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LA LUZ Y LA SANGRE,  COMPATIBLES Y PROPORCIONALES

LA LUZ Y LA SANGRE, COMPATIBLES Y PROPORCIONALES

¡Cuán relacionadas están la Luz y la Sangre en el Evangelio de Cristo! Millones de seres humanos viven alejados de la Luz. Donde quiera que uno camine, puede encontrar personas taimadas, no transparentes, insinceras, o sea, no viviendo en la Luz. Cristo dijo: “todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Jn. 3:20).
Las siguientes son algunas características de alguien que no anda en la luz de Cristo:

El que anda en tinieblas, se esconde de su hermano. En Isaías 58:7, Dios exhorta a Israel: “… no te escondas de tu hermano”. Si se anda en tinieblas, no se alcanza comunión con los que están en la luz (Ver 2 Co. 6:14). “El que aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas (1 Jn. 2:9).
“El que anda en tinieblas no sabe a dónde va” (Jn. 12:35). Camina sin dirección clara. Tal persona necesita siempre de un ayo, de un conductor para cada paso de su vida (Ver Hechos 13:11). Debido a su opacidad espiritual, no sabe decidir con firmeza.
El que anda en tinieblas tiene una maligna expectación sobre la muerte. El sacerdote Zacarías habló de “… los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte” (Lc. 1:79).
El que anda en tinieblas, ama el hacer malas obras. Cristo testificó en Jn. 3:19, sobre que los que en su época, “… amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. Son “… obras infructuosas de las tinieblas” (Ef. 5:11).
El que anda en tinieblas, está bajo la potestad de Satanás (Ver Hch. 26:18). Hay una jerarquía demoníaca llamada, “gobernadores de las tinieblas de este siglo” (Ef. 6:12). Es “… la potestad de las tinieblas” (Col. 1:13). Las tinieblas son el juicio divino sobre el trono del Anticristo (Ver Ap. 16:10). ¡Qué peligroso es vivir entenebrecido!
El que anda en tinieblas, mantiene en maligna oscuridad las intenciones de su corazón (Ver 1 Co. 4:5).
El que anda en tinieblas no tiene comunión con Dios (Ver 1 Jn. 1:6).
Quizás lo más alarmante sea que si la persona continúa viviendo en tinieblas, la venida del Señor, lo puede sorprender como ladrón (1 Ts. 5:4).
Al cristianismo no se llega por mera afiliación a una comunidad cristiana, ni tampoco, a través de una mental aceptación de cierta doctrina. Se llega a través “del lavamiento de la regeneración… ” (Tit. 3:5). La filosofía atea dice que el hombre es bueno, y solo necesita reencontrarse consigo mismo para hallar el bien que está dentro de sí. Pero la Palabra enseña que el hombre nace espiritualmente enfermo. Debido al pecado heredado del primer Adán, nace destituido de la gloria de Dios, y necesita ir a Cristo para ser perdonados por su gracia y lavado en su sangre (Ver Hch. 26:18; Ro. 3:12, 23).

Cristo dijo a Saulo de Tarso: “… ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz… ”. Ser cristiano trae consigo, dejar la oscuridad y recibir un tipo de conducta que se conforme a Cristo, quien dijo, “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8:12).

Ahora, la fórmula para esa transición de la oscuridad a la iluminación divina, relaciona la luz y la sangre de Cristo. La Palabra dice: “… si andamos en luz como él está en luz… la sangre de Jesucristo su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7). El poder limpiador de la sangre de Cristo se hace valer cuando hay sinceridad, cuando se ora así: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón, pruébame y conoce mis pensamientos… ” (Sal. 139:23-24). Ananías y Safira no fueron alcanzados por la sangre de Cristo, y murieron repentinamente bajo el juicio divino, porque decidieron mantener en oculto su maldad, mintiendo en cuanto a la heredad (Ver Hch. 5:1-11).
Cuando David necesitó perdón y lavamiento de su pecado, tuvo que confesarle al profeta Natán: “Pequé contra Jehová”. En justa respuesta a esa luz, el oráculo divino fue: “También Jehová ha redimido tu pecado; no morirás” (2 S. 12:13). Dios habla en Isaías 1:18 “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta”. “Estar a cuentas”, es poner todo ante la luz de Dios, es sincerarse con él. Entonces, Dios promete: “si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”.

La luz y la sangre son compatibles porque la manifestación de lo primero, da lugar al beneficio de lo segundo. Son también, directamente proporcionales, porque a medida que somos más veraces, tenemos más acceso al socorro de la sangre del Salvador. Tenemos libertad para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, pero se pide esta condición: “acerquémonos con corazón sincero” (Ver He. 10:19, 22). Diariamente debemos ir al Señor y abrir el corazón delante de él, sin reservas. Aunque él es Omnisciente, su trato redentor para con nosotros, exige que le digamos toda la verdad, y que pidamos perdón por todos los pecados, cometidos contra él y contra nuestros semejantes. Entonces, en esa luz, la Sangre opera completa purificación.

Creyendo que la claridad de la verdad es atractiva al poder redentor de la Sangre del Cordero,

Soy vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez
Iglesia E. Monte de Sion,
Miami, Fl. USA.

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