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GLORIA VERTICAL Y HORIZONTAL DEL DIVINO NACIMIENTO

GLORIA VERTICAL Y HORIZONTAL DEL DIVINO NACIMIENTO

Los ángeles alabaron a Dios, y ¿cómo no habrían de alabarlo? Su coro decía así: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lc 2:14). Había llegado el cumplimiento del tiempo. Dios no habita en el tiempo; él es “… el que habita la eternidad” (Isa 57:15). Pero en Génesis 1, no solo creó el universo, sino que también creó el tiempo. Por eso leemos: “Y fue la tarde y la mañana, un día” (v. 5). Y así sucesivamente, hasta el día séptimo. Aunque para con él, “… un día es como mil años y mil años como un día” (2 P 3:8), Dios sabía que el hombre habría de pecar, y sus días serían acortados sobre la tierra. Entonces, al hombre “… le ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación” (Hch 17:26). Al final de los tratos divinos con el hombre en esta tierra, cuando entremos en la ciudad eterna de los redimidos, la Palabra, nos advierte que “… el tiempo no sería más” (Ap 10:6).  El coro de Belén nos muestra que aunque el hombre estaba perdido, Dios amó al mundo, y “cuando llegó el cumplimiento del tiempo, envió a su Hijo… ”(Gá. 4:4).
Ahora estamos listos para contemplar la gloria del nacimiento de nuestro Salvador. Esa gloria fue el tema de las palabras de aquel coro, que la misma noche del nacimiento, proclamó los dos significados del divino portento. Primero, aquellas huestes del cielo, dijeron que el nacimiento del Salvador, significaba, gloria a Dios en las alturas. Sabemos de Efesios 1, que Dios nos hizo para alabanza de su gloria (vv. 6, 12, 14). Ahora, en voces de ángeles, se anuncia que el hecho de que a los hombres les haya nacido un Salvador, se ha de traducir en la glorificación de Dios. ¿Sabemos nosotros que el envío de Jesús al mundo, fue un diseño del Padre celestial, en absoluta concordia con su indivisible trinidad? Si, Cristo habló de sí mismo como aquel que el Padre santificó y envió al mundo (Jn 10:36). El mismo Señor dijo: “Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre” (Jn 16:28). El siguiente versículo alude a Dios en las alturas, cuando dice de Cristo: “Ya destinado desde antes de la fundación del mundo… ” (1 P 1:20). Por tanto, los beneficiarios de ese plan indescriptiblemente maravilloso, debemos decir con gratitud, “gloria a Dios en las alturas”. El canto de Belén no solo significa que cada detalle de aquel nacimiento, tenía caracteres divinamente gloriosos. También muestra a los recipientes de esa gracia, que tienen un deber de rango vertical, el de dar la gloria, por su salvación, al Dios que vive en las alturas. Él es el Altísimo (Gn 14:18;2 S 22:14), y eso no es solo un nivel cósmico superior, sino un lugar de honra sin igual, de autoridad insuperable; por tanto, también, de dignidad de la más alta categoría. ¡Que haya millones en el mundo, que celebren navidad, diciendo: ¡Señor, digno eres de recibir la gloria! De eso se debe tratar siempre la verdadera Navidad.
Ahora, también, la llegada al mundo del divino infante, tiene una connotación de carácter horizontal, pues los visitantes del cielo, decían a los pastores absortos: “… Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres”. Uno de los títulos del Mesías, es Príncipe de paz (Isa 9:6). El Hijo de Dios llegó a la tierra, unos cuatro mil años después que el pecado original había traído un desorden caótico en la familia humana. Desde la célula más importante, la familia, el pecado arrebató la paz, y el primer testimonio de ello, fue la muerte de Abel, a manos de su propio hermano Caín (Ver Gn 4). Ya en Génesis 6:11, la tierra estaba llena de violencia. Y así, a través de milenios, la raza humana ha funcionado como un instrumento desafinado, sin consorcio armónico entre sus criaturas. Pero desde un campo nutrido de pastores y ovejas en Belén, nos llega este emotivo anuncio, a saber, que el Mesías nacido, traería paz a la tierra herida por la violencia y por la guerra cruel.
Pero el mensaje de los ángeles era dirigido a revelar la experiencia que tendrían los que recibiesen al Cristo nacido aquella noche. Porque ninguna de las bendiciones de Cristo, son para quienes no le crean, ni le reciban. En verdad, el mundo que ha rechazado a Cristo, ha seguido viviendo sin su paz. La paz en la tierra, sin embargo, ha sido la experiencia de aquellos que hemos creído en él, a la manera que lo hicieron los primeros testigos de su natividad. Ellos experimentaron a tal modo la paz de Cristo, que fueron juntos al lugar del testimonio, juntos vieron con sus propios ojos al Salvador, juntos contaron frente al niño, las experiencias que habían tenido aquella noche, y también juntos regresaron glorificando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho (Lc 2:15-20).
Cristo es unidad entre los creyentes, es el centro de la unidad del Espíritu (Ef 4:3), Cristo es quien derriba la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades…  para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz (Ef. 2:14, 15). Él ofrece el cielo para todo hombre que lo reciba, desde cualquier sitio del planeta. Así lo testificó Juan: “Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos… ” (Ap 7:9). Las razas, las etnias, los idiomas, las culturas, y las más lejanas regiones del mundo, hallan una eterna confluencia en la persona de Cristo. Cuando él tome las riendas de los reinos de este mundo por mil años, “lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límites sobre el trono de David y sobre su reino… ” (Isa 9:7). Luego se describe algo más de la paz que traerá el Rey en esos días:
Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar (Isa. 11:6-9).
Entonces, será evidente, que el reino de Cristo, es de la misma naturaleza del Rey, Príncipe de paz, reino de paz. Esto justifica la última línea de la estrofa celestial cantada a los pastores aquella noche de buenas nuevas, referente a la benevolencia divina para con los mortales.
Percatándonos de nuestra imposibilidad de describir la deuda de glorificación que tenemos para con el Padre, y la inenarrable paz que brota del benevolente Señor, preferimos unirnos al coro de Belén, para vertical y horizontalmente, decir,
Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz
Buena voluntad para con los hombres.
Como uno más de los bienaventurados a quienes el cielo ha bendecido tanto,
Soy vuestro en él,
Pst. Eliseo Rodríguez.
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