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EL MAESTRO A LOS PIES DE LOS DISCÍPULOS

EL MAESTRO A LOS PIES DE LOS DISCÍPULOS

Sabemos que suena un tanto contradictorio. Generalmente los discípulos siempre están a los pies de los maestros. De hecho, el propio Jesús enseñó que al discípulo le basta ser como su Maestro… (Mt 10:25). Es por esa razón que los Evangelios nos relatan eventos donde algunos vinieron a los pies de Jesús (Mt 15:30; 28:9; Lc 7:38; 10:39). Cuando Pedro llegó a casa de Cornelio, debido al desconocimiento por parte del centurión que Pedro era solo un mensajero de la Palabra, este se postró a los pies del apóstol. Pedro le levantó y predicó a todos el Evangelio del exaltado Jesús (Hch 10:25,36-43). El propio apóstol Pablo en una reseña de su vida antes de conocer a Cristo, tenía como un dato prestigioso haber sido educado a los pies de Gamaliel (Hch 22:3). El apóstol Juan cayó a los pies del Maestro cuando recibió la visión del Hijo del Hombre en la Isla de Patmos (Ap 1:17) y cuando pensó que debía postrarse a los pies de un ángel, tuvo que ser corregido por el mismo mensajero quien le dijo: Adora a Dios (19:9,10). El libro de Apocalipsis nos ofrece escenas muy solemnes de la vida celestial, y en algunas, los 24 ancianos y los cuatro seres vivientes se postran a los pies del gran Rey y echan sus coronas a sus pies en reconocimiento de su Majestad (Ap 4:9-11). ¡Precioso ejemplo para que también nosotros tengamos una actitud de humillación ante el que es digno de recibir la gloria eternamente!

Pero, ¿has visto alguna vez al maestro a los pies de sus discípulos? De la vida multifacética del Señor se nos hace claro que una vez él estuvo a los pies de sus discípulos. ¿Cuándo fue? Su tiempo había llegado para que pasase de este mundo al Padre. Un día más, y pagaría el precio por todos nuestros pecados en la cruz. Esa noche antes de su apresamiento, mientras Jesús instituía la Santa Cena, se quitó su manto, se ciñó una toalla, puso agua en un lebrillo y se colocó frente a los pies de sus discípulos para lavarlos. El gran significado del trabajo del Señor aquella noche se hizo claro cuando Pedro, quizás, en un acto de reconocimiento de la dignidad del Señor, le dijo: No me lavarás los pies jamás. La respuesta de Jesús al intrépido discípulo nos dice mucho sobre la importancia y la seriedad de lo que estaba haciendo el Señor: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo (Ver Jn 13:1-15).

La relevancia de aquel lavatorio de pies no está en el lebrillo, ni en la toalla, ni en los pies rudos y polvorientos de los discípulos, sino en el mensaje espiritual que transmite. Los pies ilustran la conducta de los discípulos del Señor. De hecho, al Camino de Dios se le llama Camino de Santidad (Isa 35:8) y al evangelio se le conoce como el Camino de salvación (Hch 16:17). Por tanto, las Escrituras nos advierten sobre cómo debemos conducirnos y agradar a Dios (1 Ts 4:1). Cuando se nos trata de enseñar a amar, la Biblia nos dice: Andad en amor (Ef 5:2). Jesús está queriendo enseñarnos que un andar espiritual limpio es de suma importancia en su reino. ¡Tan importante, que el que no anda limpio, no tiene parte con Cristo! Esa sola causa sería suficiente para andar en santidad, porque cada verdadero discípulo quiere, sobre todo, la comunión con su Señor.

Igualmente, la vida cristiana fructífera está íntimamente relacionada con la vida cristiana santificada. Hay poder en la santidad que Cristo nos da. La santidad es sinónimo de autoridad y es directamente proporcional a ella. Cuando hay santidad, se manifiesta un tipo de carácter cristiano que evidencia pies limpios, hablando espiritualmente. La iglesia apostólica del Nuevo Testamento fue radical en su lucha contra el pecado (Ver Hch 5:1-11; 1 Co 5:11-13) y eso fue un ingrediente inseparable de su triunfo frente a la persecución y al embate del propio Satanás. ¡Necesitamos orar por pureza; la respuesta divina dará fruto en el progreso del Evangelio!

Ahora, el cuadro del Maestro a los pies de sus discípulos, ministrando él mismo el lavamiento de los pies de ellos, es precioso, pues presenta a Cristo como nuestro santificador. Él nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención (1 Co 1:30). Después de haber sido lavados de nuestros pecados pasados por la sangre de Cristo, caminamos en este mundo plagado de pecado y necesitamos a cada paso el agua santificadora de Cristo. No podemos prescindir de Cristo y mantener limpio nuestro andar. El Señor tomó forma de siervo (Fil 2:7) y él tiene como parte de sus oficios divinos, el ministerio de mantener limpio nuestro caminar. No debemos tener reparos en rendirnos ante su gesto santificador. Cuando Pedro supo lo serio de negarse a recibir el lavamiento de Cristo, exclamó: ¡No sólo los pies, sino también las manos y la cabeza! Pero ya Pedro estaba lavado; sólo necesitaba mantener limpio su caminar. La Palabra de Dios tiene el poder de limpiarnos (Ver Jn 15:3). Ahora Cristo lleva a cabo ese oficio a través del Espíritu Santo, quien es el Espíritu Santificador. Por eso la Biblia habla de santificación del Espíritu (1 P 1:2). La Palabra de Dios está inspirada por el Espíritu Santo y está saturada de él. Cuando tenemos contacto diario con las sagradas Escrituras, el Espíritu de Cristo está lavando nuestros pies, santificando nuestro andar.

Por último, no es de menor importancia el hecho que Cristo ordenara a sus discípulos imitar su ejemplo de lavar los pies a los demás. Él les dijo que ellos también debían lavarse los pies los unos a los otros. Así que, mientras atendemos individualmente al camino del Señor y desechamos todo lo oculto y vergonzoso (2 Co 4:2), no debemos desatender a nuestros condiscípulos en cuanto a su limpio caminar. Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, los hermanos espirituales deben restaurarle con espíritu de mansedumbre (Gl 6:1), y si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, debe pedir a Dios por él y Dios le dará vida (1 Jn 5:16). Pedro y Bernabé necesitaron una vez limpieza en su manera de conducirse en Antioquía, y ahí estuvo listo el hermano Pablo para corregir la falta y hacerles rectificar el error (Gl 2:11-14). Eso es el mandamiento del Señor cumplido verdaderamente. Ahora recuerdo al Salmista decir: Que el justo me castigue será un favor, y que me reprenda será un excelente bálsamo que no me herirá la cabeza (Sal 141:5).

Amados, ¡Es tiempo de revisar nuestro caminar e ir delante del Señor con corazones sinceros, dispuestos a una operación divina que saque toda impureza de nuestros pies y podamos andar por sendas derechas! ¡Seamos dóciles con el Señor y permitamos que, mientras nos ponemos a sus pies para adorarle, él también pueda venir a nuestros piesy por su Espíritu, santificar nuestro andar! ¡Qué consuelo saber que, en el Evangelio, a veces está

El Maestro a los pies de sus discípulos!

En vuestra misma necesidad de santificación,

Vuestro servidor,

 Pst. Eliseo Rodríguez
www.iglesiamontedesion.org
www.christianzionuniversity.org

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