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NO QUIERO QUE VUELVA A SUCEDER

NO QUIERO QUE VUELVA A SUCEDER

Dios tampoco quiere que vuelva a suceder. ¿Me estaré refiriendo a malos acontecimientos? Cuando hemos pasado por ellos, no queremos que regresen otra vez. La gracia de Dios viene y nos ayuda a atravesarlos, pero a pesar de la innegable consolación del Espíritu Santo, le hemos rogado a Dios, que no vuelvan a suceder. Los que nos aman, nos desean que no nos acontezcan otra vez. 
 
En este mes de Julio, mi familia y yo estamos arribando a un evento familiar, que no queremos que vuelva a suceder. Entre el evento en sí, y nuestro deseo de que no se repita otra vez, hay una aparente controversia. ¿Has llegado a experimentar momentos realmente buenos en la vida, hasta aprobados por Dios, pero que una vez que han sucedido, no quieres que se repitan más? Como este tipo de identidad de situaciones, y de este modo de reaccionar ante ellos, no abundan muchos otros casos en este mundo. La gente se niega a atravesar resueltamente otra vez por un oscuro valle de lágrimas. Pero casi todo el mundo, deseara que cada buena dádiva de Dios, venga sobre nosotros frecuentemente.
 
Aquí está el dilema. La experiencia por la que nuestra familia atraviesa este fin de semana, tiene carácter sagrado, es algo que Dios aprueba, hasta es la correspondencia obediente a un mandamiento del mismo Dios. Pero aun así, no queremos que vuelva a suceder. En una reunión privada en el el seno de mi propia casa, nos hemos puesto de acuerdo, en que lo que sucederá en estos días entre nosotros, sea por esta sola ocasión. Inmediatamente les cuento el suceso:
 
Ya hace más de dos décadas, cuando pastoreábamos una creciente congregación en Cuba, Dios nos hizo un delicado regalo: Nos dio, una niña preciosa, luego de haber tenido el privilegio de haber visto nacer y crecer por cuatro años a nuestro primogénito varón, Jahaziel. Entonces, tuvimos que decir otra vez con alegría: “Herencia de Jehová son los hijos, cosa de estima el fruto del vientre” (Sal. 127:3). A ambos, respectivamente, los trajimos al templo, para presentarlos al Señor (Ver Lc. 2:22-27). Sabíamos que de ellos es el reino de los cielos, por eso los dejamos venir a Cristo, y no se lo impedimos (Cf. Mt. 19:14). Mas, aunque un día muy pronto, el tiempo no sería más (Ap. 10:6), todavía en esta esfera, los años pasan tan veloces como la neblina (Stg. 4:14). Sin lograr el anhelado instinto por detener el reloj en los tiernos momentos de la niñez, nuestros hijos llegan a ser como plantas crecidas en su juventud (Sal. 144:12). Y el siclo de la vida se repite sin pausa, para hacernos volver a decir amén a esta verdad: “Honroso sea en todos el matrimonio” (He. 13:4). 
 
Se trata de que mi preciosa hija, Eunice, la única niña que Dios nos dio, se casa. Eso quiere decir, lo que ningún padre quiere que signifique, se va de casa. Pero es un diseño de Dios. El serlo, es lo que enjuga el dolor que se siente cuando casi ya se nota el vacío en el nido donde se forjó tanto de su vida, de su carácter, de su fe. Además, ayuda, el que mi hija se casa con David, un joven cristiano, que viene de generaciones de fe, que lo hemos conocido por años, desde pequeño, y vimos que ha logrado prevalecer en el Señor, aun ante el viento huracanado de la tentación, del mundo, del Enemigo. Creemos que será él un amante fiel de nuestra hija, y que recibirá como intercambio, el amor y la ayuda idónea que Dios le ha designado para que no se sienta solo (Ver Gn. 2:18). Suplico al Omnipotente que en el nuevo hogar, se amalgamen, la virtud de un hombre que sepa tener su propia esposa en santidad y honor, y la fidelidad permanente de una esposa sabia, que puede también edificar su casa (Comp. 1 Ts. 4:4; Prov. 14:1). 
 
Cuando oficie la Ceremonia de Nupcias de mi hija este fin de Semana, en un templo cristiano de esta ciudad, y frente a muchos testigos, después de haber implorado la bendición del divino Padre, al final, me haré eco de las Palabras del mismo Señor: “Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mt. 19:6). Es este concepto de pacto permanente que la Biblia concede a la unión matrimonial, lo que me hace concluir:
 
Mi hija amada, se casa.
Dios quiere que sea una sola vez,
Por tanto, no quiero que vuelva a suceder.
 
Yo anhelo en Cristo, que cuando nuestros nietos también se casen, en cada uno, sea una sola vez, una unión que no vuelva a suceder.
 
Deseo lo mismo para las familias de los amados lectores de este Boletín,
 
Soy vuestro servidor,
 
Pst. Eliseo Rodríguez
 
(Escrito para la ocasión de la boda de mi hija Eunice, el día 30 de Julio del año 2016).
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