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¿QUÉ PERSIGUE REALMENTE EL ADVERSARIO?

¿QUÉ PERSIGUE REALMENTE EL ADVERSARIO?

Las Sagradas Escrituras presentan al diablo como el Adversario de los creyentes (1 P 5:8), y nos hacen claro las áreas donde el Enemigo trabaja. Mas, ¿qué importancia relevante tiene saberlo? Si podemos identificar las áreas que el Adversario ataca, podemos tener mejor percepción de aquello que debemos fortalecer. Lo que el diablo quiere destruir es donde más la iglesia debe edificar. Lo mismo que Satanás quiere afrentar, es lo que más debemos guardar. La zona de ataque del Adversario la debemos considerar como la zona fuerte de la Casa de Dios.  Veamos hoy tres pilares de los hijos de Dios que son el centro de ataque del Enemigo:
 
En primer lugar, esa serpiente antigua, odia y persigue la institución del matrimonio y el propósito de Dios para la familia. Fue en el escenario de la primera familia humana, donde su ataque mortal tuvo lugar. La primera esposa fue la primera persona que recibió la instigación para desobedecer. El ataque vino a aquel matrimonio para hacerlo dudar de la verdad de la Palabra, y tratar de minimizar en su mente las consecuencias de desobedecer los requerimientos divinos (Ver Gn 3:1-7). Adán se portó débil como cabeza de su hogar, y al obedecer la voz equivocada, trajo muerte a sí mismo, a su hogar y a toda la humanidad (Ro 5:12). Esa asechanza contra el matrimonio, fue también evidente en las vidas de Abraham y Sara (Gn 12:11-20), de Isaac y Rebeca (Gn 26:7-11). Es indispensable que cada casa se edifique sobre la Roca. Si así se hace, la casa no caerá, aunque descienda lluvia, vengan ríos y soplen vientos impetuosos (Mt 7:24,25). Dios quiere que los hombres recuperen la responsabilidad que Él les ha dado como jefes espirituales de familias, y que puedan decir como aquel responsable Josué: Yo y mi casa serviremos al Señor (Jos 24:15). Como cabezas de hogares, todavía debemos cultivar la vida espiritual de nuestros hijos, a tal modo que haya otros Felipes, cuyas hijas también profeticen (Ver Hch 21:9). Los esposos cristianos no deben delegar en sus esposas el ministerio de apacentar sus familias bajo los principios de la fe; lo deben hacer juntos bajo su dirección. Pero si falta el hombre de Dios en la casa, la mujer cristiana tiene el deber de ser esaabuela Loida o esa madre Eunice, en donde habite una fe tan genuina, que pueda ser entregada al Timoteo que crece en el hogar (Ver 2 Ti 1:5).
 
