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NO LO HACE SIEMPRE IGUAL

NO LO HACE SIEMPRE IGUAL

La Biblia habla en términos superlativos al referirse a los caminos de Dios: “Cuan insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos” (Ro 11:33). Dios es diverso en la manera como lleva a cabo sus operaciones. Así como nunca ha nacido un ser humano igual a otro en estos seis milenios de historia humana, Dios nunca ha repetido el patrón al hacer sus maravillosas obras. Un espacio en las Escrituras de donde podemos aprender más acerca de la forma diversa como obra Dios, es el ministerio de compasión de Jesús para con los que necesitaron luz en sus ojos. Detengámonos un momento en la contemplación clara de esta verdad sagrada: 

En realidad, nos quedamos a la expectativa cada vez que estudiamos un pasaje donde Cristo sanó a algún ciego. ¿Cómo lo hará esta vez? Él no lo hace siempre igual. 

En primer lugar, cuando sanó a Bartimeo de su falta de visión física, lo primero que hizo Jesús fue preguntarle cuál era su petición específica. Cuando el débil mendigo dijo que su petición era recobrar la vista, Jesús lo sanó con la Palabra. Así le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Con aquella expresión del ungido Sanador, la luz entró maravillosamente en los ojos que antes estaban en oscuridad y, en gratitud, Bartimeo siguió a Jesús en el camino (Ver Mt 10:46-52).

Jesús responde a peticiones reales hechas con esa fe que demanda perseverantemente un milagro.

 El segundo portento de sanidad en la vista lo narra también Mateo. Esta vez son dos ciegos, quienes, como Bartimeo, estaban también sentados junto al camino, y, como él, también ellos clamaron al Hijo de David por misericordia. De Bartimeo sabemos que pidió recobrar la vista, lo cual indica que la había perdido previamente. Pero de estos ciegos sabemos que cuando Jesús inquirió qué querían que hiciera por ellos, los dos respondieron: Que sean abiertos nuestros ojos. Cuando Jesús oyó esta petición, sintió compasión de ellos y los sanó usando sus manos: les tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista… Igual que Bartimeo, ellos también siguieron al Señor en el camino (Ver Mt 20:29-34). En esta entrega de luz, resalta la compasión que siente nuestro Señor por los que sufren. Ese atributo de su amor lo usa ahora como nuestro sumo sacerdote, porque todavía sabe compadecerse de nuestras debilidades (He 4:15).

El tercer testimonio del poder sanador de Jesús para con un ciego ocurrió en la ciudad de Betsaida. Un hombre privado de su vista fue traído por otros delante del Señor, y fueron ellos mismos los que rogaron al Señor que lo tocase. La manera cómo le dio el milagro de sanidad a éste fue distinta a otras. El Señor tomó de la mano al hombre y lo sacó fuera de la aldea. Esta es la descripción del milagro:escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima, y le preguntó si veía algo. El, mirando, dijo: Veo los hombres como árboles, pero los veo que andan. Luego le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo que mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a todos (Mr 8:22-26). Jesús nunca defrauda la fe de los que interceden por otros, los que saben que de su mano brota virtud sanadora. Además, la operación de sanidad de Cristo nunca es parcial, sino completa. Y no hace solamente lo que le pedimos, sino mucho más abundantemente de lo que pedimos y entendemos (Ef 3:20).

Juan describe el cuarto milagro de sanidad hecho por Jesús a otro ciego, donde se aprecia la diversidad de las operaciones de Cristo al sanar. Al pasar por el camino el Señor vio a un hombre ciego de nacimiento. Ante la pregunta de si la enfermedad de aquel era por pecado propio o por el de sus padres, Cristo dijo que el pecado no era la causa de aquel padecimiento, sino para que las obras de Dios se manifestaran en él. Al decir esto, Jesús obró sanidad en los ojos de una manera no común: escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo (Jn 9:1-7). Una prueba a la obediencia fue necesaria en este caso para que el milagro de luz ocurriera. Cristo obra de muchas maneras, pero siempre busca una actitud de humildad y obediencia a su Palabra. Su poder se manifiesta donde se le obedece de manera incondicional.  

Amados, todos nosotros necesitamos luz en nuestros ojos. Si necesario es el sentido de la vista física para poder movernos con éxito en esta esfera, imprescindible es también que los ojos de nuestro entendimiento sean abiertos. El salmista lo reconoció al exclamar ante Dios: Abre mis ojos y miraré las maravillas de tu ley (Sal 119:18). El que así oró sabía de las maravillas que hay en la Palabra, pero reconocía que no las podía entender sin que Dios le abriera sus ojos espirituales. Pablo fue mucho más profundo al respecto. Su clamor por los hermanos Efesios da a entender que ellos no estaban totalmente ciegos en su entendimiento, porque ya Aquel que es la luz del mundo, les había sido presentado, pero aún les faltaba una iluminación mayor en el conocimiento del Señor. Así que pidió a Dios que les alumbrara sus ojos. Con ese milagro de luz espiritual, podrían saber más de la esperanza a que habían sido llamados, más de las riquezas eternas de su herencia y más del supereminente poder de Dios para con ellos. ¡Pidamos fervientemente al Padre de gloria que abra e ilumine nuestros ojos espirituales! ¡Dios nunca negará una petición tan piadosa!

Si nuestros ojos se abren, podremos ver mejor la gran necesidad que este mundo padece en las tinieblas del pecado. El camino de los impíos es como la oscuridad; no saben en qué tropiezan (Prov 4:19). Debido a esa ceguera, hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte (4:12). Cristo, el único que pudo personificar la luz, dijo: Yola luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas (Jn 12:46). Hay ciegos, que están en tanta tiniebla que no clamarían por sí mismos a Jesús en busca de la Luz. Pero nosotros, como iglesia, tenemos con ellos un múltiple deber: Primero, orar para que se conviertan de las tinieblas a la luz (Hch 26:18). Segundo, como hicieron los amigos de Betsaida, ir a buscarlos donde estén y traerlos a Cristo para que reciban la luz de su gloria. Tercero, hacerlos discípulos para que el resplandor de Dios llegue a sus corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (Ver Mt 28:19 a; 2 Co 4:6). 

Cuando tengamos necesidades especiales y atravesemos circunstancias muy difíciles, no tratemos de aconsejar a Dios sobre la forma cómo debe obrar. La manera como Él resolverá el problema será muy diversa. Aun cuando oremos por nuestros seres amados que están en la oscuridad, tengamos confianza. La forma y el tiempo en que Dios hará su obra, siempre nos dejará absortos porque Él

No lo hace siempre igual.

 

¡Dando gloria a nuestro Salvador!

A vuestro servicio,

Pst. Eliseo Rodríguez.

www.iglesiamontedesion.org 

www.christianzionuniverstiy.org

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