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¿PUEDES PRECIAR LA IGLESIA?

¿PUEDES PRECIAR LA IGLESIA?

Este Boletín no está titulado con una falta de ortografía. Lo que dice, es aquello que queremos resaltar. ¿Cómo valúas la iglesia? ¿Qué precio le pondrías? No nos referimos a cuanto vale un edificio dedicado a darle culto a Dios. Tampoco nos referimos al necesario mantenimiento de la Casa de Dios, a través de los diezmos que le devolvemos a su dueño, (a Dios) y ofrendas voluntarias que traemos a su Templo. Nos estamos refiriendo a la Iglesia como entidad, como a la Organización más importante que existe sobre este planeta. Con la mira de responder esta pregunta inicial, es que te invito a hacer un simple peritaje sobre el valor que dice Dios que tiene la Iglesia, y cómo saberlo, puede transformar nuestra manera de vivir. Es necesario ayudar al pueblo de Dios a comprender por qué el Enemigo lucha tanto por colocar la iglesia en uno de los más bajos niveles de prioridad en nuestro calendario diario.

En primer lugar, si queremos saber cuánto vale la iglesia, debemos preguntarle a Su Redentor. La iglesia le costó todo a Cristo. La Biblia habla de la iglesia como aquello que Cristo ganó por su propia sangre (Hch. 20:28). El murió por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la Palabra (Ef. 5:25-26). Nuestro preciar la iglesia debe tener ese sentir también. El precio que se pagó por ella no es algo corruptible como oro o plata, sino la sangre de Cristo como de un Cordero sin mancha y sin contaminación (1 P. 1:18-19).

En segundo lugar, ayuda a darle precio justo a la Iglesia en nuestro corazón, el hecho de que ella es el Cuerpo de Cristo (Ef. 5:23). Al ser esto así, la iglesia y Cristo mismo, son indivisibles. Cristo es la cabeza de la Iglesia, ella es Su cuerpo. Ambas figuras (cabeza y cuerpo) unidas entre sí, dicen lo suficiente sobre ¿cómo entonces, alguien puede ser de Cristo y a la vez, menospreciar la iglesia de Cristo, descuidándola en su amor, asistencia a los servicios cristianos, sostenimiento y mucho más? No se es auténtico en la fe, hasta que se le da valor real a lo que para Cristo es lo más importante de todo, Su iglesia. Este valor de la iglesia como cuerpo de Cristo, cobra matiz aun mayor, cuando sabemos por la Biblia, que el mismo Espíritu Santo bautiza a cada creyente verdadero en el Cuerpo de Cristo: “Porque por un Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo… ” (1 Co. 12:13). Por tanto, una de las maneras de medir cómo está nuestra vida espiritual, es cómo está nuestra vinculación con la iglesia. El Espíritu Santo nos ha bautizado en ella, nos ha sumergido en ella. Por tanto, un verdadero cristiano ama la iglesia, se siente parte de ella, no puede vivir fuera de ella, Dios lo ha colocado en ella.

En tercer lugar, Dios habita y anda entre la iglesia: “Yo habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2 Co. 6:16). Cuando Juan tuvo la revelación de Jesucristo en Patmos, la primera percepción sobre la gloria del Señor resucitado y exaltado fue que el Cristo estaba en medio de los siete candeleros de oro, o sea, en medio de las iglesias (Ver Ap. 1:12-13). Luego el propio Cristo dijo sobre sí mismo a una de las iglesias: “El que anda en medio de los siete candeleros de oro… ” (Ap. 2:1). Si Cristo está dentro de la iglesia, ¿no será ese un elemento sumamente importante para darle un justo precio en nuestros corazones a la iglesia? El Enemigo, Satanás, no puede hacer todo lo que quiere contra los hijos de Dios. Si pudiera, obviamente, uno de sus trabajos directos seria, hacer que quienes antes venían ferviente, puntual y constantemente a la iglesia, comiencen a dejar de hacerlo, e irles engañando poco a poco con otras prioridades banales, o sea, de esta tierra, y así alejarlos del lugar donde Cristo anda y se manifiesta. Pero aunque ese Monstruo no puede hacer todo lo que quiera, la Palabra nos recomienda, ser sobrios y orar, porque él anda como león rugiente, buscando a quien devorar (1 P. 5:8).

Por último, algo que sirve también para ayudarnos a no menospreciar la iglesia, es saber el propósito final que tiene Cristo con su iglesia. La Palabra dice que al final, el Señor se va a presentar a sí mismo la iglesia, sin mancha, ni arruga ni nada semejante (Ef. 5:27). Cuando no tenemos este tamaño de concepto, creemos que la iglesia es una mera sociedad humana. Pero en verdad, la iglesia tiene una connotación celestial, tanto en su origen, como en su mantenimiento en esta tierra, y así también será en su destino final. Cristo va a levantar a su Iglesia de esta tierra y la va a llevar al cielo, para guardarla de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero (Ap. 3:19). Una de las cosas que hace que los creyentes menosprecien la iglesia es la ignorancia sobre la cercanía de la venida del Señor. Cuando la vida espiritual se enfría, se pierde la sensibilidad a la inminencia del regreso del Señor a levantar la iglesia. Por eso, multitud de creyentes no serán raptados cuando el arrebatamiento ocurra, y quedaran aquí para recibir los juicios de la gran tribulación. Le han perdido la estima a la iglesia, y entonces no son parte de la iglesia ferviente que se va con Cristo.

En esta semana, he sentido dar esta voz de alerta al pueblo de Dios, porque estamos en los peores días que la humanidad haya conocido. La Palabra dice: “En lo postreros días vendrán tiempos peligrosos”. Helos aquí. Mucho pueblo de Dios duerme, y como dijo Cristo de Lázaro, hoy nos dice otra vez: “… duerme, mas voy para despertarle” (Jn. 11:11). Aun con lo severo de esta advertencia, tengo, concerniente a la iglesia, la misma percepción que tuvo Cristo sobre la hija de Jairo. A ella la daban por muerta, y aunque era cierto en el plano físico, Cristo dijo: “La niña no está muerte, sino duerme” (Mt. 9:24). En Cristo siempre hay esperanza de vida, pero condicionada a que nosotros nos queramos levantar.

Hermano, hermana, ¡No menosprecies la Iglesia! “Despiértate tu que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo” (Ef. 5:14). Acordémonos cuanto le costó la Iglesia a su Salvador, confirmemos, que la Iglesia es el cuerpo de Cristo mismo, estemos seguros que la iglesia es la entidad donde Cristo se manifiesta, y no vayamos por nada a descuidar que el mismo Cristo la viene a levantar muy pronto.

Con santo temor y temblor, ocupado así en mi salvación, y velando por tu alma,

Tu servidor,
Eliseo Rodríguez,
Pastor, iglesia Monte de Sion.
Miami, Fl. USA.

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