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FUEGO  EN  EL  CARMELO

FUEGO EN EL CARMELO

Dios me ha permitido estar en dos ocasiones en el Monte Carmelo. Siempre me impresiona, no solo porque desde ahí se obtiene una vista espectacular del Valle de Meguido, sino porque 1. Reyes 18 hace ver que en este escenario Dios hizo patente su poder delante del rey Acab, de los profetas de Baal y de Asera y de todo el pueblo de Israel. Allí demostró que solo Él es digno de ser servido como la verdadera Deidad. Allí cayó fuego de parte de Dios, y consumió el holocausto que se había preparado como envase de tal milagro. Entonces todo el pueblo postrado decía: “Jehová es el Dios, Jehová es el Dios”. Tal portento divino había resultado en una conversión nacional de Israel al verdadero Dios, en un avivamiento. ¡Bendito fuego de Dios que al caer del cielo, trae arrepentimiento y transformación! Pero antes de que el fuego divino cayera en el Carmelo, hubo algunos pasos qué dar:

Lo primero: A pesar de la maldad que había en el pueblo de Israel, allí estaba Elías Tisbita, el mayor representante del remanente de Dios en el momento. Su celo por la santidad de Dios, le hizo decirle a Acab: “Yo no he turbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos de Jehová y siguiendo a los Baales” (1 R. 18:18). Dios usa gente sencilla, pero con el alma ardiente de fe, para hacer cosas extraordinarias en favor de muchos. Siempre que el fuego de Dios se ha de derramar, los siervos de Dios deben levantar su voz contra el pecado, sin temer las consecuencias por hacerlo.

Lo segundo: Cuando Elías mandó reunir a todo el pueblo en el Carmelo, desafiando la idolatría ignorante de sus contemporáneos, lo hizo exclusivamente bajo una orden del mismo Dios. Tener un oído atento a la voz divina es imprescindible para saber cómo va a ocurrir la manifestación celestial. En su oración, el profeta le dijo a Dios: “… Por mandato tuyo he hecho todas estas cosas” (1 R. 18:36). Eso fue el mismo testimonio que nos llega desde el Tabernáculo de Moisés: “Y Moisés hizo conforme a todo lo que Jehová le mandó”. Entonces, una nube cubrió el tabernáculo y la gloria de Dios lo llenó (Ver Ex. 40:16, 34). Dios no está obligado a derramar fuego sobre nuestras ocurrencias, sino sobre la obediencia exclusiva a Su Palabra. Siempre que el fuego santo de Dios se ha de derramar, hay que hacerlo todo a la manera de Dios.

En tercer lugar, se necesita una pasión por la salvación de las multitudes. Cuando Elías convoca a Israel, lo hace también movido por el sentido de responsabilidad para con miles de claudicantes hijos de Israel, tibios espiritualmente, propensos a morir perdidos. Lot afligía cada día su alma justa viendo los hechos nefandos de los impíos en Sodoma (Ver 2 P. 2:8). Ester tenía dolor por el peligro que se cernía sobre su pueblo: “¿cómo podré yo ver el mal que alcanzará a mi pueblo? ¿Cómo podré yo ver la destrucción de mi nación?” (Est. 8:6). Cristo, al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tenían pastor (Ver Mt. 9:36). Como buen pastor, dio su vida por ellas (Jn. 10:11). Siempre que el fuego de Dios ha de derramarse, se necesita en los santos, un sentir de carga espiritual por los que están a punto de perecer sin salvación.

En cuarto lugar, el fuego de Dios, fue precedido por un sacrificio de muerte. Cuando Abraham le ofreció a Dios un sacrificio, luego vio una antorcha de fuego que pasaba por entre los animales divididos (Gn. 15:9-17). En el Monte Moriah, apareció un carnero trabado en un zarzal, el que Abraham ofreció en lugar de Isaac su hijo. El muchacho obtuvo la vida a través de un sustituto que moría en su lugar (Gn. 22:1-13). En el Nuevo Testamento, tenemos el sacrificio de Cristo, a través del cual, Dios nos da su misericordia y su gracia (Ver He. 4:16). Pero ya en unión con Cristo, se nos insta a llevar la cruz, a morir con él, a considerarnos muertos al pecado (Mt. 16:24; Ro. 6:8). Lo que se pide es una muerte al ego, la demanda es quitar nuestras manos del timón de nuestra vida, y entregarlo a Cristo en forma absoluta. El fuego santo viene sobre los que pueden decir: “Ya no vivo yo… ” (Gl. 2:20). Siempre que el fuego de Dios ha de derramarse, se requiere entender que los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado, y que al corazón contrito y humillado, el Señor nunca despreciará (Sal. 51:17).

Por último, en el versículo 30, vemos que “… Elías arregló el altar de Jehová que estaba arruinado”. Este era el altar del sacrificio, de la adoración, del culto, de la devoción, de los ruegos, de la intercesión. La expresión: “estaba arruinado” da a entender que estaba sin usarse por mucho tiempo. “Arruinado” indica que ya Dios no era buscado con el fervor del principio. Pablo le llama a esto, “apostasía” (2 Ts. 2:3). En Hebreos se le conoce como “deslizarse” (He. 2:1). En el lenguaje de Cristo para con la iglesia de Éfeso, esto es, “haber dejado el primer amor” (Ap. 2:4). ¿Dónde están los altares familiares? ¿Dónde, los tiempos personales a solas con Dios? ¿En qué lugar se esconde el fervor por la casa de Dios hasta llamarle “amables” a esas moradas (Sal. 84:1), y alegrarnos con los que nos decían, a la Casa del Señor iremos? (Sal. 122:1). ¿Dónde hallaremos el fervor por las vigilias, por el ayuno, por el cántico al Señor? ¿Dónde están los intercesores que pasan tiempo orando por otros diariamente, derramando el alma pidiendo la vida de nuestros pequeñitos como dice Jeremías? (Lam. 2:19). Siempre que el fuego de Dios ha de derramarse, se necesita arreglar, restaurar el altar del Señor.

Amados, hay esperanza. Dios está siempre dispuesto; su mano no se ha acortado, su oído no se ha agravado, su fuego santo está listo para ser derramado. Entonces, seamos fuertes en el celo de Dios, y no perdamos oportunidades que nos sean dadas de levantar nuestra voz a favor de la santidad. Hagamos todo dentro de la iglesia, a la manera de Dios, a la forma de Su Palabra. Tengamos pasión porque nuestra generación se convierta de todo corazón. Restauremos los altares arruinados, y mantengamos viva la llama del fervor en la vida cristiana.

Esta es una buena oportunidad para que otra vez, halla “Fuego en el Carmelo”.

Esperando que este fin de semana ese fuego que trae restauración caiga sobre nuestros sacrificios,

Soy vuestro servidor en Cristo,

Pst. Eliseo Rodríguez.
Iglesia Monte de Sion, Miami

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