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HAGAMOS LA GESTIÓN POR LA LLENURA

HAGAMOS LA GESTIÓN POR LA LLENURA

La llenura es una necesidad. Por lo menos, ese es el concepto que Jesús nos entregó al respecto. Lo sabemos también por la experiencia de los que obedecieron los requerimientos del Señor para lograrlo. Nos es, igualmente cierto, debido al éxito alcanzado por aquellos que se mantuvieron llenos. Nos referimos a la llenura del Espíritu Santo. Les invito a considerar algunos aspectos sobre nuestra gestión para lograr tan importante nivel espiritual.

Primero, ¿cuál cristiano desperdiciaría la oportunidad de ser lleno del Espíritu? La mujer samaritana conoció a Jesús en el pozo de Jacob y le pidió de esa agua viva. Lo hizo porque el mismo Redentor le dio la oportunidad de pedirla: si conocieras el don de Dios y quien es el que dice, dame de beber, tú le pedirías y él te daría agua viva. Respecto a esa agua del Espíritu que brinda el Hombre junto al Pozo, para quien la recibe será una fuente de agua que salta para vida eterna. Sabemos que no solamente la mujer de Samaria bebió de aquella Fuente, sino que todos los que ella evangelizó, vinieron al Pozo y fueron tan saciados, que le pidieron al Señor que se quedara algunos días (Juan 4). En cada creyente hay una sed de experimentar la plenitud del Espíritu. La buena noticia es que aquella Fuente brota todavía a raudal, porque viene de la Peña herida en la cruz. Todavía la Roca espiritual de la cual bebieron los israelitas nos sigue en el peregrinaje al cielo. ¡Aprovechemos ir a Cristo y llenar nuestro cántaro de Agua!

Segundo, Jesús está interesado en que veamos la llenura del Espíritu como una prioridad. Antes de subir al cielo y ser glorificado, el Señor Jesús había comisionado a sus discípulos con la carga de la evangelización mundial y el discipulado (Mt 28:18-20). Los campos estaban blancos para la siega. Además, todo el ministerio de Jesús con sus discípulos fue un tiempo de entrenamiento, donde el gran Pescador de almas modeló frente a ellos lo importante que le resulta que un pecador se arrepienta. En el contexto de salvar al hombre, el Señor había venido para buscar y salvar lo que se había perdido (Lc 19:10). Ahora que se iba al cielo y dejaba la empresa misionera en los hombros de sus apóstoles, les hizo ver que, sin la llenura, no podrían ser fructíferos en alcanzar a los perdidos. Su ejemplo ya les era contundente. Antes de comenzar su ministerio terrenal, Jesús fue lleno del Espíritu (Lc 3:22). Al predicar su primer mensaje público dijo que el Espíritu del Señor estaba sobre Él (Lc 4:18). Esa era la misma regla para los pioneros en la evangelización del mundo. Por tanto, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen allí la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí (Hch 1:4). Así que, la llenura del Espíritu fue una prioridad en cuanto al ámbito misionero de los apóstoles del Cordero. Pero también sería una prioridad en cuanto al celo nacionalista de los propios discípulos. Al saber que su Señor se iba, le hicieron la pregunta de orden: … ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Recordamos que la respuesta de Jesús fue dejar esos tiempos a la soberana potestad del Padre. En cuanto a ellos, les dijo: Pero, recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra (Hch 1:6-8). Eso era prioridad ante que la restauración política de la nación.

Tercero, la llenura del Espíritu está relacionada con la comunión entre los hermanos de la fe. Dios ha dado su Espíritu a la iglesia. Unos ciento veinte hermanos, entre ellos los Doce, María, la madre de Jesús y otras mujeres y discípulos, esperaron diez días en el aposento alto en Jerusalén. Su tiempo estuvo ocupado en oración y ruego, a la vez que esperaban la promesa del Espíritu Santo (Hch 1:14). Cuando llegó el día de Pentecostés estaban todos unánimes, juntos. Entonces, el Espíritu Santo vino sobre ellos, apareciéndose en forma de lenguas de fuego que se asentaron sobre todos. El sonido de su llegada fue como un viento recio que soplaba el cual llenó toda la casa donde estaban sentados. La crónica de este advenimiento contiene el hecho de la llenura. Cuando vino el Espíritu no fue solo para evidencia de la glorificación de Cristo. Tampoco vino sobre algunos de los más eminentes allí congregados. En verdad, vino para saturar a todos los hermanos reunidos. Esto dice el texto sagrado: Y fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen (Hch 2:1-4). A este respecto, Pablo recomienda: Sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con Salmos, con Himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo (Efesios 5:18-20). Toda esta orientación sobre cómo ser llenos no es una carta de Pablo a Timoteo. Las dos que le envió al joven ministro, eran misivas pastorales, una línea ministerial abierta entre el apóstol y un hijo en la fe. Pero, cuando Pablo orienta sobre cómo ser llenos del Espíritu, se lo dijo a una iglesia, a los hermanos de la Iglesia del Señor en Éfeso. Por tanto, les recomienda llenar sus reuniones de alabanzas al Señor. Cuando los santos adoran al Señor en perfecta unidad, ello es atractivo a Cristo y, de seguro, habrá ministración del Espíritu. Adorar no es hacer un mero ruido, ni repetir consignas vacías de sentido. Es la expresión de corazones que han visitado “la Cruz’, de voluntades rendidas a Dios, de hombres y mujeres conscientes que todo lo han recibido por gracia. Pablo dice que, si procedemos de tal manera, seremos llenos del Espíritu.

Por último, aquella reunión en espera de la llenura, devino en evangelización poderosa, primero de los labios de quienes estaban allí presentes. Los que fueron llenos del Espíritu, hablaban las maravillas de Dios en idiomas desconocidos para sí mismos, pero entendibles a los judíos extranjeros que estaban en Jerusalén para celebrar Pentecostés. El mismo Dios que confundió las lenguas de los rebeldes en Babel, en Pentecostés llenó la boca de los discípulos con idiomas comprensibles y saturados del mensaje que todos debían escuchar (Hch 2:6-11). Luego, la Palabra de la cruz estuvo a cargo de Pedro, quien, lleno del Espíritu, lanzó la red del Evangelio, y como tres mil recibieron su Palabra, fueron bautizados y añadidos a la iglesia (2:14-41). Su mensaje no fue solamente el producto de ser graduado en la mejor Universidad Teológica de todos los tiempos, la Escuela de Jesús. No era, sencillamente, una alocución doctrinal bien bosquejada. Se trataba del poder que la llenura había traído a su vida. Más tarde Lucas escribió: Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Luego sabemos que llenaron a Jerusalén de la doctrina de Cristo y que, en el templo y por las casas, no cesaban de predicar y enseñar a Jesucristo.

Queridos, en cada generación los retos son distintos, pero la necesidad es la misma, la de hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo. Lejos de ver al Señor solamente como quien escucha nuestras peticiones, mirémosle como quien es digno de ser en gran manera alabado. Pidamos ser llenos del Espíritu y, mientras esperamos en el aposento alto, cantemos juntos los Salmos del Señor, entonemos a la par sus alabanzas. Si hacemos la gestión encomendada, seremos vasos receptores del Espíritu. Y, esto, no para nuestro provecho solamente, sino para la evangelización de miles, un discipulado creciente y la expansión del reino de Dios.

¡Hagamos la gestión por la llenura!

En amor,

Vuestro servidor,

Pst Eliseo Rodríguez

www.iglesiamontedesion.org

www.christianzionuniversity.org

www.quedicelabiblia.tv

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