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LA CRUZ, MÁS ALLÁ DEL MADERO

LA CRUZ, MÁS ALLÁ DEL MADERO

Cuando el bendito evangelio de Jesucristo nos es revelado por el Espíritu Santo, el corazón siente profundo dolor por ver cómo el enemigo ha oscurecido la mente de los hombres, usando la religión como su instrumento más enceguecedor. En días de la pasión de Cristo, Jerusalén representaba el asiento de la religión. Allí estaba la sede de la religión farisea, de los escribas y de otras sectas detractoras suyas. Por eso, Cristo pasó el mayor tiempo de su última semana antes de morir, en Betania y no en Jerusalén. La religión ve nublado el Calvario, mira opaco sobre lo que realmente sucedió en la cruz. La religión casi no conoce al Cordero, a penas ve el lugar donde este es inmolado. De hecho, en la sede de la religión, Jerusalén, Jesús fue juzgado y condenado a muerte.

En estos días cuando se celebra la semana santa, miremos, primero, cuán lejos de la cruz mantiene la religión a sus adeptos:

 Para algunos, la fecha es lo más importante. La llamada semana santa es lo que reviste un valor excepcional sobre todas las otras jornadas del año. En esta semana hacen votos de consagración, dan caridades a los necesitados y tiran, superticiosamente, jarros de agua hacia fuera de sus casas. Pero pasados estos días, la vida vuelve al vacío interior que siempre deja la religión, porque no es en ella que se encuentra la salvación. Sabemos que Cristo no murió para santificar una semana, porque después que el tiempo ya no sea más (Ap 10:6), todavía su evangelio se celebrará por la eternidad.  

Para otros, la cruz de madera donde Cristo murió, es lo más llamativo. Los carentes de revelación se quedan mirando de lejos, averiguando de qué tamaño eran los clavos con que Jesús fue herido. Otros dan énfasis a la tristeza de María al estar frente a la cruz. Hay a quienes les parece relevante averiguar de cuál costado de Jesús fue que salió sangre y agua. No faltan los que ven la cruz como una manera de revelar la crueldad del Imperio romano. No son pocos los que estudian si el arca del pacto, que había desaparecido, estaba debajo del Calvario y cuando Jesús murió, la salpicó con su sangre. Es evidente el fracaso de considerar la cruz, sin entender el programa redentor de Dios.

Algunas expresiones más extremas de la religión preparan una gran cruz en esta semana, a través de la cual las personas deben pasar, para dejar allí sus males y salir al otro lado disfrutando el bien. Ministros religiosos, realmente lejos de la Cruz, dicen a los creyentes que deben tocar un manto para recibir ciertas bendiciones de Dios. Hasta existe la práctica de escribir en un papel una lista de los pecados, para clavarla en una cruz de madera, a fin de dejar allí los pecados pasados y olvidarlos para siempre. Debemos advertir que todas esas son prácticas de hechicería y nada de ello aparece en la enseñanza del Nuevo Testamento respecto a la salvación. La  justificación no está relacionada con nada que uno pueda ver o tocar, pues, lo que uno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos (Ro 8:225). El hombre no se puede autoredimir, porque … por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe(Ef 2:8,9). Y, la fe es certeza de lo que se espera, convicción de lo que no se ve (He 11:1).  

Ahora, en segundo lugar, más allá del madero donde Cristo fue crucificado, está La Cruz, lo que no veían con ojos físicos de los que pasaban por el camino aquel día. La Cruz es el inmortal mensaje del Dios bendito encomendado a los apóstoles de Cristo. Así que te invito a conocer esa Cruz, y te aseguro que una vez la veamos por fe, nuestra vida será radicalmente transformada. Mira:

La Cruz de Cristo contiene el mensaje más elevado respecto a la santidad y justicia de Dios. Cuando el pecado de todo el mundo vino sobre el cuerpo del Cordero inocente, el Padre no alivió el dolor, ni retrocedió en infligir el castigo correspondiente al pecador. El castigo de nuestra paz fue sobre él (Isa 53:5). Aquí está la expiación: al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado… (2 Co 5:21). La cruz nos dice que Dios es tres veces Santo (Isaías 6:3) y no tiene comunión con el pecado. La Cruz nos enseña que cuando el pecado se manifesta, la justicia divina inflige la muerte al pecador. De eso se trata la Cruz donde Cristo nos sustituyó.

