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¿POR QUÉ SE AMOTINAN LAS GENTES…?

¿POR QUÉ SE AMOTINAN LAS GENTES…?

Así comienza el Salmo 2, preguntando: ¿Por qué se amotinan las gentes…? El Salmo no solo dice que se amotinan, sino que piensan cosas malas, que se levantan los reyes, que los príncipes consultan unidos, y que expresan con palabras el motivo de su amotinamiento.
Tal amotinamiento es “contra Jehová y contra su ungido”, contra el Padre celestial y su Hijo (vv. 1 y 2). Este es el malvado proyecto: “Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas” (v. 3). Ligaduras y cuerdas aquí, ilustran el señorío de Dios sobre los hombres. El cuadro enemigo es el de la humanidad, representada por sus reyes y príncipes, diciéndole a Dios: “No queremos que tú reines sobre nosotros, y vamos a pelear contra ti para quitar de nosotros tu dominio”. Esta actitud revela una condición enfermiza del corazón. “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartaros del Dios vivo… ” (He. 3:12). Independizarse de Dios fue el espíritu que primó en la construcción de la torre de Babel, donde las gentes se amotinaron para protegerse orgullosamente, de otro juicio divino (Ver Gn. 11:1-4). Es la actitud que tenían los lideres judíos contra los discípulos de Cristo, cuando los perseguían, y Gamaliel tuvo que decir a la cúpula gubernamental: “… No seáis tal vez hallados luchando contra Dios” (Hch. 5:39). Era la motivación de Saulo, cuando iba a Damasco a perseguir a los discípulos del Señor. Entonces la voz del propio Jesús, le dijo: “… dura cosa te es dar coses contra el aguijón” (Hch. 9:1-5). En Babel, Dios mismo descendió y derribó el proyecto en su contra. En el Salmo 2 el Rey divino ríe y se burla de quienes pretenden despojarlo de su señorío. “Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira” (vv. 4, 5). El versículo 12 hace evidente que si los reyes de la tierra no honran al Hijo de Dios, él se puede enojar y hacerlos perecer en el camino, pues se inflama de pronto su ira.

Una de los fundamentos del reino de Dios, es que él es Creador de todo. El Salmo 24:1 lo explica: “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan. Porque él la fundó… ” (Sal. 24:1-2). Por tanto, el Soberano ha establecido: “… Yo he puesto mi rey sobre Sion, mi Santo monte”. Finalmente, se pide a los súbditos de ese reino, que sirvan al Señor con temor, que se alegren con temblor y que honran al Hijo de Dios. Ahora, aunque Sion (Jerusalén) es la sede del reino, el propio Mesías expresa: “Jehová me ha dicho: Mi Hijo eres tú… Pídeme y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra”. Tanto las prerrogativas del Rey como los beneficios de los súbditos, alcanzan a judíos y a gentiles.
Cristo es Rey eternamente, “y su reino no tendrá fin” (Lc. 1:33). Por eso los magos del Oriente llegaron a Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?… Venimos a adorarle” (Mt. 2:2). Incluso, la fórmula bíblica para ser salvos, comprende confesar con la boca que Jesús es el SEÑOR (Ro. 10:9). Cuando Tomás vio al Salvador resucitado, lo reconoció también como rey, al decirle: “Señor mío y Dios mío” (Jn. 20:28). La Escritura nos dice: “Porque habéis sido comprados por precio. Glorificad, pues a Dios, en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Co. 6:20). En Filipenses 2:10-11, la Palabra dice: “Para que en el Nombre de Jesús, se doble toda rodilla, de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. En Apocalipsis, Jesús no solo aparece como Rey de reyes (19:16), sino como “rey de los santos” Entonces surge la pregunta: ¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu Nombre? (15:3-4). Hoy mismo debemos doblar las rodillas, y rendirnos a ese Rey que obtuvo su corona a través de la cruz en el Calvario. Hay que rendirlo todo, la vida, el hogar, el tiempo, las decisiones, los bienes. Cuando Zaqueo fue salvado por Jesús, él lo rindió todo. Las riquezas no eran más su señor, Cristo llegó a ser su Rey (Ver Lc. 19:8).

Ahora, hemos sido advertidos que donde Cristo quiera ser entronado, se van a levantar príncipes para tratar de impedirlo. Hay principados en los lugares celestiales (Ver Ef. 6:12), que harán la guerra a manera de amotinamiento, cuando nuestra consagración nos lleve a ser menos de nosotros mismos y más del Señor. “Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución” (2 Ti. 3:12). Incluso, el Enemigo puede levantar contra el cristiano personas amadas en el hogar, en el trabajo, en la sociedad. Pero el verdadero Evangelio, es un Evangelio de victoria, que hace oír la voz del Padre diciendo: “… Yo he puesto mi rey”. Ese mismo Rey, nos ha dado armas de justicia a diestra y a siniestra (2 Co. 6:7), para defendernos del Maligno Enemigo que nos quiere hurtar, matar y destruir (Ver Jn. 10:10). Es en Cristo, que somos más que vencedores (Ro. 8:37).
Plenamente confiados en que nadie puede vencer al que venció a Satanás y a la muerte, diremos con la risa del Padre: “¿Por qué se amotinan las gentes…?”.
Plenamente seguro que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Flp. 1:6),

Soy vuestro en el Amado,

Pst. Eliseo Rodríguez
Iglesia E. Monte de Sion.

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