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FORTALECE TÚ MIS MANOS

FORTALECE TÚ MIS MANOS

Así oró uno de los hombres más esforzados de toda la historia sagrada (Neh 6:9). Se llamó Nehemías, y nos dejó un ejemplo de cuán importante es tener en estima la obra de Dios. Eso era en ese tiempo la reconstrucción del muro de Jerusalén, una obra de Dios. No era una obra común, porque se trataba de la restauración de aquello que una vez existió, pero que había sido destruido, y Dios había llamado a aquel copero del rey para reconstruir. Satanás pretende mantener en ruina lo que, a través del pecado, él mismo destruyó en los recintos sagrados. Pero el plan de Dios siempre ha sido volver al primer estado lo que un día fue convertido en muladar. Por ejemplo, cuando el Señor se refirió al templo reconstruido después de haber sido quemado, prometió que la gloria postrera de aquella casa, sería mayor que la primera (Hag 2:9). Así sucedió, porque aquel que es mayor que el templo, el Hijo de Dios, cuando estuvo en esta tierra, entró al templo, lo purificó y cada día se sentaba y enseñaba la Palabra en él (Mt 26:55; Jn 2:13-17).

El capítulo 6 de Nehemías sitúa el momento cuando el muro de Jerusalén, ya no estaba aportillado y solamente le faltaba las hojas de las puertas. Al ver los enemigos esa obra milagrosa, trazaron la meta de eliminar al cabeza de esa empresa santa y mandaron a buscar a Nehemías hasta en cinco ocasiones para reunirse con él en alguna ciudad, pero con la intención de hacerle mal. Por tanto, uno de los conceptos indispensables en el presupuesto del servicio de la fe es saber que los que sirven a Dios, enfrentan peligros a cada paso. Se necesita, por tanto, un tipo de pericia que da Dios para detectar el engaño de los adversarios y esquivar con sabiduría sus ardides. Detrás de toda persecución a los que ministran en la restauración, está un odio, no sólo al líder, ni tampoco sólo a la obra que este hace, sino a Dios mismo. Nosotros, igual que Nehemías, vivimos en días tan peligrosos en los que no es permisible la existencia de la ingenuidad en nuestra despensa espiritual. El enemigo que quiso eliminar a Nehemías, fue el mismo espíritu que actuó en Caín para tratar de eliminar la línea mesiánica que venía a través de Abel (Gn 4:8). Fue el mismo que actuó en Saúl para tratar de eliminar a uno de los más dignos representantes de Cristo en el Antiguo Testamento, a David (1 S 18:29; 23:14). Fue el mismo que usó a Herodes para intentar matar al recién nacido Salvador (Mt 2:13). Fue el que incitó a Pedro a decirle a Jesús que de ninguna manera fuera a la cruz (Mt 16:22). Todavía ese enemigo nos cuenta como ovejas para el matadero y, por tanto, no debemos ignorar sus maquinaciones (Sal 44:22; 2 Co 2:11). Todo el que sirve a Dios está bajo un ataque que tiene origen en el mundo invisible de Satanás y sus demonios. Pero, no olvidemos, el blanco en la táctica enemiga no es el mismo obrero en sí, ni solamente su trabajo, sino el Dios que lo ha colocado en su servicio de restauración.

Al estudiar el libro de Nehemías, descubrimos que este gigante de la fe oraba en forma frecuente mientras hacía la obra. Ahora en el capítulo 6 cuando sus enemigos lo amedrentaban a él y a los que le ayudaban diciendo que las manos de ellos se debilitarían y que de ninguna manera les sería posible terminar, le dice al Señor: Ahora, pues, oh Dios, fortalece tú mis manos (Neh 6:9). Cuando se ora así, se está reconociendo la debilidad humana. Dios siempre ha puesto retos en los hombres que llama, y estos retos parecen mucho mayores que las posibilidades reales de ser cumplidos humanamente. La lección es que nuestra competencia para hacer la obra no viene de nosotros, sino del mismo Dios que nos llamó (2 Co 3:5). Por tanto, la oración de Nehemías pide más allá que liberación del cansancio normal del cuerpo; pide que el ánimo sea devuelto, que esa entereza que se necesita para perseverar cuando el viento es contrario, no les faltara. La fortaleza de las manos incluye una decisión irrevocable de seguir hacia delante una vez que se esté convencido que el proyecto que hacemos es obra de Dios y que lo estamos haciendo por llamado suyo. Ese fue el trabajo que hizo Jonatán con su amigo David, cuando aquel ungido huía perseguido por Saúl. Entonces Jonatán vino a Hores y fortaleció su mano en Dios. Para hacerlo, le dijo esta contundente frase: No temas…  (1 S 23:16).

 Cuando Nehemías oró de esta manera, la petición fue respondida de inmediato. El testimonio escrito dice que el muro completo se terminó solo en cincuenta y dos días (Neh 6:15). Lo curioso es que la Biblia no nos narra la muerte instantánea de los enemigos de aquel empresario de Dios, sino que, a pesar que el aguijón enemigo apuntaba continuamente hacia él, finalmente triunfó la empresa de Dios para la cual trabajaba.  

Amados, ¡qué aliento podemos obtener de esta historia! No es tiempo de descontar al enemigo, pues la causa de Dios siempre sufre oposición, pero debemos recordar que más son los que están con nosotros que los que están con ellos (2 R 6:16). Con el enemigo está el brazo de carne, pero con nosotros está el Señor nuestro Dios para ayudarnos y pelear nuestras batallas (2 Cr 32:8). Pablo se hizo eco de esta verdad y, al advertirnos que nuestra lucha no es contra sangre y carne, nos recomienda inspiradamente: Fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza (Ef 6:10). Un descuido en cumplir este imperativo pudiera ser fatal para el triunfo final, pero una búsqueda constante del rostro de Dios será un eficaz antídoto contra la debilidad innata en nuestra humanidad.

Si estás haciendo algo en el reino de Dios para lo que el Señor te ha llamado, tendrás franca oposición del enemigo. Habrá momentos cuando tus manos casi se caen como las de Moisés en la guerra contra Amalec (Ex 17:12). Pero es importante que te mantengas en el collado de la oración y te conectes con la fuerza que operó en Cristo resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales (Ef 1:19,20). Todavía Cristo es el invencible y se titula como Rey de reyes y Señor de señores (Ap 19:16). Por tanto, puede darnos participación del poder de su fuerza. Todavía hoy le dice al obrero cansado, no temas, yo te ayudo (Isa 41:13). La obra que nos ha encomendado no la va a hacer él, pero sí es él quien nos va a fortalecer para que la hagamos en su nombre hasta que quede completada.

¡Que cada uno pueda decir conmigo:

Ahora, pues, oh Dios, fortalece tú mis manos!

 

Entonces vamos a ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes (Sal 27:13), y otros vivirán seguros dentro de los muros que nuestro esfuerzo en el Señor logró terminar.

Con todo amor,

Pst. Eliseo Rodríguez M.

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