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EL PODER CONTAGIOSO DE LA LEPRA

EL PODER CONTAGIOSO DE LA LEPRA

La Palabra de Dios reconoce el poder contagioso de la lepra. En el Antiguo Testamento, el leproso debía ser recluido hasta que se comprobara que su lepra había sanado completamente. Así se cuidaba a toda la congregación del contagio de esta horrible epidemia (Ver Lev. 13 y 14).
 
El profeta Eliseo le dijo a Giezi: “la lepra de Naamán  se te pegará a ti” (Ver 2 R. 5:27) A Giezi, la codicia obsesiva por las cosas de este mundo, le trajo un tipo de enfermedad en la piel a la cual el profeta llamó, “la lepra de Naamán”. De este modo, esta expresión sirve para identificar la plaga que ocurre a los seres humanos, cuando brota en ellos esa lascivia por tener más y más solo de lo temporal. Esta es una hora de la historia, cuando se necesita como nunca antes, buscar lo que a vida eterna permanece (Ver Jn. 6:27).
 
El pecado es como una lepra maligna que mata al hombre, espiritual, física y eternamente. Su poder es más destructivo que la lepra en la piel. Por eso, la advertencia a los que hemos creído en Cristo es: “purificad vuestros corazones” (Stg. 4:8). Este es un mundo inmundo, por lo cual, se nos recomienda en sentido espiritual: “… salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor… ” (2 Co. 6:17). La iglesia es un cuerpo separado de este mundo. Estamos aquí, pero espiritualmente no somos de aquí (Jn. 17:14). Somos el pueblo de Dios, por tanto, nuestros estándares de vida son diferentes de los que viven enfermos por el vicio del pecado. La fe salvadora es una que tiene frutos de justicia, de los cuales se nos manda a estar llenos. Estos frutos son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios (Ver Fil. 1:11).
 
Cristo diferenció perfectamente su origen y destino, del destino de los que no creían en él. Les dijo: “Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo” (Jn. 8:23). Por tanto, los que somos de Cristo, estamos sometidos a una fuerte presión por parte de los mundanos, a quienes les parece cosa extraña que no corramos con ellos en el mismo desenfreno de disolución (Ver 1 P. 4:4). Esta presión es cierta, a manera individual; pero también la iglesia la padece, por parte del sistema pecaminoso que Satanás preside (Ver Jn. 12:31; 14:30). La lepra del pecado no se ve a simple vista, ni el leproso de esta categoría anda voceando a todos, “apartaos, soy leproso”. Al contrario, los seductores de la maldad, intentan ocultarnos el poder contagioso de dicha pandemia. Lo acallan dentro de una sociedad paganizada, que rinde culto al libertinaje, y que aplaude ciegamente todo lo que sea inmoral y torcido. Eso hace más peligroso el sendero para un creyente que no tenga clara la visión sobre cuál sea el premio del supremo llamamiento de Dios (Ver Fil. 3:14).
 
Pero los que hemos acudido a Cristo para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros, somos llamados, “hermanos santos, participantes del llamamiento celestial” (He. 3:1), y respecto a nuestra identidad se nos enseña, que “… nuestra ciudadanía está en el cielo… ” (Fil. 3:20).
 
La iglesia de Corinto había estado disfrutando un gran mover del Espíritu Santo; nada les faltaba en ningún don (Ver 1 Co. 1:7). Pero donde tuvieron problemas fue en cuidar la frontera que delimita lo santo de lo profano. Cual levadura, el pecado los había fermentado, hasta llevarlos a tolerar dentro de las filas de la fe, a dos miembros que fornicaban libremente (Ver 1 Co. 5). Entonces, la tinta del inspirado apóstol, trazó esta urgencia a la iglesia: “¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? Limpiaos, pues, de la vieja levadura… ” (1 Co. 5:6, 7a). Así es la lepra, un poquito de ella, puede contagiarlo todo. Con la mano severa que actúa por el celo de Dios, Pablo, sabiendo que el hombre no estaba arrepentido, dijo a la iglesia: “Quitad, pues, a este perverso de entre vosotros” (5:13). Más tarde, cuando el transgresor se arrepintió, el consejo fue: “… debéis perdonarle y consolarle… Os ruego que confirméis el amor para con él” (2 Co. 2:7-8). Si estas directrices hubiesen faltado, el pecado, cual lepra, hubiese infectado a toda la feligresía y se hubiese contristado al Espíritu Santo en la iglesia, lo cual está  ordenado nunca hacer, según Efesios 4:30.
Hasta el mal hablar, sirve como medio de contagio para esta plaga atroz: “… las malas conversaciones, corrompen las buenas costumbres” (1 Co. 15:33). Las malas conductas, también. Por tanto, “amado, no imites lo malo sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios” (3 Jn. 1:11).
 
¡Padres, obreros locales de congregaciones, pastores de las iglesias, y Cuerpo de Cristo, en general, debemos ser celosos por no dejar entrar la lepra del pecado en los entornos que el cielo ha puesto bajo nuestra supervisión! Hay un poder contagioso en este tipo de lepra. Pero quiero terminar dándole toda la gloria a Jesucristo, porque Su sangre es el único antídoto que puede quitar la lepra del pecado de nuestros corazones: “… la sangre de Jesucristo, su Hijo, no limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7). Al obedecer al Evangelio, somos rociados con ese líquido curativo, para quitar todo contagio de maldad (Ver 1 P. 1:2).
En esa santa preocupación por todas las iglesias,
 
Pst. Eliseo Rodríguez
Iglesia E. Monte de Sion
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