skip to Main Content
ORAR NO SE HACE SOLO ORANDO

ORAR NO SE HACE SOLO ORANDO

Hoy, mientras oraba con un grupo de hermanos en el Templo a las 5.30 de la madrugada, el Espíritu Santo, trajo a mi corazón el tema de este Eco Pastoral. Es que la oración es la respiración del alma. Tiene un valor fundamental para el cristiano, y para la iglesia en sentido general. Ella brota en forma natural cuando se recibe la vida de Dios, de igual manera que Adán estaba listo para hablar con su Creador, cuando recibió el divino aliento de vida. El tener comunión íntima con Dios es un indicativo de salud espiritual. Cristo habló de la oración perseverante diciendo que era una necesidad (Lc. 18:1). Mucho de la obra de Dios en este mundo, depende de nuestra gestión a través de la oración intercesora. Jesús deja ver en sus enseñanzas que recibir dádivas divinas, hallar bendiciones y ver las puertas abiertas, está muy relacionado con la oración (Ver Mt. 7:7). Pablo decía comúnmente en sus cartas: “Siempre orando por vosotros… ” (Col. 1:3). En la misma Epístola cita a Epafras, un consiervo del ministerio, y dice de su ejemplo como intercesor: “… Siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones… ” (4:12). El inspirado apóstol consideraba que la oración es una ayuda extraordinaria para los ministros, por lo cual solicitó de los cristianos: “… os ruego… que me ayudéis orando por mí a Dios” (Ro. 15:30).

Las iglesias que cuidan los “altares” de oración, crecen sanas, y la espiritualidad de los creyentes se hace evidente en sus reuniones y en la marcha cotidiana de su peregrinaje misionero. ¡Qué reto, por tanto, es el que tengamos un celo ferviente a favor de la oración, como individuos, como familias y como Iglesia!
Mas, orar no se hace solo orando. La fórmula sagrada para la efectividad de la oración contiene algunos ingredientes inseparables de la práctica misma de orar. Aunque nos vamos a referir específicamente a uno de ellos, no debemos dejar de anotar que debemos orar al Padre en el Nombre de Jesús (Jn. 14:13), y no descuidar al hacerlo, esta lista: “… acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura” (He. 10:22).

Ahora vamos al elemento tan significativo al que siento referirme, cuando se trata de orar. Debido a que orar no es solo decir palabras, se necesita una actitud interna, de orientación vertical, la misma que aparece en 2 Cr. 7:14, establecida por el mismo Dios: “Si se humillare mi pueblo sobre el cual mi Nombre es invocado… “. La expresión siguiente a esta es, “… y oraren… ”. ¡Qué curioso que aunque la oración es tan vital, Dios no comienza diciendo: “Si mi pueblo hiciere oración”,sino, “si se humillare mi pueblo”! Entonces, podemos hacer doctrina aquí, y establecer a la luz de la Palabra, que si a la oración le faltare la humillación del corazón, no sería acepta delante de Dios. Por ejemplo: El ciego de nacimiento que Jesús sanó, dejó ver que los pecadores también a veces oran, pero él dijo: “… Dios no oye a los pecadores… ” (Jn. 9:31). Esto concuerda perfectamente con la historia que el propio Cristo relató sobre dos hombres que subieron al templo a orar. Uno era Fariseo, el otro, Publicano. El primero, sin postrarse, decía de pié, pretendiendo que estaba siendo oído por Dios, pero en verdad estaba hablando consigo mismo, con una actitud irreverente y de orgullo espiritual: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres… ”. Su oración consistió, entonces, en tres críticas a los demás, una expresión altanera sobre su superioridad respecto a quien oraba a su lado, y un buen alago propio a dos buenas virtudes que decía tener. El otro que también oraba en el templo, tenía una posición diametralmente distinta: “… estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador”. El Señor nos dejó el veredicto divino sobre cual de los dos verdaderamente obtuvo resultado. Citando primero al que se humilló, dijo: “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido (Ver Lc. 18:10-14). Lo dijo el rey David, orando una vez: “Al corazón contrito y humillado, no despreciarás tu, oh Dios” (Sal. 51:17).

Es determinante hoy en día orar con efectividad, debido a los tiempos proféticos tan sensibles que estamos viviendo, en la cercanía de la Venida del Señor. Por cuanto hay que gestionar hasta que él venga en favor de la salvación de muchos, es sumamente importante que haya en nosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual “… se despojó a sí mismo… se humilló a sí mismo… ” (Ver Fil. 2:5-10). El Maestro de la oración, es también el Maestro de la Humillación. Nunca tengamos envidia del arrogante, que trata a Dios con irrespeto y que puede mostrar superficialmente la “grandeza de su fe”. Por el contrario, humillémonos siempre bajo la poderosa mano de Dios, reconozcamos nuestra pequeñez en relación a Su grandeza, y entonces podremos estar seguros que Él oirá nuestra oración desde los cielos, perdonará nuestros pecados y sanará nuestra tierra”, porque ORAR NO SE HACE SOLO ORANDO, SINO HUMILLÁNDONOS ANTE SU MAJESTAD.

En actitud de humilde oración,
Vuestro en Cristo,

Pst. Eliseo Rodriguez

Back To Top