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¿QUE HAY ENTRE LA PROMESA Y LA PRUEBA?

¿QUE HAY ENTRE LA PROMESA Y LA PRUEBA?

Fue Abram el recepcionista de una de las promesas más grandes que jamás Dios haya dado a ser humano alguno. En primer lugar, miremos las promesas: Estando ya maduro en edad y aun sin hijo, la Palabra de Dios vino a él para afirmarle: “… haré de ti una nación grande… ” (Gn. 12:2). Estando en tierra de Canaán, le reitera: “A tu descendencia daré esta tierra” (12:7). Otra vez: “… toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre. Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra… (13:15-16). Después Abram le dice a Dios: “¿Qué me darás, siendo así que ando sin hijo?… ”. Nuevamente, la promesa: “… un hijo tuyo será el que te heredará… Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar…. Así será tu descendencia (15:2-4). Ahora la promesa especifica límites territoriales: “A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates… ” (15:18). Más específicamente aun: “Ciertamente Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac, y confirmaré mi pacto con él como pacto perpetuo para sus descendientes después de él… estableceré mi pacto con Isaac, el que Sara te dará a luz por este tiempo el año que viene.” (Ver 17:1, 19, 21). Allá por el encinar de Manre, nuevamente Dios se comprometió así: “De cierto volveré a ti; y según el tiempo de la vida, he aquí que Sara tu mujer tendrá un hijo” (18:10). Y a pesar de la risa un tanto incrédula de Sara, el Todopoderoso reitera: “¿Hay para Dios alguna cosa difícil? Al tiempo señalado volveré a ti, y según el tiempo de la vida, Sara tendrá un hijo” (18:14).

Finalmente, el acontecimiento anunciado: “Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho” (21:2).

Ahora, en segundo lugar, venía la prueba: “Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo… Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. (Ver Gn. 22). Sin que se registre ni una sola palabra de desacuerdo por parte de Abraham, el mismo que había recibido las promesas, se levantó muy de mañana, preparó la cabalgadura, llamó a sus acompañantes, tomó a Isaac su hijo, tomó algo que sirviera para encender fuego, alguna soga para amarrar, cortó la leña que se necesitaba para efectuar la petición divina que era “holocausto”, (ofrenda del todo quemada), tomó cuchillo en mano, y se levantó y se fue, camino de tres días, al lugar que Dios le había dicho. Eran tan notables las herramientas de la obediencia absoluta a Dios, que el niño las nota y le pregunta al padre: “He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto? !Qué prueba!

Para entender mejor el desenlace, dejemos que Abraham nos hable por sí mismo. La primera vez que se le escucha, es cuando le dice a los dos criados: “Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros” (v. 5). La segunda vez que habla, es en respuesta firme a la pregunta descorazonadora del niño: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío” (v. 8). Antes de revelar el Tesoro en el corazón del patriarca, caminemos con él y su hijo hasta el altar. Las propias manos de Abraham levantan dicho altar, algo así como un grupo de piedras ordenadas unas sobre otras. La leña se compone, y ahora viene lo que va encima: Isaac es el único que hay para ofrecer. El niño lo descubre, cuando ve a su padre comenzar a atarle. Lo hace inmovible, y lo sube sobre los hirientes pedazos de leña. Sin demora, porque para Abraham sería peor hacerlo en cámara lenta, el hombre echa mano al cuchillo, y lo levanta en una acción de obediencia puramente vertical, para hacerlo descender a la única víctima sobre el altar. Es entonces cuando la voz de Dios lo detiene: “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (v. 12). La prueba había pasado y el hombre había sacado la mejor puntuación, y el niño fue beneficiado.

El tercer punto nos lleva a la respuesta de esta interrogante: ¿Que había entonces entre la promesa divina y la prueba? Las palabras dichas a los criados y al niño revelan que Abraham conocía muy bien el principio de que Dios nunca tira por tierra sus promesas. Tenía una nítida revelación de que todas las promesas de Dios son Sí y Amén. Disfrutaba saber que Dios no es hombre para que mienta. Guardaba cual Tesoro preciado la convicción de que el cielo y la tierra podrán pasar, pero que las palabras de Dios nunca pasarán. Ese claro conocimiento del corazón de Dios, y esa fe inclaudicable en sus promesas, fueron su arsenal más confiable para atravesar hasta el otro lado, el rio del dolor que es parte inseparable de la prueba. El Nuevo Testamento nos hace ver mejor el corazón de Abraham mientras preparaba el altar en aquel monte: “pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos… ” (He. 11:19). Su convicción podría sonar más o menos así: “Dios me dijo que de Isaac me dará una innumerable descendencia. Por tanto, si él me ha pedido que Le adore a tal manera y a tal precio, estoy completamente convencido de que luego de ofrecer a mi hijo en holocausto, de las mismas cenizas, él me lo ha de devolver. Creo en el poder de Dios para resucitar los muertos”. En verdad, Dios les permitió adorar también con otra víctima en el altar, y regresar a salvo por el camino. Es que entre la gran promesa y la severa prueba, había una fe inconmovible que le daba más crédito a las palabras de Dios que a las circunstancias presentes. Tal como había dicho Dios, hoy la descendencia de Abraham, tanto la biológica como la espiritual, es incontable como las estrellas del cielo.

Querido hermano (a). A todos Dios nos ha dado grandísimas y preciosísimas promesas. Por favor ¡nunca vayas a dudar de lo que Dios te ha prometido, aun en los perores contextos y tipos de pruebas! Quizás ahora mismo ya tienes las promesas, pero estás atravesando el duro camino hacia el monte de tu prueba. Posiblemente estás en una de esas etapas cuando tus lágrimas son tu pan de día y de noche. No puedes todavía ver el final de ese valle de sombra de muerte que atraviesas. Antes de terminar de confirmarte en el ánimo quiero exhortarte a que no acerques demasiado a ti a quienes pueden invitarte a “razonar”, para convencerte de que no sufras demasiado en este camino de fe. Abraham no llevó los criados hasta el lugar de su máxima obediencia. Quizás pensaba que no lo iban a comprender. Te animo en el Nombre de Jesucristo, que aunque estés solo, te mantengas creyendo y confesando que la intensidad de tu prueba no destruirá la promesa. Esa certeza de lo que se espera y esa convicción de lo que no se ve, es tu mejor apoyo

“entre la promesa y la prueba”.

Con una firme convicción de que llegaremos a alcanzar todo lo que Dios nos ha prometido,

Soy tu servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez

Iglesia E. Monte de Sion.

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