán constituidos justos (v. 19). Es mediante Jesucristo, Señor nuestro, que la gracia reina por la justicia para vida eterna (v. 21).
 
Este domingo, 14 de Mayo, muchas naciones del mundo celebran el Día de las Madres. Es un homenaje que nos es imperativo ofrecer a ese tierno regalo que Dios nos da, desde nuestra más remota inconciencia. Sabemos casi nada de nuestras madres, hasta que en la infancia se nos enseña a decir Mamá a ese ser tan dulce con el que somos conectados desde la concepción. Pero al buscar el verdadero sentido de la maternidad, hallamos que la Biblia pone en alto la identidad de una madre, sobre todo, cuando su gestión incluye el generar una descendencia para Dios. Por eso el ángel dijo a María que ella era bendita entre las mujeres (Lc 1:28). Sí, ella daría a luz al progenitor de una descendencia de reyes y sacerdotes para Dios el Padre (Ver Ap 1:6). Fue tan alto el privilegio que se le concedió, que los que no disciernen bien las Escrituras, le han atribuido a María, títulos que no tiene, tales como patrona, intercesora, madre de Dios y otros. En verdad, ella quedó en la galería sagrada de las madres prudentes de la historia de la fe. Pero carece de divinidad y de poderes salvíficos, y la grandeza de su fama está verdaderamente vinculada al valor indescriptible de su precioso Hijo, Jesús.
 
Para el mundo, madre, es sencillamente quien da a luz un hijo; para Dios, madre digna de encomio es aquella que forja los valores cristianos en sus descendientes. De esas huestes femeninas de valor, está lleno el registro de la maternidad bíblica. ¡Que Dios levante muchas madres como Jacabed, quien sin temor supo esconder a su hijo Moisés del odio del perseguidor (Ex 6:20; He 11:23), como la mamá de Sansón, quien estuvo dispuesta a asumir el precio de ser la madre de un hombre singular (Jue 13:7), como Ana, que dedicó su hijo totalmente al Señor (1 S 1), como la madre de Lemuel, que enseñó con profecía a su hijo la vida de piedad (Prov 31:1-9), como Loida y Eunice, en quienes hubo fe que pudieron trasmitir a la generación (2 Ti 1:5), como María, la madre de Jesús quien consideró un servicio a Dios prestar su vientre para traer al mundo al inmaculado Cordero de la expiación! (Lc 1:38).
 
En tiempos más contemporáneos, yo podría decir, como mi madre, Nelda Luz Matos Matos, una madre de atributos tan especiales, para describir la cual, carezco de espacio en este Boletín, ni me sirve la retórica de mi escaso vocabulario. Siempre pasaré la vergüenza de quedarme corto cuando intente describir el regalo tan especial que mi madre es para mí y para mis seis hermanos. Pero me permito, aunque sea, decir que la estima de mi madre sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas, porque ella pertenece a ese gremio difícil de hallar que describe la Biblia como Mujer Virtuosa (Prov 31:10-31). Tengo testimonios miles para aseverarlo, pero la comprobación más grande de mi afirmación, es que ella ha sido forjadora, junto a mi padre, de una familia absolutamente comprometida con Jesucristo. Ella es pastora de honor entre sus propios hijos pastores y obreros de Cristo, y ya también pastora admirada entre sus nietos pastores. Ese trofeo la coloca en una posición de honra indescriptible, y hoy en su día, la quiero honrar frente a los miles de mis queridos lectores en el mundo.
 
Eva, la primera madre había fallado, pero absorbió la promesa de vida que necesitaba ella y su generación caída. María de Nazaret, no fue perfecta y mucho menos divina, pero portó humildemente al mundo el regalo del Salvador, aquél en quien serían benditas todas las familias de la tierra. Eva y María fueron dos madres distintas, con dos generaciones diferentes. Por tanto, hoy en Cristo, felicito a todas las madres que han conocido al Autor de la vida, y ahora están intercediendo a favor de la salvación de sus hijos, para que sean de la verdadera generación de los vivientes.
 
Como un deudor permanente al amor maternal,
 
Vuestro servidor,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
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