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DOS PREGUNTAS INSUSTITUIBLES PARA EL MINISTERIO

DOS PREGUNTAS INSUSTITUIBLES PARA EL MINISTERIO

El llamado al ministerio cristiano es uno de los privilegios más preciosos que el Señor pueda hacer a los redimidos. De hecho, cada creyente es un ministro de Dios, pues somos real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para que anunciemos sus virtudes… (1 P 2:9). Cada miembro del cuerpo de Cristo está llamado a desarrollar su actividad propia y así crecer en el Señor (Ef 4:16). Pero hay llamados especiales en la Biblia que requieren un tipo de respuesta exclusiva de parte del recipiente humano, esto, debido a la envergadura de la misión encomendada. La sagrada Palabra enlista cinco ministerios cardinales como son, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Fue Cristo quien los constituyó y son irreversiblemente necesarios para la edificación de su iglesia (Ef 4:11).

En el primer siglo de la era cristiana los apóstoles del Señor fueron depositarios, tanto de la verdad del evangelio, como de la comisión de llevar las buenas nuevas desde Jerusalén hasta los confines de la tierra. Ellos cumplieron su misión con la valentía y la entrega que sólo es posible por el poder del Espíritu Santo (Hch 1:8). Se nos hace inevitable alabar al Señor al considerar su testimonio de pasión y fidelidad a la obra. En menos de un siglo, sin medios masivos de comunicaciones, sin los beneficios de la electricidad y del transporte automotor, esos misioneros de Cristo trastornaron el mundo (Hch 17:6) y nadie pudo evitar que el Reino fuera anunciado con poder en recónditos parajes del imperio romano. Una hazaña así, nos obliga a preguntarnos: ¿Con qué materia prima contaron estos heraldos para lograr un alcance tan glorioso? Podríamos imaginarnos muchas respuestas, pero es mejor que abramos el Libro y encontremos que su triunfo estuvo vinculado con la respuesta a dos preguntas que se hacen insustituibles para el ministerio. Miremos:

Cuando el gran perseguidor de la iglesia se encontró con Cristo en su camino a Damasco, ahí, impotente en el suelo a causa de la gloria del Señor, le hizo dos grandes preguntas al Cristo que no conocía. La primera: ¿Quién eres, Señor?(Hch 9:5). Saulo necesitaba identificar de quien era aquel poder que superaba la autoridad que había recibido de los principales sacerdotes para aprisionar a los cristianos. La ventaja de esta pregunta en labios de Saulo es que la hizo antes de comenzar a cumplir el ministerio asignado. El Señor tenía un propósito especial con él para el cual Dios lo había apartado desde el vientre de su madre (Gálatas 1:15). Muchos obreros después de tener una credencial ministerial y, aun, luego de estar haciendo alguna obra en el ministerio, nunca han hecho esta insustituible pregunta. Como Samuel, algunos son llamados por Dios y aun entonces no saben quién es el que los llama con tanta insistencia (1 S 3:1-9). ¿Quién eres Señor? Una pregunta tan importante, siempre se hace desde el suelo, o sea, la hacen aquellos que no se atreverían a abrir la boca para hablar de un Dios a quien no hayan conocido. La hacen aquellos que se consideran inservibles como Moisés o como Jeremías (Ex 4:10; Jer 1:6). Esta pregunta es la propiedad de aquellos a quienes Dios ha frenado en su ruta de sentido opuesto a su llamado. Tal interrogante es propia de aquellos a quienes Dios mismo lleva a un punto cuando sólo pueden hablar con el Invisible porque, como a Pablo, la vista a todo lo material se le ha cegado. ¿Quién eres, Señor? Es la incógnita de aquellos que están dispuestos a conocer el corazón de Cristo. La hacen los que han llegado a un punto cuando toda otra ambición al conocimiento mundanal ha terminado por la bendita intromisión de Dios en su carrera. Es la pregunta que el mismo Dios hace producir en el corazón de aquellos a quienes pretende usar en forma singular.