La Cruz habla en voz alta respecto al amor de Dios. Dios nos amó primero (1 Jn 4:19). Cuando la Biblia fue a dar una medida de ese amor divino hacia la criatura humana, no hubo regla para medir. Por tanto, se describe a través de una expresión que supera toda medida: De tal manera amó Dios… (Jn 3:16 a). La expresión mayor de esa dimension de amor fue dar a su Hijo en rescate por nuestros pecados. En verdad, Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros (Ro 5:8). El Padre no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Ro 8:32). Pero, a su vez, el Hijo nos amó con un amor que excede a todo conocimiento, un amor que nos constriñe (2 Co 5:14; Ef 3:19). Cuando el enemigo te diga que nadie te ama, señálale La Cruz, el mensaje más alto del amor de Dios que jamás puede ser igualado.

La Cruz revela la victoria de Cristo sobre Satanás y los demonios. Fue allí donde Cristo cumplió la resolución de juicio hecha al principio en el Edén. Después que Adán pecó, Dios sentenció a Satanás al avisarle que la simiente de la mujer, Cristo, le heriría en la cabeza (Gn 3:15). Nuestro Señor derrotó a los principados y potestades y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz (Col 2:15). El aguijón con el cual el diablo mata a los hombres es el pecado (1 Co 15:56). Por tanto, en la Cruz, Cristo llevó el pecado en su cuerpo y cumplió la paga del pecado, la muerte. Así despojó a Satanás de su arma más letal. En La Cruz, los cristianos somos libres de las garras de Satanás. Ahora el pecado no se enseñoreará de nosotros, pues no estamos bajo la Ley, donde el pecado era más fuerte que la débil naturaleza caída, sino que estamos bajo la gracia, donde hemos recibido el poder del Espíritu para ser más que vencedores (Ver Ro 6:14).

La Cruz representa el derribo de la pared que separaba a judíos y a gentiles. Cristo es nuestra paz, que de ambos pueblos (judíos y gentiles), hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos, un solo y nuevo hombre, haciendo la paz (Efesios 2:13-15). Los gentiles que antes no éramos pueblo, ya no somos extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios (v. 19). Cuando Pedro habló de la promesa de salvación y del poder del Espíritu en los creyentes, dijo: Porque para vosotros es la promesa, para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare (Hch 2:29). Ahora, en Cristo, Abraham no es solamente el padre de los judíos, sino también padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe le sea contada por justicia (Ro 4:11). Por el sacrificio expiatorio de Cristo en la Cruz, Juan vio una gran multitud, la cual nadie podía contar, ya no solo compuesta de judíos, sino de todas naciones, tribus, pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas y con palmas en las manos (Ap 7:9).

Debido a que La Cruz es el tema de toda la Biblia, no podemos plasmar aquí todo su esplendor. Pero, ahora, por último, miremos que,

La Cruz constituye la promesa más firme sobre la vida eterna. En ella vemos a Cristo brindando el paraíso a un pecador que estaba crucificado junto a él (Lc 23:43). Cristo es la Verdad encarnada, que desde la Cruz nos dice: Hay vida después de la muerte, y es vida eterna con él para quienes lo aceptan como su Salvador y Señor. La Cruz tiene incertada la resurrección del Señor. Él resucitó al tercer día y ahora está a la diestra del trono de Dios en las Alturas (1 Co 15:4; He 1:3). Vivir en el cielo con Jesús es la esperanza bienaventurada de los hijos de Dios (Tit 2:13). Cuando Pablo habló del arrebatamiento de la iglesia, mencionó lo más precioso: …estaremos siempre con el Señor (1 Ts 4:17). Por su clara expectativa de la vida eterna, dijo que deseaba partir y estar con Cristo, lo cual consideró muchísimo mejor (Fil 1:23). Aun  no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos que cuando él se manfieste, seremos semejantes a él, pues le veremos tal como él es (1 Jn 3:2). 

Quiero animar a todos mis hermanos y consiervos, que sus ojos no queden en el umbral de la cruz. Hay vida más allá del rudo trozo de madera, de los clavos, de la corona de espinas, del centurión romano que ejecutó la crucifixión. La vida está en Jesús y, su Cruz, es el mensaje del evangelio, las buenas noticias de que el hombre ha sido perdonado en Cristo y puede recibir el regalo de su salvación.

¡Amados, que no se haga vana la cruz de Cristo, sino hagamos de Cristo el mensaje de nuestros púlpitos, la doctrina de nuestras escuelas, el estilo de vida del creyente y el poder del soldado cristiano! Si esto hacemos, ya hemos conocido un poco

La Cruz más allá del madero.

 

¡Oh, yo siempre amaré esa Cruz! ¿Y tú?

 

Con devoción,

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez

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