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¿POR QUÉ HACE ÉL MILAGROS?

¿POR QUÉ HACE ÉL MILAGROS?

Antes de comenzar su ministerio público, durante la tentación en el desierto, Jesús no hizo el milagro de convertir las piedras en pan (Ver Mt 4:3,4). Sus milagros no serán nunca en respuesta a una pretensión engañosa del Enemigo. No hizo milagros tampoco ante Herodes, quien quería sólo saciar su curiosidad de verlo hacer alguna señal (Lc 23:6-9). Jesús tiene motivaciones muy definidas cuando hace sus portentos extraordinarios. Por supuesto, Él hace milagros porque tiene compasión de los necesitados, como testifican estas escrituras: Mt 14:14; 15:32-38; 20:29-34.

Pero, además, los milagros de Jesús muestran objetivos que van más allá del alivio físico del dolor humano. Miremos algunos de estos:

En primer lugar, miremos a Jesús al ejercer su poder para sanar a un hombre paralítico, al cual bajaron por el techo de la casa hasta ponerlo frente a Él. Aunque el hombre requería sanidad, Jesús atendió primero la necesidad mayor. Por eso, le dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. Cuando los escribas oyeron esta palabra, la calificaron como blasfemia, diciendo: ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? Pero, luego, Jesús hizo el milagro de sanidad, diciendo al paralítico: A ti te digo, toma tu lecho y vete a tu casa. El hombre quedó sano, tomó su lecho delante de todos y anduvo. Todos los que lo vieron se maravillaron y glorificaron a Dios.  Pero el Señor dijo a sus detractores antes de sanar al paralítico, que aquel milagro lo hacía para que supieran que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados. Si Él tiene poder para sanar una parálisis semejante, ¿cómo no podría declarar perdonado a aquel pecador? Su ministerio público estuvo marcado por ministrar perdón a los pecadores (Lc 7:47,48; Jn 8:10,11). ¡Qué obra de misericordia incomparable! Del mismo Salvador que brotó la sanidad, emanó primero la gracia suficiente para declarar perdonado al pecador enfermo (Ver Mr 2:1-12). Esta es también nuestra historia. Estábamos imposibilitados de andar en el camino recto de Dios, debido a la inclinación hacia el mal que traemos desde Adán (Ro 5:19 a). Pero Cristo, primero nos libera de nuestra culpabilidad, al perdonarnos y, luego, endereza nuestros pies para que podamos correr la carrera que tenemos por delante (Ver Sal 5:8; He 12:1).

La segunda causa por la que Jesús hace milagros es para dar conocimiento de su Deidad. Desde la cárcel, Juan el Bautista envió dos de sus discípulos a preguntarle a Jesús: ¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro? Esta pregunta no significaba que Juan tuviese alguna duda sobre la divinidad de aquel a quien personalmente había bautizado y sobre el cual había visto descender el Espíritu Santo (Jn 1:32-34). Juan habría de morir en aquella cárcel por mandato de Herodes (Mr 14:1-12). Pero, oportunamente, envió a estos dos discípulos para que tuviesen la evidencia de primera mano, que verdaderamente Jesús es el Mesías. El Señor no respondió exactamente con palabras la pregunta de los discípulos de Juan. Así fue su respuesta: en esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista. Entonces mandó a los mensajeros que testificaran a Juan de lo que ellos habían visto y oído (Ver Lc 7:18-23). A partir de aquella prueba irrefutable, ahora, no solo Juan, sino también sus discípulos eran testigos presenciales que Jesús era el Hijo amado de Dios, el verdadero Mesías de Israel. Jesucristo es Dios, y por esa identidad divina, tiene todo el poder para salvar y para resolver los grandes problemas que aquejan al ser humano. Debemos anhelar que nuestra generación tenga también una experiencia personal con Cristo. Así será fuerte e inconmovible su fe.

En tercer lugar, Jesús hace milagros para causar arrepentimiento y conversión a Dios en las almas. Algunas de las ciudades en las que había hecho muchos de sus milagros, viendo tantas maravillas, no se habían arrepentido. Por tanto, Él dijo a los habitantes de Corazín y Betsaida, que si en Tiro y en Sidón se hubieron hecho los milagros que se hicieron entre ellos, aquellos se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza. El Señor les dijo también a los habitantes incrédulos de Capernaum que si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se hicieron allí, aquella ciudad habría permanecido para siempre, o sea, se hubieran vuelto de su pecado y hubieran hallado el perdón de Dios (Ver Mt 11:20-24). Se contrae una responsabilidad cuando los milagros divinos suceden. Dios hace esos milagros, aun entre los inconversos, con el propósito de llamarles al arrepentimiento. La Biblia dice que la benignidad del Señor guía al arrepentimiento (Ro 2:4). 

Pedro visitó a Eneas en la ciudad de Lida, un hombre que estaba por ocho años en cama, paralítico. Cuando Pedro lo vio, le dijo: Eneas, Jesucristo te sana, levántate y haz tu cama. Enseguida él se levantó. Allí el poder sanador de Jesús logró el objetivo trazado, traer arrepentimiento.  Este es el testimonio: Y le vierontodos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor (Hch 9:32-35).

En cuarto lugar, Cristo hace milagros para glorificar al Padre. Cuando Cristo oyó que su amigo Lázaro estaba enfermo, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios.Momentáneamente, y con propósito especial, la muerte física llegó al cuerpo de Lázaro. Pero el Señor había dicho que aquella muerte era como un sueño de su amigo y que Él iba para despertarlo. Para el Señor era una realidad absoluta la resurrección de su amigo, pero los pensamientos de las dos hermanas de Lázaro eran completamente distintos. Por eso, Marta tuvo que oír la Palabra gloria, la misma que ya Jesús había usado para calificar el porqué de la enfermedad de Lázaro. Así le dijo Jesús a la llorosa hermana: … ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Finalmente, Cristo alzó su voz de vida, llamó a Lázaro y lo resucitó después de haber estado cuatro días en el sepulcro (Ver Jn 11). Fue tan glorioso el milagro, que los líderes judíos tuvieron que admitir acerca de Jesús, … el mundo se va tras Él (Jn 12:19). ¡Permita el Señor que nosotros podamos vivir para alabanza de la gloria de su gracia! (Ef 1:6)

Amados, Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos (He 13:8). Sus milagros testifican que Él tiene la solución para el gran problema del hombre, que es el pecado. Los grandes males del hombre no están fuera de él, sino en su alma, en su espíritu, y, por tanto, la mirada del hombre enfermo no debe estar puesta alrededor de él, sino sobre él, donde ahora está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 3:1). Las maravillas de Cristo testifican que Él es el Unigénito Hijo de Dios, el verdadero Mesías de Israel. Sus grandes portentos revelan que busca el arrepentimiento del pecador para poderle salvar eternamente. Y todas sus operaciones sobrenaturales son hechas para glorificar al Padre celestial. En realidad, Dios es glorificado cuando el pecado es perdonado, cuando los hombres reconocen que Cristo es el Hijo de Dios y cuando el pecador se arrepiente y alcanza la gracia divina. Todo esto es la respuesta a la pregunta del

Por qué hace Él milagros

Oro para que la iglesia contemporánea crea en el poder sanador y libertador de Cristo, el inmutable. Porque las mismas necesidades reveladas en la Biblia del por qué hacía Él milagros, están presentes en nuestro mundo hoy.

En el propósito de glorificar a Dios,

Vuestro servidor,
Pst. Eliseo Rodríguez

www.iglesiamontedesion.org
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