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LLANTOS MINISTERIALES DEL NUEVO TESTAMENTO

LLANTOS MINISTERIALES DEL NUEVO TESTAMENTO

Los ministros del Nuevo Testamento, desde el supremo ejemplo del Señor Jesucristo, fueron siervos de Dios y de los hermanos (Comp. Mt. 20:26; 1 Co. 3:5; 4:1; Fil. 2:7). Ellos tenían un gran sentido de sensibilidad espiritual, propio de la pureza del corazón y del entendimiento cabal de su misión. Por tanto, hoy les quiero invitar a reflexionar sobre por qué lloran los heraldos de la fe cristiana.
 
En primer lugar, nuestro Señor lloró ministerialmente sobre Jerusalén. Sus ojos que escrutan hacia el futuro, vieron cuando el no conocer el tiempo de su visitación, devendría en un juicio demoledor sobre la ciudad y sobre sus hijos. Este fue el suspiro lloroso del Señor: “¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! ¡Mas ahora está encubierto de tus ojos!” (Ver Lc. 19:41-44). Jesús decía aquellas palabras, en un día bendito para Jerusalén, pues se estaba cumpliendo esta profecía: “Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna” (Zac. 9:9). Sin embargo, los ojos de sus habitantes estaban ciegos, a tal modo, que no reconocieron a su Mesías. Hubo, pues, profundo llanto de compasión humilde, desde el corazón del Cordero redentor. 
 
Jesús lloró también en la muerte de Lázaro. ¡Cuán sensible era frente al dolor de otros! Al igual que su hermana Marta, María estaba embargada de tristeza. “Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba” (Jn. 11:33-36). Él sabe “… compadecerse…” (He. 4:15). Aunque el Señor fue a la tumba a resucitar a Lázaro, y lo hizo, sin embargo, lloró compadecido por la tristeza de sus amados. Aprendamos del Maestro, que somos llamados a vivir entre la gente. Así testificaban de Jesús: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros…” (Lc. 7:16). Juan atestiguó: “Y aquel verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14). Los ministros debemos sentir como nuestro, el dolor de los amados. Con ello concuerda esta encomienda ministerial: “… llorad con los que lloran” (Ro. 12:15). 
 
Un requisito del siervo del Señor, es ser sufrido (2 Ti. 2:24).  Sufridoes también un ingrediente del verdadero amor (1 Co. 13:4). Por tanto, el apóstol Pablo decía a los Filipenses: “… por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal” (Fil. 3:18-19). Así que se producen llantos ministeriales por el comportar malvado de los falsos obreros. Lleva a lágrimas el hecho de que aun trabajando con sacrificio a favor de la Cruz, la labor pudiese resultar como perdida, por la influencia de los obreros fraudulentos (Ver 2 Co. 11:13). Pablo advierte a los hermanos: “… no sea que os hubiese tentado el tentador, y que nuestro trabajo resultase en vano” (Comp. 1 Ts. 3:5). Jesús “… sufrió la cruz” (He. 12:2), y esa cruz seguirá siendo un emblema de dolor, para los que aman su virtud y trabajan por hacer conocer su mensaje de vida eterna. Pero así como van llorando a llevar la preciosa semilla, volverán con regocijo, trayendo sus gavillas (Sal. 126:6).
 
El mismo Pablo lloraba diariamente mientras ministraba en Asia. Lo mencionó en su discurso de despedida en Mileto: “… sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas…” (Hch. 20:19). La humildad ministerial se expresa a veces, en tener que llorar por las almas, cuando se avizora un peligro para ellas. En el versículo 31, les dice: “… por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno”. Posiblemente nunca podremos superar este reporte ministerial de tan sufrido esfuerzo. Así se detallaría su abnegada labor entre los Efesios: Fue en forma constante, sin cesar; por un periodo considerable, por tres años; a toda hora, noche y día; con una difícil tarea, la de amonestar; con sentido de dolor, con lágrimas; en un trabajo personal impresionante, a cada uno. Este es un tipo regio de ministros. Estos son “… los que sembraron con lágrimas” (Sal. 126:5). Son lágrimas de amor (Cf. 2 Co. 2:4); son puestas en la redoma del Señor, y escritas en su libro (Ver Sal. 56:8). Por tanto, el fruto de ellas, aparecerá gloriosamente.
 
El mismo apóstol, avisando a los Corintios de su regreso, les advierte: “Pues me temo que cuando llegue, no os halle tales como quiero… y quizá tenga que llorar por muchos de los que antes han pecado, y no se han arrepentido…” (2 Co. 12:20 a – 21). El rebaño del Señor es vulnerable a situaciones espiritualmente desventajosas. Es ahí donde el concepto ministerial que tengamos sobre la santidad de Dios, influenciará nuestra postura ante el pecado del pueblo. El hecho de que hermanos de la iglesia hubiesen pecado y no mostraran arrepentimiento, era un motivo suficiente para llorar ministerialmente. 
 
De igual forma, el apóstol Juan describe su llorar, mientras se exponía el peligro de que no hubiese ninguno digno de abrir el libro de propiedad de la tierra, y desalojar al usurpador de ella: “Y lloraba yo mucho, porque no se había hallado a ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo”.  A los ministros de Cristo les aflige que el Enemigo pudiera ganar cierta ventaja sobre los predios de Dios. Pero en medio de su desesperación, se le envió a Juan un mensaje que enjugaría totalmente sus lágrimas: “No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos” (Ver Ap. 5:1-5). El Cordero vencedor seguirá siendo la respuesta consoladora a los ministros, cuando haya incertidumbre, cuando estemos enfrentando al Enemigo. Por tanto, se promete a los redimidos, por la eternidad: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Ap. 21:4). 
 
Amados, la cosecha de las almas, amerita de ministros dispuestos a regar con lágrimas la semilla de tan precioso fruto. Debemos preocuparnos cuando nuestros ojos se hayan secado ministerialmente. Siempre hay brechas en las que hacer vallados con clamor y lágrimas, siempre hay una búsqueda divina por hombres que vayan allí a suplicar misericordia (Ver Ez. 22:30). Todavía se oye el llamado del profeta: “Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes, ministros de Jehová y digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo, y no entregues al oprobio tu heredad…” (Jl. 2:17). ¡Una sensibilidad así, justificaría el que fuésemos llamados ministros de Cristo! Pero que nos sirva de consuelo permanente esta promesa: “Si sufrimos, también reinaremos con él” (2 Ti. 2:12). 
 
 
En esa feliz esperanza de gloria, 
 
Vuestro servidor,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
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