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EL PELIGRO DE SÓLO ESTAR CERCA

EL PELIGRO DE SÓLO ESTAR CERCA

Desde un tanto cerca, ya no se está tan lejos. Eso es una posición ventajosa en relación a quienes están a mucha distancia. Estar un tanto cerca puede servir de cierto conformismo al que aún no ha llegado, porque ahora está más cerca que cuando comenzó a caminar. El que está ya bastante cerca tiene solamente dos posibilidades: La primera es llegar al objetivo; la segunda, es que no le dé tiempo y pierda la oportunidad de arribar. A todos los empeños y sueños de la vida humana les compite el tiempo. Si da tiempo, se puede llegar, pero si se acaba el tiempo en el camino, se pierde para siempre la oportunidad deseada. Hay dos tipos de personas al respecto: los primeros son los que no tienen otra meta que estar cerca, y los segundos son los que no se detienen hasta estar en el punto deseado. Ahora analicemos juntos el sentido y la aplicación del siguiente relato bíblico: 
 
Durante el ministerio público de Cristo, un escriba le preguntó: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos? A ello Jesús respondió: 
El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos. Entonces el escriba le dijo: Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él; y el amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma, y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios.
 
Cuando Jesús vio que había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios (Mr 12:28-34). Con dicha expresión, Jesús no le estaba diciendo que ya era salvo; más bien, le hizo saber que le faltaban unos pocos pasos… La pregunta obvia sería: ¿Por qué este docto de la Ley no estaba lejos del reino? Primero, el hombre era un asiduo lector y estudioso de la Ley de Dios. Lo sabemos por su identidad como escriba, y porque sentenció como correcta la respuesta de Jesús a su pregunta. Segundo, él tenía un concepto claro de la demanda divina concerniente a amar integralmente a Dios y al prójimo como uno se ama a sí mismo. No estaba lejos porque sabía que el cumplimiento de estos dos mandamientos era más que todos los holocaustos y sacrificios de la Ley. En verdad, el conocimiento de las sagradas Escrituras es fundamental en cuanto a la salvación, porque ellas son las que revelan al hombre su estado caído y a la vez, testifican de Cristo como el redentor (Jn 5:39). Pero el problema del escriba era que él tenía en la obediencia a los mandamientos toda su confianza para ser salvo, y olvidaba que absolutamente todos los que quisieron guardar la Ley, fracasaron en su intento. El hombre puede tener un buen concepto de Dios y hasta amarlo, y puede llegar a ser muy justo para con su prójimo y quererlo como a sí mismo, pero a causa de la debilidad innata del pecado, fracasará siempre en intentar hacer la santa voluntad de Dios, en sus propias fuerzas. 
 
¡Pobre escriba! No se nos dice si por fin entró y se salvó, o si perteneció a aquellos que han vivido en el peligro de estar sólo cerca, pero no dentro, de los que son casi cristianos, pero que están completamente perdidos. Cristo le mostró a Nicodemo la puerta para entrar a la salvación. Le dijo que el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios, que el que no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en él (Jn 3:3-5). La pregunta correcta del escriba debía haber sido algo así: ¿Qué debo hacer para ser salvo? Quizás, entonces Jesús le hubiese preguntado como lo hizo con el ex ciego: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? (Jn 9:35). Si el hombre hubiese depositado su fe en Jesús, y no en la letra de la Ley, la respuesta del Señor hubiese sido del mismo contenido que le dijo a alguien: Tu fe te ha salvado, ve en paz (Lc 8:48)Pero el escriba sólo estuvo cerca del reino. En mejor condición que él estuvo el ladrón moribundo del Calvario, quien casi al perderse por sus delitos, recibió la luz que le hizo ver a Cristo como el Mesías salvador, y en lugar de preguntarle por la supremacía de los mandamientos que ya no podía guardar, exclamó, seguro con voz jadeante: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Ese clamor tenía tal grado de intensidad, que el Cordero sangrante le respondió: Hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23:39-43)
 
Existen quienes simpatizan con los mandamientos de Dios y que aman a los que le hayan hecho bien alguna vez. Pero ello no significa una garantía para entrar bajo las alas protectoras de la salvación. La fórmula del Evangelio no es leer la Escritura para conocerla intelectualmente, sino estudiarla para hallar en ella al Salvador, a quien Dios envió al mundo para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna (Jn 3:16). Personas que no han tenido antes ningún conocimiento espiritual, pero a quienes el Espíritu Santo les ha convencido de su propio pecado y de la justicia de Cristo, han entrado al reino para disfrutar eterna salvación. Pero otros han vivido en el peligro de saberlo todo y fatalmente, perderlo todo por desconocer la asignatura más importante, que hay que nacer de nuevo para poder entrar al reino de Dios. 
En este mismo tono es bueno recordar que los niños nacidos en hogares de padres evangélicos no son cristianos por haber tenido tal privilegio, ni por la memorización de pasajes bíblicos enseñados en casa. Los niños no son cristianos hasta que conscientemente reciben a Cristo y son regenerados. Mientras están en la etapa de la inocencia, no tienen culpa y, por tanto, de ellos es el reino de los cielos (Mt 19:14). Pero cuando ya saben lo bueno y lo malo, alguien debe brindarles aceptar a Cristo como su Salvador personal, para que no vivan en el peligro de estar sólo cerca del reino, sino que personalmente puedan entrar.
 
Amados, la oferta es que gratuitamente podemos entrar al bendito reino de nuestro Padre y de su Cristo. 
 ¡Hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para que muchos puedan hallar la vida eterna a través del arrepentimiento y la fe en el Hijo de Dios! Entonces, no estarán solamente cerca y perdidos, sino dentro y salvados para siempre.
 
Con amor sincero en Él,
Vuestro servidor,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
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