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MACRO CIELO

MACRO CIELO

Nuestra visión acerca de lo eterno muchas veces se queda corta, cuando tratamos de entender los cielos con la misma dimensión que vemos las cosas de esta tierra. Cuando el apóstol Juan hizo su descripción sobre los cuatro seres vivientes que están alrededor del trono de Dios, no halló a qué igualarlo en este mundo. Entonces, usó el elemento comparativo como, y mencionó que uno era como un león, otro como un becerro, otro tenía rostro como de hombre y el cuarto era semejante a un águila volando. Es que las cosas del cielo son incomparablemente más grandes que las de la tierra (Ap 4:6,7).

Hoy miraremos algunos aspectos de la descripción bíblica sobre la grandeza del tercer cielo.

La primera mirada tiene que ser a aquel quien le da sentido al mismo cielo, esto es, Dios, el Creador de todo. La Biblia lo describe repetidamente como el Dios grande (Dt 10:17; Sal 48:1). El pueblo de Israel vio la manifestación suya sobre el monte Sinaí, y su majestad fue tan temible que los israelitas les dijeron a Moisés: … no hable Dios con nosotros… (Ex 20:19). Isaías tuvo una visión de la gloria de Dios y, con temor profundo, dijo: Ay de mí que soy muerto… (Isa 6:1-5). El apóstol Pablo fue arrebatado al tercer cielo y oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar (2 Co 12:2-4) ¡Qué grande es Dios; su gloria es la iluminación absoluta de la Nueva Jerusalén, donde vivirán los redimidos! ¡Qué grande es el Cordero; él es la lumbrera de dicha ciudad eterna! (Ap 21:23). Si nos tocara comparar la grandeza del cielo con la de Dios, tenemos que admitir que, en verdad, tiene mayor honra que la casa, el que la hizo (He 3:3). 

Pero, hagamos también una parada reverente frente al Trono. Ese no es parecido a un pódium terrenal donde se sientan los reyes de este mundo. El trono de Dios tiene dimensiones tan grandes que la Biblia lo define así: el cielo es su trono (Mt 5:34)Por tanto, una de las funciones asignadas a los cielos es anunciar la gloria del divino rey (Ver Sal 19:1). Debido a que el cielo es su trono, Dios satura el cielo con toda su gloria, con la totalidad de su magnificencia y con su absoluta autoridad. Por eso, los cielos y los cielos de los cielos no lo pueden contener (2 Cr 6:18). El apóstol Juan tuvo una visión de la corte celestial, y, sin referirse a otras criaturas celestes, solamente de los ángeles dijo que su número era millones de millones. Y cuando irrumpieron en alabanza, Juan refiere otra grandeza del cielo al describir el sonido de las voces angelicales allá, pues decían a gran vozEl Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza (Ap 5:11,12). De aquí podemos aprender ¡qué grande es el Cordero de Dios, si para su alabanza se movilizan millones de millones de ángeles en la gloria y la voz de ellos resuena en forma tan gloriosa! ¡Cuán absolutamente sublime es su dignidad, si al cantar en su honor se le entregan los siete atributos que no pueden faltar en los atuendos espirituales del singular Rey.

A la misma vez, Cristo dijo que la tierra es el estrado de los pies de Dios (Mt 5:35). Por tanto, cuando Cristo vino a esta tierra a dar su vida por nosotros, no estaba saliendo de los límites divinos de su habitación. Miles de años antes de Cristo venir como hombre a salvarnos, el Dios trino había venido a hacer al hombre del polvo de la tierra. Después de hacerlo, sopló en él aliento de vida. Adán, el primer representante de Dios en la tierra, se movía con un cuerpo terrenal, pero con la vida que el divino Creador le había alentado (Ver Gn 1:26:27; 2:7). ¡Es verdad que los cielos cuentan la gloria de Dios, pero también debemos cantar con David: ¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! (Sal 8:1).

Por último, no solamente el gran Dios tiene su magnificente trono. La grandeza de Dios en los cielos incluye que es también grande lo que de los cielos desciende. La Biblia enseña que el inmutable Padre de las luces, envía de sí mismo, toda buena dádiva y todo don perfecto (Stg 1:17). Así que, el cielo donde Dios reina, está repleto de toda la bondad y la gracia que emanan del mismo Dios. Pero, nos sería imposible mencionar las buenas dádivas de Dios sin hablar de aquella que justifica aún más lo macro del cielo. El apóstol Pablo se refirió a ella en estos términos: … la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro 6:23). ¡Que don tan perfecto descendió del cielo en la persona de Jesús! ¡Qué gracia tan inmensurable se mostró en el Calvario, cuando el inocente Hijo, pagó con su propia sangre la culpa de todos los pecadores! El hecho que los hombres sentenciados a muerte por su pecado puedan recibir gratuitamente vida eterna, es una dádiva tan grande, que no se puede describir con palabras, porque tampoco la mente humana la puede comprender. El programa salvador elaborado por el gran Dios en el inmenso cielo es tan grande, que nos hace exclamar con Pablo: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Ro 11:33). Por eso, el escritor de Hebreos catalogó nuestra experiencia en Cristo, como una salvación tan grande… (He 2:3).

Amados, el propósito de esta pequeña mirada a la grandeza del cielo, de Dios, de su trono y de su dádiva, es hacer crecer nuestra fe. Continuamente nuestra fe enfrenta retos. Porque creer no es sólo asentir mentalmente la existencia de Dios. Siempre el creer nos desafía a una acción, pues la fe sin obras está muerta (Stg 2:20). Por tanto, para vencer las vicisitudes propias del vivir en un mundo caído, nos hará falta recordar que nuestro Dios es absolutamente suficiente. Nunca se debe hablar de Él en diminutivo, porque sería una afrenta a su propia naturaleza. Nuestro Dios es grande, es gran Rey, el cielo es su gran trono, la tierra es el inmenso estrado de sus pies. Así que, mientras caminemos por este desierto terrenal, recordemos: Dios no está lejos de cada uno de nosotros (Hch 17:27). Y el cielo de Dios tiene una cantidad tan grande de moradas (Jn 14:2), que en uno de los cuadros que Cristo le mostró a Juan sobre el porvenir, el apóstol vio a los salvados en la gloria celestial y los describe como una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero (Ap 7:9).

Por la verdad mostrada en este Eco Pastoral en relación al macro cielo, hoy me despido con las palabras dichas por Saúl a David: Bendito eres tú, hijo mío David; sin duda emprenderás tú cosas grandes y prevalecerás (1 S 26:25). Los que estamos en Cristo somos parte de esa bendición, porque Cristo, nuestro Señor, es el mayor representante de la casa de David.

Con el corazón arrodillado ante la grandeza de Dios, 

Soy vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodriguez

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