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NO CUALQUIERA ORA EL PADRENUESTRO

NO CUALQUIERA ORA EL PADRENUESTRO

La oración del Padrenuestro, como la conocemos, está impregnada de una inmensa gama de verdades cristianas. En ella se nos enseña, no solo a orar correctamente, sino a comprender el ideal más sagrado de los hijos de Dios. Te invito a dar una mirada al padrenuestro de Jesús. 
 
Lo primero que llama mi atención, es que esta oración está conectada a la identidad de sus usuarios. Por tanto, no es un mero rezo que se pudiera hacer sin ser. ¡Cuantos se saben de memoria el padrenuestro, pero no tienen la identidad que Jesús reclama que debe tener quien lo ora! Esta oración solamente la pueden hacer quienes sean verdaderamente hijos de Dios. Lo sabemos, pues al comenzarla, encontramos la palabra: Padre. Por tanto, es un hijo quien ora aquí. Es por el Espíritu de adopción que podemos humillar el corazón para decirle a Dios, Abba Padre (Ro. 8:15). Acerca de este milagro, el apóstol Juan dice: “Mirad cual amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn. 3:1). 
 
Lo segundo interesante en esta plegaria, es que necesitamos entender nuestro espacio en el cuerpo de Cristo. No se debe orar el Padrenuestro sin haber experimentado esto: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (2 Co. 12:13). El Padrenuestro es una oración de carácter plural; se hace al “Padre nuestro”. Quien ora es uno que tiene hermanos en la fe. Cristo nos ha salvado individualmente, pero el Espíritu Santo nos ha hecho inmersos en el cuerpo de Cristo, en la iglesia. Por tanto, nuestra relación con los hermanos de la fe, está estrechamente vinculada con el privilegio de dirigirnos al Padre celestial. Jesús enseñó que no se debe ofrecer algo a Dios, siendo indiferente a la ofensa cometida previamente contra el hermano (Ver Mt. 5:23-24).
 
Lo tercero sobresaliente en esta invocación, es que el enfoque primario al orar al Padre, no son nuestras necesidades materiales, sino la santificación de su Nombre. Esta primera petición del Padrenuestro involucra al mismo implorador. Es que el Nombre del Señor es santificado no solo cuando proclamamos Santo al Señor a través de nuestros labios, sino cuando vivimos vidas piadosas delante de los que no conocen al Padre. Cuando no se vive acorde a los requerimientos divinos, “… el nombre del Señor es blasfemado entre los gentiles” (Ro. 2:24). Se debe evitar que el nombre del Señor sea blasfemado (Ver 1 Ti. 6:1). Así que cuando oramos, “santificado sea tu nombre”, estamos a la vez diciéndole a Dios: “Permítenos vivir a la altura de la santidad de tu nombre”. Entonces se cumplirá que los hombres, “… vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16).
 
En cuarto lugar, por el Padrenuestro conocemos más sobre el gobierno de Dios, cuando orando, le decimos: “Venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Dios ejerce sus dominios divinos a través del establecimiento de su santa voluntad. Los hombres impíos tienen la libertad de decir acerca de Dios: “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Ver Lc. 19:14). Pero los que somos hijos, nos hemos despojado de vivir a nuestra forma, y ahora con gozo le rogamos al Padre por la entrada de su reino, donde él es obedecido, donde su voluntad agradable y perfecta es acatada. El reino de Dios debe ser pedido para que en la misma dimensión en que él gobierna en el cielo, así también lo haga en esta esfera terrenal. Por tanto, una respuesta contundente al respecto, nos convertiría en partícipes voluntarios y gozosos de la perfecta voluntad del Padre celestial. 
 
En quinto lugar, en el Padrenuestro, la petición por la provisión  del pan cotidiano, queda ubicada justamente luego de haber velado esmeradamente por la glorificación del Nombre del Señor y el celo por la ejecución absoluta de su voluntad. Es entonces que Jesús nos enseña a decir: “… el pan nuestro de cada día dánoslo hoy”. La moraleja entre líneas es, primero, que se come el pan inmerecidamente, cuando se vive alienado del amor a Dios y de la obediencia a sus preceptos. Es entonces cuando se recibe del Padre celestial, el sol y la lluvia, siendo malos, solamente por el don de la misericordia de Dios (Ver 5:45). La moraleja es también que, en el diseño de Dios está lo que se conoce como “el pan de los hijos” (Ver  Mt. 15:26). La manera más digna de comer el pan diariamente, es pidiéndolo al mismo Padre cuya gloria nos interesa guardar, y cuyos preceptos nos incumben obedecer. 
 
En sexto lugar, los mismos hijos no están exceptos de errar el blanco, a veces. Somos criaturas de Dios siendo restauradas de la caída original del pecado. Aunque quienes oran son hijos, todavía son consciente de sus yerros, y necesitan en forma continua pedir el perdón por sus pecados. Jesús evidencia además, que el pecado es como el contraer una deuda con el acreedor divino. Por tanto, los hijos, debemos venir y estar a cuentas con el Señor (Cf. Isa. 1:18). Reconocer nuestros errores ante la presencia de nuestro Dios, es la primera puerta de entrada al perdón del Justo Salvador. Mas, los que oramos el Padrenuestro aprendemos que el conceder de la gracia divina a los hijos cuando piden perdón por sus faltas, está absolutamente vinculado con la capacidad de los mismos para dar a otros, ese mismo perdón que piden recibir del Padre. Por eso, la manera justa de pedir esta gracia es así: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Cristo hace esta promesa: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial” (Mt. 6:14).
En séptimo lugar, esta oración nos enseña que es prerrogativa del Padre celestial, el guardarnos de caer. Por tanto, los hijos oran: “Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal”. La Palabra dice: “Sabe el Señor librar de tentación a los piadosos… ” (2 P. 2:9). Dios “… es poderoso para guardaros sin caída” (Jud. 24). Es el Padre quien nos concede vivir en santidad. Esto pidió Jabes: “… si me libraras del mal, para que no me dañe” (1 Cr. 4:10). Cuando el Padre nos concede ser librados así, es porque nos ha dado además, discernimiento. Tentación es el ardid diabólico de presentar el pecado como algo prometedor, no tan ofensivo a Dios y que nos pudiera deparar alguna ventaja especial. Pero el Padrenuestro respondido, se traduce en ver el pecado tan venenoso como realmente es, y en recibir el entendimiento de que “… la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Ver Sal. 93:5). Finalmente Cristo nos presenta la autoridad paternal divina que se expresa en librarnos del mal, como la expresión de esta verdad irrevocable: “Porque tuyo es el reino, y el poder y la gloria, por todos los siglos… ”. Así que por cuanto nuestro Padre es el dueño y Señor del reino, en el cual él ejerce su absoluto poder, y lo hace como el único digno de toda gloria, es también él quien únicamente puede librar del feroz tentador a sus hijos amados, y darles de la participación eterna de aquel reino que no tendrá fin (Ver Lc. 1:33).
Me despido ahora, sin dejar de orar la última palabra del Padrenuestro,  A m é n.
 
Vuestro en Jesús,
Pastor,  Eliseo Rodríguez.
Iglesia Evangélica Monte de Sion,
Miami, Fl. USA.
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