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¿QUÉ HAGO, SI VIVO EN UNA SOCIEDAD CORINTIA?

¿QUÉ HAGO, SI VIVO EN UNA SOCIEDAD CORINTIA?

Pablo ministró la Palabra en Corinto y escribió en dos ocasiones a la Iglesia situada en la ciudad. La corrupción moral de Corinto era tan extravagante, que por todas partes del mundo de habla griega, si los hombres se conducían de una manera obscena, lo peor que se le podía decir era que se portaban como los corintios. En días de Pablo, se consideraba la ciudad del vicio insuperado en el imperio romano. La iglesia allí sufría, debido a la fuerza que la inmoralidad ejercía por penetrar la vida de los creyentes (Ver 1 Co. 5). Aquel desenfreno moral de los corintios, se ha convertido en un refrán, para representar todo sistema humano que vive alienado de los principios morales trazados por el Creador. Hoy también vivimos en una sociedad corintia.

Las señales del fin auguran un regreso global a los días de Noé, y a los de Lot (Mt. 24:27-38; Lc. 17:28). No se trata ahora de un grupo de malvados queriendo forzar la puerta de un solo hogar en Sodoma. Hoy la amenaza es como un mar embravecido. que encrespado por la legalización humana del pecado, golpea, queriendo invadir a cada individuo, teniendo a su favor los mayores medios de comunicación y las redes sociales. Al alcance de un control inalámbrico o del teclado de una computadora, o de un teléfono celular inteligente, está “Corinto”, ofreciendo satisfacer el apetito carnal de una generación que quiere vivir independiente de Dios.

¿Qué debo hacer entonces si vivo en una sociedad así?

Lo primero, es fortalecer el sentido de Identidad. Contra esa identidad estuvo dirigida la primera tentación que el Enemigo lanzó a Cristo: “Si eres Hijo de Dios… ” (Mt. 4:3-11). Los cristianos somos una sociedad distinta que vive dentro de esta corintia humanidad. Somos la luz de este mundo, la sal de la tierra (Mt. 5:13-16). Somos aquellos, cuya ciudadanía está en los cielos (Flp. 3:20). Somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios (1 P. 2:9). Somos extranjeros y peregrinos en la tierra (1 P. 2:11). Hermano (a), ¡no le permitas al Ladrón robar tu identidad. La salud de tu identidad, te ayudará a no mezclar tu alma con esta corintia sociedad!

Segundo, necesitamos Sabiduría y Conocimiento. Los pasos de un joven ingenuo rumbo a una cita de fornicación, son descritos así: “Como va el buey al degolladero, como el necio a las prisiones para ser castigado, como el ave que se apresura a la red y no sabe que es contra su vida… ” (Ver Prov. 7:22-23). Se necesita entonces discernimiento para ver más allá del ofrecimiento del tentador, para calcular las consecuencias. Pablo pidió estos valores de sabiduría para los creyentes (Ver Ef. 1:17). Podremos sobrevivir en esta sociedad enfermiza, si tenemos “los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (He. 5:14). Como fundamento, está el temor de Dios, el cual es el principio mismo de la sabiduría (Prov. 1:7). Esto hizo sobrevivir a José, frente al dardo tentador. Él sabía llamar al pecado por su nombre: “este grande mal”, y temía pecar contra Dios (Gn. 39:7-12).

Lo tercero: Huir de la corrupción que hay en el mundo. Así lo recomienda Dios en 2 P. 1:4. No podemos huir del mundo como casa, pero sí como sistema. Por tanto, debemos conducirnos conforme a leyes moralmente superiores. Dios reclama: “No os unáis en yugo desigual con los infieles” (2 Co. 6:14). Es un llamado a no tener compañerismo íntimo con los que viven en perversidad. Hemos sido “santificados en Dios Padre”, puestos a parte para vivir para Dios (Ver Jud. 1). Lot vivía en Sodoma, pero afligía cada día su alma justa, viendo… los hechos inicuos de ellos (2 P. 2:8). Para vivir así, debemos hacer sendas derechas para nuestros pies (He. 12:13). Haciendo uso del dominio propio, no debemos reír cuando alguien habla con humor pervertido. No debemos conversar frivolidades: “las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Co. 15:33). No debemos mirar en la misma dirección donde los ojos “llenos de adulterio” de otros se dirigen (2 P. 2:14). Debemos ser selectivos respecto a quiénes serán nuestras amistades íntimas (Sal. 101:6; Prov. 1:14-15), qué programas televisivos podemos mirar, qué temas nos permitimos buscar en el servidor de internet, etc.

Cuarto: Velar y Orar. Este es el antídoto ante la tentación (Mt. 26:41). De no hacerlo, seríamos vulnerables a la presión de esta sociedad corintia. Hay que pedir: “No nos metas en tentación, mas líbranos del mal” (Mt. 6:13). Es el Señor quien nos guarda, y entonces el Maligno no nos toca (1 Jn. 5:18). Aunque vivimos en este mismo plano físico, nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Por eso, esta recomendación: “Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col. 3:1-2). La oración trae llenura del Espíritu Santo (Hch. 4:31), y es por el Espíritu que hacemos morir las obras de la carne (Ro. 8:13). Si oramos sin cesar, esta generación maligna y perversa no apagará nuestra lámpara.

Quinto: Sentido de Responsabilidad por los que están a nuestro cuidado. El Señor nos ha encargado la palabra de la reconciliación (2 Co. 5:19). No podemos mirar esta sociedad allanada por el pecado, y cruzarnos de brazos. Moisés se sentía tan responsable de su generación, que mostró a Dios no estar de acuerdo con salvarse solamente él, y que todo su pueblo se perdiese (Ver Ex. 32:32). Dios nos ha hecho responsables de un plan de trabajo: “Id… predicad el Evangelio… ” (Mr. 16:15). “Id, y haced discípulos… ” (Mt. 28:19). “Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos… ” (Lc 10:3). La fe viene por el oír, pero, “¿cómo oirán sin haber quien les predique?” (Ro. 10:14).

Además debemos ser responsables para con nuestra familia. Una de las complacencias de Dios para con Abram, está aquí: “Yo sé que mandará a sus hijos y a su casa que guarden el camino de Jehová” (Gn. 18:19). Se necesitan hombres como Noé, quien “con temor preparó el arca en que su casa se salvase” (He. 11:7), y mujeres como aquellas Loida y Eunice, quienes transmitían la fe a su generación (2 Ti. 1:5). Pablo estaba preocupado por la salvación de aquellos que eran sus parientes según la carne (Ro. 9:3).

¡Prediquemos el Evangelio a nuestra corintia sociedad, y enseñemos a nuestra familia, alumbrándoles con la luz del Señor. Esta es nuestra responsabilidad. Nuestro chance de hacerlo para el bien de muchos, puede terminarse en cualquier momento. El día viene cuando Cristo volverá por nosotros, y disfrutaremos por la eternidad el haber sido rescatados de aquella vana manera de vivir, y de habernos conducido sabiamente dentro de esta corintia sociedad.

Tu servidor, que espera verte en aquella bella Jerusalén Celestial,

Pst. Eliseo Rodríguez
Iglesia E. Monte de Sion

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