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MILAGRO  INDUBITABLE  EN  LA  TUMBA  DE  JOSÉ

MILAGRO INDUBITABLE EN LA TUMBA DE JOSÉ

De la muerte vicaria de Jesús dice la Biblia: “… habiendo obtenido eterna redención”. La obtuvo, “… no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre” (He. 9:12). Cual velo que ha sido roto, abrió el camino para darnos libertad de entrar al Lugar Santísimo, y poder acercarnos confiadamente al trono de la gracia (Ver He. 10:19-20). Nuestro Bendito Señor, después de haber pagado el precio por nuestro rescate en la cruz, fue sepultado.

El sepulcro era nuevo. Jesús había entrado triunfante en Jerusalén cinco días atrás, montado en un pollino al que nadie había usado jamás (Mr. 11:2); ahora está siendo colocado en un sepulcro en el que nadie tampoco había sido puesto anteriormente (Ver Mt. 27:60). José arriesgó su propio sepulcro. Había ganado a Cristo creyendo en él, y ahora se honraba en brindarle su propia tumba para darle una digna sepultura. La ley rabínica de los judíos prohibía que alguien enterrase su familia en una tumba donde yacía el cuerpo de un hombre ajeno. José sí la pudo haber usado en el futuro, pues Jesús resucitó.

Las autoridades judías no quisieron admitir que Jesús acababa de dar la más contundente demostración de su identidad en todo el proceso de su pasión. Por eso, dijeron a Pilato: “Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos” (Mt. 27.64). A pesar de los intentos por evitar un supuesto robo del cuerpo del Maestro, y luego, hacer silenciar la evidencia de su resurrección, la resurrección de Cristo está definida como un hecho histórico. No es un fenómeno sobre el cual se pueda increpar o tomarlo como algo revestido de trapos alegóricos. El apóstol Pablo dijo:

Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación y vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios, porque hemos testificado que Dios resucitó a Cristo, al cual no resucitó si en verdad los muertos no resucitan. Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: aún estáis en vuestros pecados (1 Co. 15:14-17).

En el Salmo 16 tenemos un cuadro patético de la resurrección del Señor, citado por los dos grandes apóstoles, Pedro y Pablo. El Salmo contiene una de las predicciones más precisas del Antiguo Testamento sobre este hecho, dando a cada judío la esperanza de una resurrección corporal del Mesías:

Se alegró por tanto mi corazón y se gozó mi alma; mi carne también descansará confiadamente, porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre (vv. 9-11).

Era imposible que la muerte pudiese retener al dador del agua que salta para vida eterna (Jn. 4:14), “el Pan de vida” (Jn. 6:35), “la resurrección y la vida” (Jn. 11:25), la Vida misma (Jn. 14:6), “el Autor de la vida” (Hch. 3:15), el “Espíritu vivificante” (1 Co. 15:45). Él es garantía de vida para todo aquel que cree en él (Ver Jn. 11:25). Si alguien pudiera comprobar con sólidos argumentos que la resurrección de Jesucristo no es del todo verídica, entonces la autoridad del Señor quedaría completamente desacreditada. Fue él quien más auguró la llegada de este bendito día de vida (Mt.16.21; 17.23; 20.19; 27.63; Mr. 8.31; 9.31; 10.34; Lc. 9.22; 18.33; 24.7).

Los escritores sagrados no fueron idénticos en narrar los acontecimientos. Cada uno vio una parte importante, y lo escribió en manera espontánea y natural. Ninguno estaba de acuerdo con el otro que escribió con diferente designio, para disímiles personas, en otra geografía, en otro tiempo, y bajo diversas circunstancias. Sin embargo, el testimonio de cada uno nos da el todo: Jesús de Nazaret, que fue muerto en una cruz, y colocado en la tumba de José, resucitó corporalmente de entre los muertos, y apareció a muchos de sus seguidores en distintos lugares y circunstancias.

La tumba vacía y los envoltorios fúnebres en su lugar y sin desenvolver, no pueden ser comprendidos a no ser por el milagro de la resurrección. Si Cristo no resucitó, ¿por qué no exhibieron las autoridades judías el cuerpo muerto del Señor, con lo cual hubieran podido silenciar para siempre el milagro predicado por sus discípulos? Por otro lado, la teoría del robo del cuerpo de Jesús, no puede ser más absurda. Basta el tener en cuenta la seguridad que rodeaba la gruta, y la debilidad de aquel diminuto grupo de discípulos acobardados por lo que le había ocurrido a su Señor (Mt. 28:12-15).

Pero aquí vienen tres de las demostraciones más contundentes de su resurrección: Primero, el dramático cambio que se produjo en sus discípulos, transformándolos en personas de tanto valor. Ellos tuvieron tal testimonio personal de que él vivía, que estuvieron dispuestos a presentarse ante las multitudes de Jerusalén, y más difícil aún, ante el Concilio, para declararles con gran poder, el hecho de la resurrección. Con ello, por supuesto, estarían arriesgando sus propias vidas, pues no solo les decían que él vivía, sino: “… negasteis al Santo y Justo… ” (Hch. 2.27; 3.14; 13.35).

Segundo, el maravilloso crecimiento y desarrollo de la Iglesia en la época subsiguiente a la resurrección de Cristo. Todo el proceso realizado con nuestro Señor, se produjo en público, en la apabullada ciudad de Jerusalén en los días de la pascua. Nuestro Salvador se dejó matar a manos de indignos tribunales. Su ejecución fue notoria a muchos, aún a los que pasaban por el camino. Verdaderamente, no hubiese tenido ni un solo seguidor sincero, si éstos no hubiesen podido constatar que su resurrección era un hecho indubitable.

Tercero, todavía Jesucristo sigue cambiando los corazones de millares alrededor del mundo. Su mensaje inmortal ha llegado a los medios masivos de comunicación, ha penetrado la barrera de los idiomas más difíciles de articular, y sin distinción de razas y estatus humanos, Cristo es anunciado, y en esto me gozo y me gozaré aun.

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