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Los Que En Espíritu Servimos A Dios

Los que en espíritu servimos a Dios

La verdadera fe siempre ha estado bajo la amenaza de las falsas doctrinas traídas por los falsos maestros. Una gran parte del Nuevo Testamento traza el necesario contraste entre el evangelio que nos dejó Jesucristo y las falsas interpretaciones de la verdad. La carta de Pablo a los Filipenses es una de esas donde a los ministros de Cristo se les hizo necesario marcar linderos que los diferenciaran de aquellos que se gloriaban en la carne y no en Dios. En Filipenses 3:3 Pablo se identifica a sí mismo y a sus colaboradores como aquellos que sirven a Dios en espíritu. Les invito a mirar algunos aspectos interesantes al respecto:

En primer lugar, Pablo dice que ellos eran la circuncisión. Mas, no se refiere aquí a la circuncisión hecha con mano en la carne, tal como Dios la ordenó hacer a Abraham y a su descendencia (Gn 17:9-14). El mismo apóstol ya había enseñado que aquella circuncisión, ahora en Cristo, nada es.  La verdadera es la que no es hecha a mano, sino obrada por el mismo Dios en el creyente, para quitar de nosotros el cuerpo pecaminoso carnal (Col 2:11). La enseñanza apostólica es que la verdadera circuncisión no es la que se hace exteriormente en la carne, sino la del corazón, en espíritu, no en letra. La alabanza que recibe el que ha sido operado así, no proviene de los hombres, sino de Dios (Ro 2:28,29).

Segundo, Pablo vincula haber experimentado este tipo de circuncisión espiritual con el estar listos para servir a Dios. La manera cómo se le debe servir, es también en espíritu. Sabemos que el término espíritu no es una referencia al Espíritu Santo, sino a esa primera parte del ser que, junto con el alma y el cuerpo, conforman la estructura del hombre hecho a la imagen de su Creador (Gn 1:26,27; 1 Ts 5:23). Es con el espíritu que se sirve a Dios. Para entenderlo, debemos recordar que es precisamente el espíritu el que marca una de las diferencias más notables entre los hombres y las demás criaturas del Universo. La función de este órgano singular es darnos la capacidad de ser conscientes de nuestro Dios y alcanzar comunión con él a través de Cristo el Salvador. El haber sido hechos a la imagen de Dios, que es Espíritu, deja ver que nuestra relación con él debe ser también espiritual. Cristo le dijo a la mujer samaritana que los que adoran a Dios, en espíritu y en verdad es necesario que adoren(Jn 4:24). Y Pablo indicó que el que se une al Señor, un espíritu es con él (1 Co 6:17). A Dios no se le puede servir sin haber recibido una regeneración interna con evidencia en la conducta.

En tercer lugar, servir a Dios en espíritu responde a una necesidad inherente al servicio cristiano. El pasaje de Filipenses 3:3 da la identidad de siervos a estos circuncidados espiritualmente. Un siervo es alguien que está en absoluta disposición para hacer la voluntad del Señor. Por tanto, su agenda de trabajo no es propia, sino de Dios. Un siervo de Dios necesita tener su oído espiritual atento, como estaba el de Samuel, para no dejar pasar la voz de Dios sin poder sintonizarla y ponerla por obra. El mundo está necesitado todavía hoy de hombres que puedan decir como Samuel: habla Jehová porque tu siervo oye (1 S 3:10).

Es igualmente inherente a la obra del que sirve a Dios, tener una buena percepción en su espíritu para saber los tiempos cuando los campos misioneros ya están listos para ser cosechados para el reino de Dios. Los discípulos de Jesús tenían cuatro meses de atraso en cuanto a la cosecha, y el Señor tuvo que marcarles la hora de comenzar a espigar: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega (Jn 4:35).

Es además esencial que, al servir en espíritu, las palabras que se hablen en el círculo ministerial, sean las palabras de Dios. Jesús nos sirve de modelo perfecto también en ello. Él dijo que no hablaba por su propia cuenta; el Padre que lo envió le daba mandamiento de lo que debía decir y hablar (Jn 12:49). En este sentido, un verdadero siervo de Dios, ni siquiera va donde se le ocurra ir a servir. Si sirve a Dios en espíritu, el Señor podría no permitirle ir a ciertas regiones y, en contraste, enviarlo a predicar a aquellas a donde no pensaba antes ir. Nos acordamos que a Pablo y Silas les fue prohibido por el Espíritu hablar la Palabra en Asia. Luego intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió. Entonces, en una visión, el Señor orientó a Pablo que debían ir a Macedonia (Hch 16:6-10). El camino traería dolor, pero la cosecha no se haría esperar.

Cuarto, el servicio hecho en espíritu para Dios tiene como su gloria, la persona de Cristo Jesús. Pablo dijo que ellos se gloriaban en él. El hecho que el mensaje a entregar sea el de Jesucristo y este crucificado (1 Co 2:2), es una dignidad para el que lo predica. Ser vocero del Señor Jesús es participar en el ejercicio de un ministerio de linaje real. No se trata del auto desprecio que pudiera sentir el que predica una religión sustentada sobre arena movediza. Lo que predicamos es el evangelio de Cristo, el Creador del Universo, el divino Hijo de Dios, quien vino a ser Hijo del Hombre al encarnarse en este mundo (Jn 11:27; 1 Jn 5:20). No sólo vino para morir como Cordero expiatorio a nuestro favor, sino para poder llegar a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, y poder compadecerse de nuestras debilidades (Jn 1:29; He 2:17; 4:15). El siervo que trabaja en espíritu para Dios se debe gloriar en Cristo, porque predica el mensaje de aquel que transformó la historia y abrió el Camino nuevo y vivo para que los hombres imperfectos podamos acceder libremente al Lugar Santísimo celestial (He 10:20). ¡Qué gloria debemos sentir al servir en espíritu al Señor! Después que Cristo nos lleve a la cena de las bodas del Cordero, vendrá otra vez aquí con su iglesia y reinará entre los hombres mil años. Se trata de mucho más, pero de nada menos, que del Rey de reyes y Señor de señores. (Ap 19:9, 16; 20:6).

Por último, es muy importante que el que así sirve a Dios, no espere su recompensa de los hombres. No hay nadie que pague mejor que Dios por el servicio que demanda de sus siervos. Hasta prometió que, si se deja todo por él, se recogerá cien veces más, y en el siglo venidero la vida eterna (Mt 19:29). Mas, una de las grandes promesas de Cristo es que donde él estuviere, allí también estará su servidor. Además, prometió que, si alguno le sirviere, su Padre lo honrará (Jn 12:26). Como si aún no fuera suficiente, el siervo que es fiel en lo poco, un día el Señor sobre mucho lo pondrá (Mt 25:21,23). Aunque lo he dicho en muchos púlpitos, me es necesario repetirlo aquí: en el cielo no se van a recompensar rangos o posiciones; se van a recompensar fidelidades.  

Amados, no confiemos en nuestra propia carne, sino tratemos de hacerlo todo para la gloria de Dios, en comunión con él, esperando también del Padre la recompensa de la obra, porque a Cristo el Señor servirnos. ¡Gloria a Dios que nosotros somos la verdadera circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne!

En espíritu y sujeto del Espíritu del Señor, 

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez

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