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EL RIO DE SU TRONO

EL RIO DE SU TRONO

 “Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero” (Ap. 22:1).

La necesidad más grande del ser humano para su subsistencia terrenal, es el agua. Se soporta más estar sin comer por algunos días, que sin beber agua. El agua es vital para la  vida misma, teniendo en cuenta que nuestros 
cuerpos contienen, alrededor de un 75 % de agua al nacer, y de 65 % en la edad adulta. También nuestra vida espiritual necesita un agua muy especial.

La Biblia nos habla de esta necesidad individual en varias partes: 

1. Israel había dejado a Dios, fuente de aguas vivas y había cavado para sí cisternas rotas que no retenían agua (Jer. 2:13). Aquí Dios se presenta a sí mismo como la Fuente de la cual emana ese Rio incontenible. El pueblo de Dios, después de haber bebido de ese brotar eterno, ahora lo habían abandonado y pretendían satisfacer su sed,  con aguas de cisternas hechas al modelo de sus deseos carnales. Pero nada en esta tierra puede saciar la sed espiritual del hombre. Es como dijo Asaf a Dios: “… fuera de ti, nada deseo en la tierra” (Sal. 73:25).

2. Por esa misma realidad, el Salmista manifestó su necesidad de beber del Agua Viva: “Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”. Lo declaró cuando sus enemigos le herían diciéndole: ¿Donde está tu Dios? A causa de la terrible tormenta, había perdido aun el apetito físico, y solo comía sus propias lágrimas de día y de noche (Ver Sal. 42). Entonces nos dejó la gran enseñanza, de que en el tiempo de la prueba, lo único que nos refrescará es ir al Manantial divino, y beber en el murmullar tierno del Rio de su trono. Dios puede permitir los desiertos, para que apreciemos las fuentes de aguas que están solamente en el Oasis de la intimidad con Él. 

3. Una mujer en Samaria había confundido el verdadero pozo. Pensaba que para saciarse, debía ceder a sus impulsos desordenados. Pero ello, le había hecho cada día más sedienta. Equivocaba también, posiblemente, el creer que hubiese alguna virtud especial en el agua que ingería diariamente, por sacarla del hondo pozo de Jacob. Pero precisamente allí, cerca del brocal, ese día estaba alguien que le saciaría eternamente en su sed. Era Jesús, el cual le dijo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice, dame de beber, tú le pedirías y él te daría agua viva”. Ella se había encontrado con el Rio del trono de Dios, corriendo desde Cristo, directamente a su corazón. Entonces, bebió a tal manera del Manantial, que se fue a buscar a quien ella conocía como un pueblo sediento de realidad. Todos los que vinieron al Pozo, bebieron vida también, y le decían a la gentil misionera: “Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (Ver Jn. 4). Cuando Dios nos abreva de su Agua, lo hace para que podamos avisar también a otros así: “!A todos los sedientos, venid a las aguas!” (Isa. 55:1). 

4. En el último y gran día de la Fiesta de los Tabernáculos, “… Jesús se puso en pie y alzó la voz diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habrían de recibir los que creyesen en él… ” (Jn. 7:37-39). Toda persona está diseñada para vivir frente al borbotar de su Rio. Pero tantos no saben cómo se llama esa necesidad interior que se siente cuando se ha probado todo, y todavía hay insatisfacción. Jesús les enseñó que eso se llama sed, “sed por Dios”. Cristo es “… como arroyos de aguas en tierra de sequedad… ” (Isa. 32:2). Si el sediento viene a él, entonces el manantial del Espíritu brota desde dentro del corazón, cual raudal, y sacia incomparablemente.

Amados, así vio Juan el rio que brotaba del Trono:

1. Limpio.
2. De agua de vida.
3. Resplandeciente como cristal.
4. Que salía del trono de Dios y del Cordero.
 
El rio es limpio, y resplandeciente como cristal, porque en la Fuente, que es Dios mismo, hay ausencia absoluta de pecado. Beber de allí es beber santidad verdadera. Nuestra necesidad de pureza, encuentra su respuesta en la comunión íntima con Dios. Se pueden aprender de memoria todos los códigos morales de la Biblia, pero si se deja la comunión con Dios, la santidad se hace inalcanzable. Además, el Rio es de agua de vida; así que el que bebe de él tendrá de ese tipo de vida abundante que Cristo dijo que él ofrece (Jn. 10:10 b).
 
Por último, el hecho de que el Rio sale del trono celestial, hace claro que la manera de beber de él, es haciendo a Jesucristo, Señor absoluto de nuestra vida y de todas nuestras acciones. 

Yo quiero vivir junto a ese tierno ruido del Rio de su Trono. Y tú?


Con amor,

Pst. Eliseo Rodríguez
Ig. E Monte de Sion.
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