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LA CRUZ, ¿UNA FORMA, O UNA PALABRA?

LA CRUZ, ¿UNA FORMA, O UNA PALABRA?

Se hace necesario, especialmente en una fecha tan significativa como la Semana Santa, ser llamados a reflexión sobre la verdadera esencia de nuestra salvación, protagonizada por Cristo en la cruz. De esa cruz vamos a mirar dos lados, el físico y el espiritual.

Mirando primero el lado físico de la cruz, ha sido siempre un intento de la religión, exaltarla como objeto. En ese intento, hemos oído decir hasta que ha aparecido un pedazo original de ella en cierto lugar, o que se tiene guardada la réplica de la cruz original. Pero en verdad, cuando la Biblia nos habla del lado físico de la cruz de Cristo, no nos invita nunca a reverenciarla como objeto. Algo de lo que nos dice el Libro de Dios de tal madero, es que hacía maldito a todo el que era colgado sobre él (Dt. 21:22-23). Así mismo, que Jesús cargó su propia cruz (Ver Lc. 19:17). También, que al salir hacia el Calvario, hallaron a un hombre de Cirene, que se llamaba Simón, al cual obligaron a que llevase la cruz (Ver Mt. 27:32). Aun sabemos que junto a la cruz donde Jesús moría, estaban “… su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena” (Jn. 19:25).

Pero verdaderamente, es el lado espiritual de la cruz, el que irradia gloria inenarrable. Es la exposición de su Mensaje lo que causa vida al que oye con fe. Por esta verdad irreversible es que el Cristo resucitado mandó a los discípulos a que predicasen al pueblo, y testificasen que él es a quien Dios ha puesto por juez de vivos y muertos (Hch.10:42). “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Co. 1:18). Dios nos ha ordenado predicar a Cristo crucificado (Ver 1 Co. 1:23). Es el encargo hablado de lo que representa Cristo en el madero, lo que causa una poderosa salvación. Por tanto, Pablo se había propuesto renunciar a toda palabra que no fuese Jesucristo, y a éste crucificado (Ver 1 Co. 2:1-2).

La cruz del Calvario nos presenta a Cristo, levantado allí, muriendo por nuestras transgresiones; y la cruz como Palabra, nos lleva más allá, hasta ver a Cristo, resucitado para nuestra justificación (Ver Ro. 4:25). La cruz del Lugar de la Calavera nos presenta al Hijo del Hombre, muriendo sobre ella en debilidad (2 Co. 13:4a); y la cruz como Palabra, nos presenta a Cristo, resucitado con poder, como Espíritu vivificante (2 Co. 13:4 b; 1 Co. 15:45). La cruz del Gólgota sostuvo en ella al que otorgaba desde allí la gracia para que los pecados pudieran ser borrados (Ver Lc. 23:43; Hch. 3:19); y la cruz como Palabra llega hasta decirnos que nuestros nombres están escritos en el libro de la vida (Lc. 10:20). La cruz nos hace ver las tinieblas correspondientes al juicio que en ese madero se ejecutaba sobre Jesús en forma vicaria (Ver Lc. 23:44); y la cruz como Palabra nos introduce al día cuando el Rey vendrá en las nubes del cielo con poder y gran gloria (Mt. 24:30; Ap. 1:7). Aquella cruz nos muestra al Cordero muriendo para quitar el pecado del mundo; y la cruz como Palabra, alarga nuestra vista y nos presenta al Padre, llevando muchos hijos a la gloria (Ver He. 2:10). Sí. La Palabra de la cruz nos hace contemplar el cuadro terminado.

Amigo, hermano, el énfasis divino no es la cruz como objeto, forma o amuleto; es Cristo crucificado, sepultado, resucitado y ascendido, como poder de Dios y sabiduría de Dios (1 Co. 1:24). No es el sustantivo “cruz”, como una forma; es el Nombre de Jesús, el único en el cual podemos ser salvos (Hch. 4:12). ¡No adoremos el objeto; adoremos al Salvador, y tratemos de comunicar a otros en estos días, la Palabra de la cruz!

Con reverencia y santo temor,
Vuestro servidor,

Eliseo Rodríguez

Pastor de la Iglesia Evangélica Monte de Sion.
Miami, Florida, Estados Unidos.

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