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ESTORBOS

ESTORBOS

Ellos pueden parecer muy incómodos; a veces nos atrasan en alcanzar ciertos propósitos. Así que tenemos el reto de saberlos identificar. ¡Cuántas veces hemos sido estorbaros! La Biblia nos muestra diferentes tipos de estorbos. Algunos son asedios del enemigo, otros vienen como consecuencias a los extravíos humanos. Otros son reacciones divinas a malas actitudes que tomamos, algunos vienen a manera de pruebas para medir nuestra perseverancia en la fe, y otros, como voces silenciosas de Dios para mostrarnos su perfecta voluntad.
 
Del primer tipo fue el citó Pablo cuando se había propuesto muchas veces ir a visitar los hermanos de Macedonia, pero admitió, Satanás nos estorbó (1 Ts 2:17,18). Nosotros también debemos presupuestar una buena dosis de longanimidad, para cuando tengamos que admitir igualmente, que el Enemigo no nos permitió avanzar por un tiempo hacia cierto destino. De esto también testificó el varón celestial que apareció a Daniel junto al rio Hidekel, para darle a conocer lo que habría de venir a Israel en los postreros días. El divino mensajero describió una batalla espiritual que tuvo que librar contra el príncipe del reino de Persia, por veintiún días, lo cual atrasó su llegada con la respuesta al profeta. Dios envío a Miguel, el príncipe de la nación hebrea, para ayudar, y finalmente la victoria fue ganada a favor de Dios y de su pueblo (Ver Dn 10:1-14).
En el segundo grupo están aquellas consecuencias propias del desvarío espiritual. “Hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte” (Prov 14:12). El Hijo Pródigo se fue de la casa de su padre, reclamando recibir apresuradamente su herencia. Al dar pasos fuera del abrigo paterno, esto lo llevó desde una posición de inmenso honor, hasta una miseria indescriptible. En el camino de ida y regreso, el necio joven tropezó con los estorbos propios de su desenfreno moral. Finalmente, su padre fue movido a misericordia y lo restauró al regresar (Ver Lc 15:11-32).
 
En el tercer grupo de estorbos está el hecho, que nosotros mismos podemos causar reacciones severas de parte de Dios, por nuestra insulsa manera de andar. Balaam tomó el rumbo equivocado al ir a maldecir a Israel como lo pedía Balac. Dios mismo lo estorbó. El asna sobre la cual cabalgaba, vio al ángel de Jehová que se había colocado como adversario de Balaam en el camino. Así que el asna se pegó a la pared y apretó contra ella el pie de Balaam. Cuando el obstinado mensajero riñó con el animal, éste hablando con voz de hombre, refrenó la locura del profeta (Ver Nm 22; 2 P 2:15,16). También, Cristo enseñó que habría un estorbo al perdón de Dios, si no estamos dispuestos a perdonar de todo corazón a nuestros semejantes (Mt 18:28-35). Y los esposos deben tratar a sus mujeres como a vaso más frágil y como a coherederas de la gracia de la vida, para que sus oraciones no tengan estorbo (1 P 3:7).  La voluntad divina es que sin impedimentos nos acerquemos al Señor (Ver 1 Co 7:35).
En el cuarto grupo están los estorbos que Dios mismo permite, con el propósito de forjar virtudes especiales en sus siervos. Los héroes de la fe se hicieron fuertes en batallas (He 11:34).  Cuando Dios permitió a los adversarios asediarlos, él mismo aseguraba la victoria de sus agredidos siervos, de manera que el roce con el Enemigo no les hiciera otra cosa que fortalecerlos. Al terminar dichas batallas, sus fuerzas habían sido aumentadas. El estorbo a veces les salpicó de sangre, pero pudieron testificar como lo hizo David: “Jehová es la fortaleza de mi vida… ” (Sal 27:1 b). Si después de haber peleado contra adversarios, nuestra mano se ha quedado pegada a la espada, como la de Eleazar, ese estorbo ha tenido un final maravilloso (Ver 2 S 23:10). Pablo dijo que como hombre había batallado en Éfeso contra fieras (1 Co 15:32). Así resumió sus principales obstáculos: “… persecuciones, padecimientos, como los que me sobrevinieron en Antioquía, en Iconio, en Listra; persecuciones que he sufrido, y de todas me ha librado el Señor (2 Ti 3:11). 
 
En el quinto grupo de estorbos tenemos aquellos que Dios usa para hacernos entender y enseñarnos el camino en el cual debemos de andar (Sal 32:8). A Pablo y Silas, en cierto momento, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la Palabra en Asia. Luego intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió. Hubo un estorbo benigno, pero firme y soberano, a seguir la ruta humanamente planeada, debido a que la agenda divina priorizaba a Macedonia (Ver Hch 16:6-10). Los hombres que el Señor llama, deben hacer la obra a la manera de Dios, y rumbo a esa misión, deben admitir que Dios estorbe sus planes cuando no cumplen momentáneamente el programa de su Señor. El rumbo trazado por Macedonia no fue el más fácil, pero fue el que llevó el mayor fruto al Evangelio de Cristo en el contexto.
 
Debemos vencer espiritualmente los estorbos que Satanás pone en nuestro camino. Nuestro Dios está en control, y por tanto, el Enemigo no puede llegar tan cerca de nosotros como quiere, sino sólo hasta donde Dios le permite. Por tanto, no es sabio vivir alienados de la santidad de Dios, porque solo si obedecemos la Palabra, haremos prosperar nuestro camino y todo nos saldrá bien (Jos 1:8). Es con guardar la Palabra, que el joven limpiará su camino (Sal 119:9). Cuando Dios nos esté disciplinando porque nuestros caminos no hayan sido sus caminos, debemos recordar que el Padre que ama a su hijo, lo disciplina (He 12:5-8). Cuando Dios permita algunos estorbos para probar nuestra templanza, tomemos esas contrariedades como puntos de partida, para alcanzar nuevas metas en la fe. Y si anhelando hacer la obra de Dios a su manera, encontramos un estorbo inesperado en el camino, descansemos en la dirección del Espíritu Santo, que es el director de la hoja de ruta de los ministros de Cristo.
 
Amados, somos peregrinos aquí, y vamos hacia el hogar celestial. La mejor receta para llegar al premio final, es vivir siempre asidos de Cristo, prendidos de él como pámpanos que se nutren de la vid, tomando las disciplinas de Dios como puntos de un otra vez. ¡Que aun los obstáculos permitidos por el Señor, sean la manera de erguirnos a un nuevo nivel de amor y servicio a su bendita causa!
 
Que esa sea nuestra realidad, a tal modo que, llegando, podamos decir con Pablo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. (2 Ti 4:7,8).
 
En la certidumbre de un camino seguro,
 
Vuestro en Cristo,
Pst. Eliseo Rodriguez
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