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LA LABOR CRISTIANA DE LA IGLESIA

LA LABOR CRISTIANA DE LA IGLESIA

La necesidad que tenemos como creyentes de vivir en íntima comunión con nuestro Señor no puede ser realmente exagerada. Ello es una necesidad irreversible de cada creyente. Así como Dios le dijo a Israel, buscadme y viviréis (Am 5:4), por toda la Biblia se encuentra la enseñanza sobre la necesidad de ser refrescados en la presencia de Dios. El pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid (Jn 15:4). Cada uno de los que usamos la libertad conferida de poder entrar al lugar santísimo celestial a través de la fe, sabemos que los salmistas tenían razón al decir que en su presencia hay plenitud de gozo y delicias a su diestra para siempre (Sal 16:11), que mejor es su presencia que la vida (Sal 63:3), que las moradas de Dios son amables (Sal 84:1),
 
Pero hoy nos queremos referir al otro ángulo de esa verdad. El apóstol Pablo resume la enseñanza del Nuevo Testamento acerca de la interacción maravillosa que existe en esa comunión con Cristo, al decir que la iglesia es la plenitud de aquel que todo lo llena en todo (Ef 1:23). La palabra que se usa en el griego para plenitud es pléroma que significa rellenar o terminación. Indica cumplimiento, aquello que es pleno. El término viene de pleróoque habla de algo que llega a ser repleto, significa también atestar. Esto coloca a la iglesia en una identidad especial como la institución donde Cristo no solo se manifiesta, sino donde él se hace pleno. A la luz de este pasaje de Efesios, la iglesia está diseñada para estar repleta de Cristo, absolutamente llena de él. Con suma reverencia debemos admitir que ella es el cuerpo donde él se complementa. Oír esta verdad de la inspiración divina dada al apóstol Pablo, nos invita a ceder el espacio al Maestro el cual no sólo nos invita a estar en él, sino que nos asegura que él estará en nosotros. En Juan 6:56 dice que, si participamos de su carne y de su sangre a través de la fe, permanecemos en él y él permanece en nosotros. En 15:4 manda a que permanezcamos en él; entonces añade, y yo en vosotros. En el versículo 5 enseña que, si permanecemos en él y él en nosotros, llevaremos mucho fruto. Cristo, como pastor necesita a sus ovejas (Juan 10:14), como la Vid, él se expresa en los pámpanos (Juan 15:5), como cabeza, halla su expresión suma en su cuerpo, que es la iglesia (Efesios 1:22,23) y como esposo, Cristo tiene a su esposa, la iglesia (Apocalipsis 19:7).
 
El hecho que Cristo tenga a la iglesia como su plenitud tiene varias connotaciones prácticas, todas de un valor inmensurable. Una de ellas es la respuesta al por qué la iglesia ha subsistido victoriosa por casi dos mil años marcados por una constante oposición, primero de las fuerzas diabólicas y también a causa de las persecuciones en su contra en disímiles lugares del planeta. Cristo habló de la iglesia en estos términos: mi iglesia, y dijo que las puertas del Hades no prevalecerán contra ella (Mt 16:18). Él mismo la sustenta y la cuida (Ef 5:29). Él se expresa plenamente en la iglesia a la cual defiende como a sí mismo. Por eso le dijo a Saulo cuando este perseguía a la iglesia: ¿Por qué me persigues? (Hch 9:4).
La otra trascendencia de esta verdad sirve de aliento a los que trabajan en la iglesia. Las operaciones, los dones y los ministerios que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo otorgan a los creyentes son una bendición para el cuerpo de Cristo (Ver 1 Co 12:4-6). Pero no podemos descontar el hecho que el trabajo ministerial a veces se hace con trabajo y fatiga (2 Co 11:27). Así también lo hizo Cristo. Una vez cansado del camino se sentó junto al pozo de Jacob (Jn 4:6). Una vez dijo a sus discípulos, Venid vosotros aparte a un lugar desierto y descansad un poco (Mr 6:31). A veces el obrero cristiano presiente aun que va a ser derramado en libación sobre el sacrificio y servicio de la fe de los santos a quienes sirve (Fil 2:17). Ello es un grado de entendimiento claro sobre cómo si la muerte alcanza al siervo de Dios como consecuencia de su arduo esfuerzo en la iglesia, Dios ve esa partida como una ofrenda a la causa de Cristo. La historia de la iglesia se ha escrito sin poder ocultar los nombres de aquellos hermanos que como los héroes de la fe de Hebreos 11, ellos ofrecieron sus vidas en el servicio de Cristo, a fin de obtener mejor resurrección.
 
Amados, cuando trabajamos en la iglesia en medio del fragor propio del campo misionero, o en la fatiga que produce la construcción del edificio espiritual que es la iglesia, debemos estar gozosamente conscientes que estamos trabajando también para el Señor. La iglesia está repleta de Cristo, pues es su plenitud. Lo que hacemos en la iglesia lo debemos hacer como para el Señor quien la satura de sí mismo. Por tanto, Pablo les dijo a los hermanos: Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís (Col 3:23,24). En referencia a los obreros de Cristo, la Biblia autoriza a los que aran y trillan que lo hagan con esperanza de recibir del fruto (1 Co 9:10). Así también, debido a que Cristo lo llena todo en la iglesia, los pastores de los rebaños deben estar seguros que cuando aparezca el Príncipe de los pastores, ellos recibirán la corona incorruptible de gloria (1 P 5:4).
 
Oro para que esta perspectiva del trabajo en el cuerpo de Cristo sirva de aliento a aquellos que siembran con lágrimas. El que la Biblia enseñe que las lágrimas derramadas en el campo de labor se convierten en semillas, debe colocarnos siempre en gloriosa expectativa de gozo (Ver Sal 126:5,6). Después de amonestar con lágrimas a los santos y de decir llorando que algunos son enemigos de la cruz de Cristo (Ver Hch 20:31; Fil 3:18), podemos estar seguros que brotará el regocijo como bendita cosecha del dolor.  Esta es la maravilla de
 
La labor cristiana de la iglesia.
 
En arduo y esperanzador trabajo por el Señor de la iglesia,
 
Vuestro servidor,
 
Pst Eliseo Rodríguez.
Iglesia Monte de Sion
Christian Zion University, Inc.
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