Amados, la respuesta a esta pregunta es combustible de poder para un ministerio que beneficie con la salvación al mundo perdido. Por tanto, la respuesta a la incógnita de Saulo no se hizo esperar. El Señor le dijo: Yo soy Jesús… (Hch 9:5 b). Si conocemos al Señor como él mismo se reveló en las Escrituras, eso sería en sí mismo el ministerio. Servir en el reino de Dios no se trata de otra cosa sino de compartir a Cristo en la misma dimensión que lo hallamos conocido. Ahora entendemos mejor la oración de Pablo por los Efesios, a fin que los hermanos tuvieran espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de Cristo, que sus ojos espirituales fueran abiertos para entender las dimensiones de esta fe y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa a todo entendimiento (Ef 1:15-19; 3:17-19). ¿Cómo podríamos conocer lo que sobrepasa todo entendimiento? Sin duda, esto es el ministerio del Espíritu Santo. Él es el Espíritu de Cristo y quien nos guía a toda la verdad. Él toma de lo de Cristo y nos lo hace conocer. Así que él glorifica a Cristo en la iglesia (Jn 16:13,14). Por tanto, debemos entender que la respuesta a esta primera pregunta tiene que ver con la vida de comunión con el Espíritu. Cristo es nuestro Salvador (Luc 2:11), es, por tanto, nuestro mensaje (l Co 2:2), es irreversiblemente la respuesta a la gran necesidad del hombre (Jn 4:14).  Él nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención (1 Co 1:30). En él estamos completos (Col 2:10). Hoy debemos ir a las Escrituras con la misma sed que Pablo pidió desde el polvo del camino conocer a quien le hablaba desde el cielo. Si lo hacemos, Dios nos revelará a su Hijo y podremos hablar de él, no solo como el supremo tema de la teología, sino como nuestra experiencia testimonial, como nuestra vivencia innegable. El mundo necesita ministros que puedan decir, mis ojos han visto al Rey en su hermosura (Isa 33:17).

La segunda pregunta provino también de los mismos labios y de la misma posición de humillación de aquel ex perseguidor de la fe. Su revelación de Cristo lo hizo sentir comprometido con hacer algo importante en favor de su Señor. Trabajar para el Señor es una prerrogativa de todos los que han conocido a Dios. Isaías lo conoció y, de inmediato, se sintió ministerialmente aludido por aquella interrogante que resonó en la corte celestial: ¿A quien enviaré y quien irá por nosotros? Entonces, Isaías respondió, heme aquí, envíame a mí (Isa 6:8). Igualmente, Saulo indagó con el Señor: ¿Qué quieres que yo haga? Si Cristo es la respuesta a la primera pregunta, él tiene también la respuesta a la segunda. A Saulo el Señor le respondió dándole pasos a seguir. Al cabo de tres días, supo para qué Cristo lo había encontrado en su camino a Siria.  Había sido llamado a ser testigo de Cristo, un vaso escogido que llevaría el nombre del Señor en presencia de reyes y de los gentiles y de los hijos de Israel (Hch 9:15). Él fue constituido predicador y apóstol y maestro de los gentiles en fe y verdad (1 Ti 2:17). Y como supo en forma clara para qué fue llamado, el registro de su carrera ministerial traza con mucha gloria la utilidad singular de aquel que antes había cuidado las ropas de los que apedreaban a Esteban (Hch 7:58). Él lo llenó todo del evangelio de Cristo (Ro 15:19) y fue, después de Cristo, el ministro más exitoso en predicar el evangelio y plantar iglesias en diferentes lugares. Nosotros, también debemos saber nuestros límites de capacidad, y reconocer que no es con los sentidos humanos únicamente que podemos identificar el llamado específico de Cristo. Nos hace falta un milagro que se vuelve a llamar revelación. Sólo el Señor puede, por su Espíritu, darnos una comisión clara, con una hoja de ruta específica, con un límite de tiempo exacto, hasta con una comarca trazada para el ejercicio pleno del servicio en su honor. Lo debemos pedir como Saulo lo hizo, para también obtener la respuesta como él la recibió. 

Entonces, el reino de Dios contará con ministros que conocen a su Señor y saben para qué los ha llamado. Por tanto, el cuerpo de Cristo será beneficiado con la gloria divina que siempre acompaña a quienes se hacen esas

dos preguntas insustituibles para el ministerio.

En Él,

Vuestro servidor,

Pastor, Eliseo Rodríguez

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