En segundo lugar, el Adversario persigue la virtud de la integridad. Respecto a ello, no había otro como Job en la tierra. Era perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal (Job 1:1). El Enemigo pensaba que si zarandeaba las bendiciones de que disfrutaba Job, también quedaría herida su fidelidad. Por tanto, bajo el permiso y las limitaciones que Dios le dio, atacó escaladamente las propiedades, la familia y la salud de aquel íntegro varón. Pero la embestida demostró que Job era íntegro independientemente a lo que Dios le hubiese dado. Las posesiones materiales eran sólo un fruto de la integridad, no la motivación para ser piadoso. La raíz de la vida santa nunca debe ser la consecuencia de bienes que Dios nos haya permitido tener, sino el amor a Aquel que es tres veces santo (Ver Isa 6:3). Debido a que este último era el fundamento de la piedad de Job, el ataque diabólico fue fallido en su propósito, aun cuando la voz enemiga inquirió directamente a Job a través de su misma esposa: ¿Aún retienes tu integridad? Pero él calificó como fatuidad la oferta de maldecir a Dios y se negó a pecar. Por tanto, cuando las asechanzas del diablo hubieron terminado, su integridad aun perduraba intacta y salió doblemente bendecido de la prueba (Ver Job 2:9,10; 42:10-17).
Debemos servir a Dios sin que ello pretenda ser una garantía para que nos beneficie materialmente. Nunca debemos pretender dar algo a Dios, en espera de que él nos revuelva más. Dios no nos debe nada a nosotros que lo podamos, acaso, intercambiar por integridad. Él nos dio el regalo más incomparable, a su propio Hijo para que pagara el precio por nuestro rescate eterno (Jn 3:16). En proporción a ello, nosotros debemos servirle en santidad (Ver Lc 1:74,75). De esta manera, el Padre de gloria sigue demandando: Dame hijo mío tu corazón y miren tus ojos por mis caminos (Prov 23:26). Y en ese privilegio que nos da de imitarlo, él mismo nos dice: Sed santos, porque yo soy santo (1 P 1:16). Habremos de fortalecer la integridad si velamos y oramos para no entrar en tentación (Mt 26:41), si nos dejamos limpiar por la Palabra de Cristo (Jn 15:3), si tenemos los ojos puestos en Jesús, el autor y consumador de la fe (He 12:2). La integridad es la premisa para andar confiado (Prov 10:9), es la firmeza del trono de los reyes (Prov 16:12), es requisito del Obispado cristiano (1 Ti 3:2) y sin el distintivo de la santidad, nadie verá al Señor (He 12:14).
 
Tercero, el Enemigo persigue la práctica cristiana de la oración. Fue el hecho de que aquel Daniel oraba tres veces al día, lo que sirvió de causa contra él de parte de sus detractores. Pero Daniel salió victorioso de la profunda prueba, y su vida de oración sirvió de acicate para poner en alto el nombre de su Dios en todo un imperio (Ver Dn 6).  Así mismo, fue en el Getsemaní, donde Jesús oraba intensamente, el sitio donde ocurrió la irrupción de Judas y su turba contra el Señor, en aquella noche de la potestad de las tinieblas (Lc 22:39-53). También, un espíritu demoníaco que se manifestaba en una joven en Filipos, afrentaba a Pablo y a Silas por algunos días. La afrenta parecía ser directamente contra la oración:  Aconteció que mientras íbamos a la oración, nos salió al encuentro una muchacha que tenía espíritu de adivinación… Pero Pablo reprendió al demonio y la víctima quedó libre (Ver Hch 16:16-24). La oración fortalece al soldado cristiano, y es a la vez, un arma letal en contra de Satanás (Ver Ef 6:10). Con razón Jesús nos habla de la necesidad de orar siempre y no desmayar (Lc 18:1). A conciencia, la iglesia primitiva perseveraba, entre otras cosas, en las oraciones. Adrede los apóstoles se negaron a hacer el trabajo del diaconado, para poder perseverar en la oración y en el ministerio de la Palabra (Ver Hch 6:3,4). En el testimonio de la liberación de Pedro de la cárcel se nos muestra que la ola de persecución que intentaba ahogar la naciente iglesia, encontró un muro de contención, era el arrecife de la oración: La iglesia hacía sin cesar oración a Dios por Pedro. El apóstol fue libertado milagrosamente, y Herodes, su aprehensor, murió comido de gusanos. Pero la Palabra del Señor crecía y se multiplicaba (Ver Hch 12). Necesitamos tener también con respecto a la iglesia de nuestros días, este relato de la primera iglesia: muchos estaban reunidos orando (v. 12). Los servicios de oración de las iglesias están en la mira del asechador y, por tanto, la voz del Señor resuena en la oscuridad: ¿Por qué dormís? Levantaos y orad para que no entréis en tentación (Lc 22:46).
 
Amados, velemos y seamos sobrios, resguardando espiritualmente nuestros hogares, cultivando en Cristo una vida de integridad, y vivamos una vida de oración a la altura de la demanda que impone nuestra lucha.
 
Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (Ef 6:12).
 
Con vosotros en el afianzar de la fe,
 
Pst. Eliseo Rodríguez
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