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LA MEDIDA DE NUESTRA ALABANZA

LA MEDIDA DE NUESTRA ALABANZA

La alabanza a Dios es parte inseparable de la oración. Desde el Antiguo Testamento, la alabanza se encuentra como una prioridad en la comunión con Dios. Por eso se recomienda: Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza (Sal 100:4)Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a orar, les instruyó dirigir la oración al Padre que está en los cielos, y la primera parte de esa oración es: santificado sea tu nombre. Cuando la oración termina, vuelve a reconocer la dignidad divina: Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria, por todos los siglos, amén (Mt 6:9-13).
 
Mas, la alabanza a Dios tiene una medida y el Espíritu Santo la reveló en las Sagradas Escrituras. En el Salmo 150:2 leemos: Alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza. La alabanza es reconocimiento de Dios, por tanto, nuestro conocimiento de Él está obviamente vinculado con la medida de nuestra alabanza. Cristo le dijo a la mujer samaritana, vosotros adoráis lo que no sabéis, nosotros adoramos lo que sabemos (Jn 4:22). La iglesia nunca puede ser ateniense en cuanto a levantar un altar al Dios no conocido (Hch 17:23). Una gran parte del fuego extraño que se ofrece en algunos pódiums cristianos, está relacionada con la ignorancia de Dios. Nunca en nuestro entorno ha sido tan fácil acceder a la Biblia como en estos días de asombrosos avances tecnológicos, pero a la vez, nunca ha habido tanto descuido en la lectura de la Palabra. Y esto es crítico, porque la Biblia es la fuente infalible del conocimiento espiritual. Por tanto, nuestro Señor reclama … conocimiento de Dios más que holocaustos (Os 6:6)Cuando el Salmista dice que debemos alabar a Dios conforme a la muchedumbre de su grandeza, está infiriendo que los que alaban tienen un concepto claro de la magnificencia de Dios. Permíteme presentarte algunos cuadros que le dan razón a esta verdad:
 
Job sabía que un pilar en la muchedumbre de la grandeza de Dios, es su Nombre. Una vez exaltó a Dios cuando la realidad visible del momento le podría dar a entender que no estuviese recibiendo ningún bien del Creador. Fue una etapa de muerte general en todo lo más preciado que había tenido. Pero él no midió su alabanza a partir de cuánto Dios le estuviese bendiciendo, sino por el reconocimiento de cuán grande era su Dios independientemente de su situación presente. Por eso, aun cuando la incitación de su mujer fue a maldecir, él se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito (Job 1:20,21). Al oírlo, nos parece como si estuviera saludando de cerca al sabio que escribió: Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado (Prov 18:10). ¡Qué medida de alabanza! El resultado de tal fe, condujo a Job a un galardón divinamente preparado para quienes pueden alabar en medio de adversas circunstancias: Quitó Jehová la aflicción de Job… y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job (Job 42:10). La alabanza alcanza una medida mayor cuando se hace desde lo profundo de una terrible prueba, y cuando desde allí se puede decir: A ti, oh Jehová, levantaré mi alma (Sal 25:1).
 
David conocía a su Dios, y fue el hombre conforme a su corazón (Hch 13:22). No en vano escribió la mayoría de los Salmos que están en la Biblia. Él podía cantar: Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien (Sal 139:14). De David aprendemos que nuestra alabanza sólo se debe medir por el merecimiento que es justo de la excelsitud divina. La grandeza de Dios como Diseñador y Creador dejó absorta el alma contempladora y, como singular adorador, este hijo de Belén proclamó: Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? (Sal 8:3,4). La alabanza que se hace conforme a la muchedumbre de la grandeza de Dios, revela al hombre cuán indigno es del favor celestial.
 
Pablo conocía a Dios de tal manera, que dijo a los Efesios: … por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo… (Ef 3:3,4). Ahora entendemos mejor porqué cuando cantó a Dios himnos, a dúo con Silas, en la cárcel de Filipos, hubo un gran terremoto, las cadenas de todos se soltaron y la salvación divina llegó aun a la vida del carcelero y de su familia (Hch 16:23-34). Fue el mismo Pablo quien enseñó que la medida de nuestra alabanza tiene la misma dimensión de la llenura del Espíritu Santo: … sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones (Ef 5:18,19). Su discurso en Atenas es un compendio de la muchedumbre de la grandeza de Dios, como para invitar a una alabanza inteligentemente:
 
1.     Él es el Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay
2.     Es Señor del cielo y de la tierra.
3.     No habita en templos hechos por manos humanas.
4.     No es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo.
5.     Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas.
6.     De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra.
7.     A sus habitantes les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación.
8.     El propósito es que busquen a Dios, quien ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros.
9.     En él vivimos, y nos movemos, y somos… porque linaje suyo somos.
10.  La Divinidad no es semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres.
11.  Dios ha pasado por alto los tiempos de esta ignorancia y ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan.
12.  Dios ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos (Hch 17:24-31).
 
Amados, así como Job lo hizo desde la profundidad del dolor, igual que David vio su pequeñez cuando contempló la grandeza de Dios, tal como Cristo lo enseñó en el Padrenuestro, de la manera que Pablo presentó al Creador en el areópago ateniense, nosotros debemos completar la medida bíblica de la alabanza. ¡Que nuestras oraciones estén repletas de glorificación a Dios! ¡Que nuestra alabanza esté saturada de asombro por su Majestad! ¡Que los beneficios o las pruebas no hagan variar nuestro debido reconocimiento al Eterno!
 
¡Que alabar a Dios conforme a la muchedumbre de su grandeza, sea
la medida de nuestra alabanza!
 
Con todo amor,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
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