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MUERTOS, CON DERECHO A VIVIR

MUERTOS, CON DERECHO A VIVIR

 La inmoralidad sexual de este tiempo del fin, sobrepasa todos los estándares históricos. Cual agua sucia ha logrado manchar la sociedad donde vivimos y convertirla en una comunidad corintia. Pero también ha intentado penetrar la iglesia de Jesucristo, y hacerla liviana y permisiva en cuanto a aspectos fundamentales como la pureza personal, y la fidelidad matrimonial. A nuestro derredor se escucha un suspiro silente de creyentes en Cristo, que ruegan ser libres de diversas ataduras que el pecado pretende apretar despiadadamente sobre sus vidas. La Biblia habla del pecado como algo que nos asedia (He. 12:1). Es una batalla constante qué librar, y sobre la cual nos conviene en forma irreversible, salir victoriosos. No solo se trata del pecado que está en el mundo, sino del que está intrínseco en nuestra naturaleza caída desde el primer Adán (Ver Ro. 5:12). Es el concepto que conocemos teológicamente como la “carne” (Gl, 5:16), la inclinación congénita que traemos hacia el pecado. ¿Habrá remedio? ¿Tiene el Evangelio de Cristo suficiente poder frente al embate del pecado en los hijos de Dios? Sí; hay remedio, y la Biblia lo pone a nuestro alcance. Por tanto, he aquí cuatro postulados bíblicos muy sencillos, pero de gran eficacia al respecto. 
 
El primero“Velad y orad para que no entréis en tentación” (Mt. 26:41). Esto es un absoluto divino. Cristo promete que si velamos  y oramos, no caeremos en tentación. Sí seremos tentados, pero no vamos a caer en el pecado, no vamos a consumar el pecado. ¡Qué reto más precioso, qué galardón más importante! El hijo de Dios que ha decidido vencer, aquí tiene un arma que lo ha de defender. Hay que estar alerta; el Enemigo anda alrededor buscando a quien devorar (Ver 1 P. 5:8). Trace, por tanto, una meta de oración diaria, y sea intransigente en no acostarse a dormir al final del día, sin haber llenado su propósito trazado de oración. ¡Saldrá victorioso en cada tentación!
 
El segundo“Huid de la fornicación” (1 Co. 6:18). Debemos trazar una línea fija de alejamiento de aquello que nos puede hacer caer. José huyó de la fornicación, cuando la mujer de Potifar lo quiso entrampar (Gn. 39:12). Luego lo vemos lleno de éxitos y coronado, premio a una vida que supo trazar linderos respecto al pecado (Ver Gn. 41:37-46). No debemos jactarnos de vana fuerza, acercándonos demasiado a sitios cibernéticos o físicos que proponen la fornicación. Si un cristiano va a triunfar combatiendo contra el pecado, le será necesario establecer límites claros en su conducta moral. ¡Dios lo recompensará! 
 
El tercero es conocimiento. Las Escrituras nos informan que los que practican las obras de la carne, no heredarán el reino de Dios (Ver Ro. 1:32; Gl. 5:21). No permitamos que ninguna voz del Enemigo sea más creíble que lo que Dios nos ha dicho en su Palabra. En cuanto a esto, falló Eva en el Edén (Ver Gn. 3:4-6). Debemos conocer las consecuencias fatales de vivir pecando, creerlas y así crecer en el temor del Señor, para no pecar contra Dios (Ver Sal. 119:11; 1 Jn. 2:1a). La voz de la cultura pagana moderna es apabullante en cuanto al libertinaje sexual. ¡Cómo se intenta públicamente licitar el pecado, la autosatisfacción. Pero realmente las consecuencias que reciben  los que se entregan a la perversión  sexual, son fatales, y a veces, irreversibles: “… recibiendo en  mismos la retribución debida a su extravío” (Ro. 1:27). Siempre la Palabra de Dios tiene la razón. La debemos conocer.
 
El cuarto: “… consideraos muertos al pecado. El apóstol Pablo hace un paralelo maravilloso entre la muerte, sepultura y resurrección de Cristo, y la vida cristiana victoriosa. Cristo, “… en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Ese es, incluso, el significado del bautismo cristiano, y es el motivo que justifica el administrarlo solamente por inmersión. El sentido práctico de este morir para vivir es que no le debemos permitir al pecado reinar en nuestro cuerpo. Por el contrario, nos debemos negar a obedecerlo en sus concupiscencias. Dios nos ha dado espíritu de dominio propio (2 Ti. 1:7). Así que debemos usarlo para decirle un rotundo no al reclamo del pecado por esclavizarnos. Se enseña, además, que debemos considerar nuestros cuerpos como que han muerto, en lo relacionado con el pecado. El consejo es que no presentemos nuestros miembros corporales como instrumentos de iniquidad, sino presentarlos a Dios como instrumentos de justicia (Ver Ro. 6:1-13). 
Amados, “… nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús… ”. Pero miremos qué recompensa: “… para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal” (2 Co. 4:11). Cuando “… con Cristo estoy juntamente crucificado… ”, es cuando obtengo este intercambio vivificante “… vive Cristo en mí” (Gl. 2:20 b). 
Un canto así podemos entonar entonces:
 
·      “Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección” (Ro. 6:5).
·       “Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (v. 8).
·       “… el pecado no se enseñoreará de vosotros… ” (v. 14).
·       Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (v. 23).
 
Los cristianos debemos “tomar la cruz”, pero se nos ofrece la corona de la vida (Ap. 2:10).
Somos como muertos, pero con derecho a vivir eternamente.
 
 
Vuestro en el Resucitado,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
Iglesia E. Monte de Sion
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