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EN DESFAVOR DEL PUERCO MONTÉS

EN DESFAVOR DEL PUERCO MONTÉS

Hay un cerco invisible que rodea y protege a los hijos de Dios. Tiene una importancia trascendental. El Enemigo de nuestras almas lo vio en Job, y le hizo mención a Dios de ello (Job 1:10). Un adorador oró así: “… tú, Jehová, eres escudo alrededor de mi” (Sal. 3:3). Un testimonio de semejante protección divina es este: “Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así Jehová está alrededor de su pueblo, desde ahora y para siempre” (Sal. 125:2). El salmista dijo, atribuyendo a Dios esa protección: “… fortificó los cerrojos de tus puertas; bendijo a tus hijos dentro de ti” (Sal. 147:13). Isaías le llama vallado a ese cerco. Entonces cita a Dios cercando su viña, Israel, para protegerla de los enemigos en derredor, y deja ver a la vez, el peligro si se tiene en poco tanta gracia (Ver Isa. 5:1-7).

El salmo 80 nos presenta la viña de Dios, Israel, en ese momento con su vallado dañado a causa de su pecado. El Enemigo por sí mismo no puede abrir esa protección. Es el pecado nuestro lo que lo abre. A esa rotura se le llama “brecha”, o “portillo”. Ahora, miremos el cuadro que el Salmo presenta de lo que ocurre cuando se agrieta:

· Los vecinos escarnecen la viña, la obra de Dios (v. 6).
· Los enemigos de la obra de Dios, se burlan entre sí.
· Los que pasan por el camino, vendimian la viña de Dios (v. 12).
· El puerco montés destroza esos plantíos sagrados (v. 13).
· La bestia del campo devora los sembradíos del Señor.
· El fuego quema la heredad (16).
· La obra de Dios cae en asolamiento.

Remarco solo una de estas siete calamidades terribles: “la destroza el puerco montés”. El puerco montés no es un animal muy impresionante a simple vista. Casi nunca sobrepasa los 40 kilogramos de peso. Pero su poder es destructor. Su peligro no radica únicamente en que por sí mismo pisotea, desraíza, destruye y come el sembrado, sino que al viajar en manadas generalmente grandes, multiplica el daño a su paso.

El puerco o cerdo, en el lenguaje figurado de la Biblia, parece ilustrar la inmundicia. Nuestras vidas, hogares y congregaciones siempre tienen esta amenaza de la inmundicia, del lado afuera del muro que nos protege. Pero si el muro es herido por repetidos descuidos espirituales, la suciedad entra, y como puerco montés, logra destrozar la viña. Es como una plaga de costra que tiene poder destrozador contra la santidad, el temor de Dios, el fervor, el primer amor, y por ello, hace peligrar la obtención de la herencia que nos pertenece. Si no tomamos en serio las cosas de Dios, todo lo que está bajo nuestra autoridad queda a merced de ser destrozado.

Mire estos cuadros: Cuando Acán pecó en los días de la conquista de Canaán, ese cerco se abrió, y afectó a todo el pueblo, permitiendo a los enemigos de Hai, matar soldados de Dios, y obviamente, Acán y toda su familia tuvieron pérdidas irreparables (Ver Josué 7). ¿Te acuerdas de David? El abrió el muro que protegía su vida, su familia, su reino, cuando se dejó llevar por la lujuria en el caso de Betsabé. Las pérdidas fueron fatales y obviamente muy dolorosas (2 S. Caps. 11 al 18). Pero a veces, también las roturas del muro ocurren por descuidos aparentemente inofensivos. A pesar de todo lo deleitoso que el Enemigo dibuja el pecado, es inevitable que al consumarlo, el cerco se abre, y entidades de tanto valor como la familia y el pueblo de Dios, entran en peligro inminente. ¡Cuánto necesitamos vigilar nuestros linderos espirituales!

Pero no todas son malas noticias: Si el cerco ha sido resquebrajado, y aun cuando el puerco montés de la inmundicia haya destrozado con saña a su paso, nunca sería sabio darse por vencido en la batalla espiritual. “No habéis resistido hasta la sangre combatiendo contra el pecado” (He. 12:4). El mismo Salmo 80 nos guía en una oración ideal: “Oh Dios de los ejércitos, restáuranos, haz resplandecer tu rostro y seremos salvos” (v. 7). Él quiere restituir. Su promesa dice: “Porque no reposará la vara de la impiedad sobre la heredad de los justos… ” (Sal. 125:3). Pidamos desde la brecha, que nuestro vallado sea reparado, y la gracia de Jesucristo se manifestará en hacerlo.

Amados en la fe, velemos y oremos conforme a Mateo 26:41. Velemos las viñas de nuestras vidas, de nuestros hogares y de la congregación del Señor. Esos sembradíos santos necesitan con urgencia permanente la intercesión, para que nunca en lo adelante, le sea permitido al “puerco montés” surcar nuestras comarcas. Todavía hoy Dios busca quien haga vallado, puesto en la brecha a favor de su pueblo como en Ezequiel 22:30.

Con amor sincero, y orando por la protección de la Viña,

Soy vuestro servidor,
Pst. Eliseo Rodríguez.

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