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LA MONOGAMIA ESPIRITUAL DEL CRISTIANO

LA MONOGAMIA ESPIRITUAL DEL CRISTIANO

Cuando Dios estableció el matrimonio, lo hizo monógamo, o sea, que fuera entre dos cónyuges solamente. A esto se le llama monogamia. De ello dice la Palabra: “Varón y hembra los creó Dios” (Gn 1:27). La relación de Dios, tanto con el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento como con la iglesia en el Nuevo Pacto, está establecida sobre el principio de la monogamia. Dios mismo lo dijo en su trato con Israel: “Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia” (Os 2:19). En el Nuevo Testamento, la iglesia ha sido desposada con un solo esposo, para también ser presentada como una virgen pura a Cristo (Ver 2 Co 11:2).
Pero muchos han practicado la poligamia espiritual, desobedeciendo principios elementales establecidos por el Creador. Por ejemplo, en días de Samuel, el pueblo de Israel pretendía ligar su amor a Dios con el culto a los dioses de las naciones, así que, el mensaje del profeta fue este: “Si de todo vuestro corazón os volvéis a Jehová, quitad los dioses ajenos y a Astarot de entre vosotros, y preparad vuestro corazón a Jehová, y sólo a él servid… ” (1 S 7:3). Igualmente, Elías discernió ese horrible mal en Israel, y les dijo a los judíos: “¿Hasta cuando claudicaréis entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle, y si Baal, id en pos de él” (1 R 18:21). Después, en días de Jeremías, Dios se quejó del adulterio espiritual de su pueblo, de esta manera: “Ella vio que por haber fornicado la rebelde Israel, yo la había despedido y dado carta de repudio; pero no tuvo temor la rebelde Judá su hermana, sino que también fue ella y fornicó” (Jer 3:8).
 
El Nuevo Testamento, de igual forma, reprueba el intentar servir a Dios, y a la vez, a los ídolos. A una religión instituida de esa manera se le identifica como la gran ramera, que corrompe la tierra con su fornicación, y Dios juzga y condena tal vileza (Ver Ap 19:2). Los habitantes de Atenas, en días de Pablo, eran muy polígamos. Estaban matrimoniados con muchos dioses, y altares a cada uno de ellos, hasta para el Dios no conocido. Pero cuando el mensajero del Evangelio llegó con la luz de Cristo, les dijo: “Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio”. Entonces les presentó al “… Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay” y les expuso el juico final y el Cristo resucitado, declarando que Dios “… ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hch 17:23,24,31). Allí un grupo de quienes antes practicaban la poligamia espiritual, aceptaron la monogamia de la fe, y vinieron a formar parte de la iglesia, la esposa de Cristo (v. 34).
 
Los cristianos estamos llamados a la monogamia en nuestra relación con Dios. Como iglesia, somos de un solo esposo, Jesucristo. Pero el apóstol Pablo se mostraba temeroso de la infidelidad espiritual de la esposa: “… temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo” (2 Co 11:3). En este mismo sentido la Palabra nos exhorta que no amemos al mundo, ni las cosas que están en el mundo (1 Jn 2:15), y deja claro que los que aman al mundo son almas adúlteras, pues la amistad del mundo es enemistad para con Dios (Stg 4:4). La relación monógama entre el hombre y su esposa, se toma como ejemplo de la relación de monogamia entre Cristo y su iglesia.  Cristo es la cabeza de la iglesia, y a la vez, su Salvador. La Iglesia está sujeta a Cristo. Él “…amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”. Es tan fuerte ese vínculo, que Cristo mismo sustenta y cuida a la iglesia (Ver Ef 5:23-29), y es tan profunda esa relación, que el Espíritu que Dios ha hecho morar en nosotros, nos anhela celosamente (Stg 4:5). Su Espíritu anhela nuestra comunión, nuestra propia vida, y siente celo por nosotros. Esta verdad suena como un himno de un galanteo amoroso sin paralelo. 
 
Y hoy, cuando vivimos al final de esta dispensación de gracia, pero sabiendo que estos son tiempos peligrosos (2 Ti 3:1), es hora de preguntarnos: ¿A dónde iremos? Hay voces que nos intentan seducir a la poligamia espiritual, desde dentro de nosotros mismos, debido a nuestra concupiscencia innata, desde fuera, por el mundo pecador en medio del cual vivimos, y desde el aire a causa de las asechanzas del Maligno. Nuestra respuesta debe ser la misma que Pedro dio a Jesús: “Señor… Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6:68). El sendero al cielo es un camino angosto y se entra por una puerta estrecha (Mt 7:14), pero la gloria que nos espera al final amerita el esfuerzo por entrar. Es que se cuenta por “… bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero (Ap 19:9).
 
El Espíritu y la esposa dicen, ven, a todo aquel que quiera salvarse por gracia y entrar gratuitamente a las bodas con Cristo (Ap 22:17).
 
En Él,
Vuestro servidor,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
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